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Pero sigue siendo el rey

El venerable genio de Minnesota reivindica su vigencia absoluta, a los 74 años, con un concierto áspero y apartado de los grandes éxitos

Bob Dylan
Bob Dylan durante su actuación en Barcelona, el pasado 4 de julio.

Impone ver a Bob Dylan emergiendo en un escenario. Impone mucho, y más cuando solo se dispone de butaca y no de reclinatorio. Nada de lo que aconteció anoche después de las 21.30 en el Palacio de los Deportes resultó particularmente cómodo ni acorde con las reglas más elementales del espectáculo: el señor Zimmerman es un autor majestuoso, con medio millar de títulos, que escoge algunos de los más ignotos para la velada e impide el funcionamiento de las pantallas gigantes, aunque haya casi 9.000 devotos intentando escrutar sus aspavientos. Pero se remueven tantas cosas en las entrañas cada vez que Dylan gruñe cualquier verso que todo lo demás deviene en accesorio. El de Duluth es tan inaccesible como inalcanzable, pero a los 74 años sigue siendo el rey. Y no precisamente emérito.

No solo renuncia a cualquier atisbo de saludo, sino que racanea al principio en decibelios

Cuando atañe a Robert Zimmerman evoluciona a la categoría de misterio: el escenario en penumbra, su estampa escondida tras el sombrero y la levita, las piernas ligeramente abiertas y las manos anidando durante largos ratos en los bolsillos. Dylan constituye el mayor enigma del que se tiene constancia sobre Dylan. Es un arcano que no solo renuncia a cualquier atisbo de saludo, sino que racanea al principio en decibelios. Pero se trata de él, sin duda. Porque no existe ningún otro ser humano con esa áspera voz de gravilla, a veces arisca y otras mascullada, tan fascinante y repleta de recovecos como tantas veces incomprendida. Porque desenfunda la armónica a las segundas de cambio (She belongs to me) y su soplido tosco vale por una orquesta de cámara completa. Y porque nadie se encorva sobre el piano con un porte de leyenda remotamente semejante al que adopta para Beyond here lies nothin’, uno de esos blues tardíos sobre los que sigue cimentando su escritura inagotable.

La maravillosa Workingman’s blues #2 también está datada en el siglo XXI y encierra un melisma distinto (llámenlo requiebro, llámenlo incluso bufido) en cada frase. Hay escalas generosas en Tempest (2012), el disco de contenidos tan fabulosamente adustos como su portada. Pero los acercamientos al repertorio clásico tampoco procuran el aplauso ni la reverencia: en la tradición dylanita de la deconstrucción sistemática, Tangled up in blue solo suscita un alarido de admiración cuando el título emerge al final de la estrofa y el pabellón cae en la cuenta de lo que allí se dirime. Y otro tanto sucede, aunque mucho mejor, con Blowin’ in the wind, primero de los escuetos dos bises.

Parte del público acoge con desgana el receso de 20 minutos en mitad de la velada

Una parte del público acoge con desgana el receso de 20 minutos en mitad de la velada, igual que la prohibición absoluta de emplear cámaras o vídeo supone un latoso quebradero de cabeza para los pobres vigilantes jurados. Dylan optará al Premio Nobel, pero jamás al Premio Naranja, de la misma manera que sus camisetas oficiales, entre 35 y 40 euros, tampoco contribuirán al control de la inflación. Pero más allá de contingencias varias, lo necesario era ese Simple twist of fate absolutamente memorable, con el quinteto complementando voz y armónica como una máquina de precisión. O un Soon after midnight meloso, enorme, con tibia iluminación blanca sobre los hilos de luz dorada.

Sabemos, querido Roberto, de su condición de septuagenario y aceptamos que conserve el sombrero: para quitárnoslo ya estamos nosotros. Pero no tema mostrarnos canas y arrugas. Estamos dispuestos a venerarlas como las de nuestras señoras madres.

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