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OPINIÓN

Escudo progresista para Mas

Convergència ha logrado que ERC sustituya a Unió tras el estallido

de la coalición y la confesión de Jordi Pujol

Artur Mas y su partido, Convergència Democràtica, han hallado finalmente, tras unas cuantas idas y venidas, el escudo que necesitaban para acudir a unas elecciones al Parlament con una medianamente creíble expectativa de logar la mayoría. Tres aguerridos políticos progresistas han asumido el papel de flamantes coraceros para que el presidente neoliberal pueda aspirar de nuevo a renovar mandato (y ya van tres en cinco años) sin tener que arrostrar el desgaste por su acción de gobierno, el descrédito político provocado por la confesión de Jordi Pujol de hace un año y la reciente voladura de CiU.

Dos de los tres nuevos protectores de Mas proceden de Iniciativa Verds (Raül Romeva y Muriel Casals) y uno de Esquerra Republicana (Carme Forcadell). Ha sido una sorpresa, sobre todo porque nadie se engaña sobre la función para la que se les requiere: desviar el debate electoral hacia el campo escogido por Convergència. Que es el mismo de siempre, el de la necesaria y urgente salvación nacional de Cataluña, presentada esta vez en forma de propuesta de creación de un Estado soberano. Es un éxito de Mas y de Convergència lograr que tres políticos de izquierdas salgan en su auxilio justo en el delicado momento en que la federación de CiU se deshace, cuando el electorado da pruebas inequívocas de que desea castigar a los gobernantes que han afrontado la crisis incrementando las desigualdades socioeconómicas y cuando aún está mojada la tinta con la que se escribió la confesión de elusión fiscal de Pujol.

Mas ha logrado protegerse, además, sustituyendo a sus clásicos aliados democristianos de la Unió Democràtica de Josep Antoni Duran Lleida, por los independentistas de la Esquerra Republicana de Oriol Junqueras. Sorprende también la relativa facilidad con la que Junqueras ha aceptado su papel de secundario. Convergència mantuvo a raya a Unió durante décadas mediante la proporción de 75%/25% en la distribución de cargos y responsabilidades en la coalición de ambos partidos y es difícil entender por qué razón ha aceptado ERC una proporción 60%/40% favorable a una más que debilitada Convergència. El partido que acaba de perder el Ayuntamiento de Barcelona y según los sondeos se encaminaba, de ir en solitario, a un probable etapa de declive electoral, ha logrado forjar otra coalición y, dentro de ella, hacerse con la primacía.

El Gobierno de Mariano Rajoy dispone de un amplísimo margen para hacer frente a una sedición en Cataluña

El objetivo declarado por la candidatura independentista es lograr una mayoría en el Parlamento catalán que le permita proclamar la independencia de un Estado catalán en menos de dos años. El antecedente más próximo de algo parecido es la declaración sobre el derecho a la soberanía aprobado por el Parlamento catalán en 2013. No sirvió para nada. Lo anuló el Tribunal Constitucional y se acabó. No hay indicio de que desde entonces haya cambiado la relación de fuerzas del independentismo catalán en España, donde el Gobierno de Mariano Rajoy dispone de un amplísimo margen para hacer frente a una sedición en Cataluña. Ni en la Unión Europea, donde no se oye ni una voz de peso político mediano en apoyo del independentismo catalán.

Pero es que tampoco hay indicios de que haya cambiado la relación de fuerzas en Cataluña. La unión de dos partidos independentistas como Convergència y Esquerra y el apoyo del movimiento afín organizado por Òmnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana puede mejorar algo sus expectativas electorales, pero difícilmente ampliará su perímetro social. La nueva coalición del centro izquierda independentista intenta ya configurar esta batalla electoral como la gran y última oportunidad, en un esfuerzo por reducir el debate a una disyuntiva a favor o contra Cataluña. Pero es ilusorio pensar que este planteamiento pueda convencer a alguien más que a los ya convencidos. Por el contrario, es perfectamente verosímil que se produzca también el efecto contrario. El de ampliar el número de que los que piensan que estamos ante una nueva y apenas repintada versión de lo mismo de siempre: el señuelo de la salvación nacional como tapadera de políticas indefendibles, agotadas cuando no fracasadas y, en este caso, además, la crisis del nacionalismo pujolista que ha dirigido la Generalitat durante 28 de los últimos 35 años, dirigidos desde 2010 por un presidente cuyo balance es un escandaloso aumento de las desigualdades económicas y sociales. Mas es el mismo político neoliberal, por mucho que se esconda como número cuatro en una lista electoral. Y Convergència es la misma, por mucho que se deshaga de Unió y se abrace a Esquerra.