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OPINIÓN

Cambios digitales, cambios estructurales

El problema de las innovaciones tecnológicas es que reducen puestos de trabajo

Por aquí y por allá vamos comprobando que muchos de los cambios que Internet y la era digital generan, transforman lo que hacíamos, como lo hacíamos y con quién lo hacíamos. Es una alteración mucho más profunda que la que supuso la implantación de la producción de masas a principios del siglo XX de la mano de Taylor y Ford. Es más profunda ya que va más allá del campo de la producción de bienes (a la que también afecta), para adentrarse sin escrúpulos en el ámbito de los servicios, de las labores intelectuales repetitivas y también, aceleradamente, en las no repetitivas. Sustituye cualquier proceso, ámbito, empresa, entidad o profesión cuyo valor de intermediación, es decir, lo que ingresa por lo que hace, no está suficientemente justificado.

En los márgenes de esa actividad intermediada irán surgiendo iniciativas digitales que ofrecerán hacer lo mismo, mejor, más rápido y sobre todo más barato. Mejor, ya que en muchos casos utilizan el saber (y trabajo) acumulado disponible en la red, y mejor también ya que pueden llamar e incorporar el saber de muchas otras personas o espacios que sin estar físicamente cercanos, pueden complementar, mejorar o enriquecer el asunto de que se trate. Más rápidamente, ya que es ese el punto de partido de la ventaja digital. Y más barato ya que, de momento, una de las grandes ventajas del asunto es que el saber no es un bien rival. No se agota o se deteriora usándolo, sino que, al revés, permite multiplicarse e incluso mejorar y crecer si se comparte y se colabora.

Hemos comprobado ya como han cambiado los sistemas de financiamiento de proyectos a través del crowdfunding. Se está alterando asimismo el mercado financiero de pequeñas y medianas empresas a través de iniciativas vinculadas a lo que ya se denomina crowdlending. Y no olvidemos el gran espacio del crowdsourcing, en el que se consigue incorporar en ejercicios de creatividad e innovación a toda suerte de personas y profesionales, muchas veces arriesgando lo mínimo desde el punto de vista de costes. En todos estos casos, la hipótesis es la capacidad colectiva de generar valor, pero el problema es, como siempre, como se distribuyen costes y beneficios. Quién gana y quién pierde en cada uno de esas nuevas dinámicas.

El problema de muchas de estas innovaciones es que reducen puestos de trabajo. Cada vez hay menos empleos que podamos considerar protegidos de la innovación tecnológica. Esas dinámicas de utilizar “la multitud” para que con su participación en la generación de conocimiento y de innovación, se generen proyectos o se avance en la búsqueda de nuevas soluciones, está poniendo en peligro intermediadores y profesiones que eran remunerados por su trabajo y por su conocimiento experto. Tenemos ejemplos cada vez más numerosos de profesionales, de trabajadores, de creadores, que participan en concursos abiertos, en que compiten y aportan sus ideas, y en los que solo uno o unos pocos consiguen alcanzar una cierta retribución o premio por su labor. No es del todo nuevo, pero sí que lo es la dimensión y el alcance de los convocados. Se trata en definitiva de un sistema de precariado organizado, en el que los trabajadores son una especie de postulantes sin derechos ni seguridad alguna. El magma en el que opera esta “comunidad líquida” de trabajadores crece sin cesar. No hay relación contractual. No hay de hecho empleador y empleado, y por tanto tampoco convenio o negociación sindical posible. Podríamos decir que se trata de una relación “lúdica” en el sentido que toma la forma de divertimento: colabora, participa en el “concurso” y propone si quieres, si te mola. Pasaríamos así, como dice Domenico Tambasco, del trabajo/salario al trabajo/premio.

Estamos pues en el reverso de la medalla de un futuro lleno de innovación basado en la capacidad colectiva de compartir conocimiento y de distribuir riqueza, más sobre la base de la cooperación que de la competitividad. He aquí un tema en el que convendría empezar a encontrar una nueva arquitectura de intervención público-institucional que, sin tratar de detener la innovación, busque redistribuir costes y beneficios, de manera socialmente más justa. Aprovechando el hecho que esos nuevos filones de creatividad usan estructuras de bienes públicos ya existentes, sin que sus beneficios contribuyan adecuadamente a su mantenimiento. He ahí un elemento más para reclamar nueva política, nueva concepción de lo público.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.