Una ciudad a la expectativa

Quien releve a Botella en la alcaldía de Madrid encontrará una urbe con el Plan de Ordenación Urbanístico pendiente de aprobar, las dificultades del comercio minorista y la convivencia entre ciclistas y conductores tras el éxito de la bicicleta pública

Un ciclista en la calle de Alcalá, en uno de los carriles bici establecidos en la ciudad.
Un ciclista en la calle de Alcalá, en uno de los carriles bici establecidos en la ciudad. CRISTÓBAL MANUEL

Tras cuatro años de gobierno de Ana Botella, el próximo alcalde de Madrid encontrará una urbe que espera decisiones sobre su futuro. El urbanismo está pendiente de un Plan de Ordenación por aprobar. En cultura, una red de museos de nivel europeo contrasta con una oferta privada en la que teatros o salas luchan por sobrevivir. El pequeño comercio vive en la incertidumbre y el éxito de la bicicleta pública plantea el modelo de convivencia entre ciclistas y conductores.

En enero, el PP de Madrid colgó en Internet un vídeo propagandístico de 13 minutos. Como exige cualquier buen manual, el argumento era sencillo y la idea a transmitir, clara: 2015, un actor argentino regresa a Madrid, de la que tuvo que partir hace cuatro años, —“la maldita crisis, che”—. El hombre recorre la ciudad y va descubriendo que ha cambiado… A mejor, claro.

El Madrid que está en camino

  • Un crecimiento moderado. El Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) prevé que la población haya aumentado un 6% para 2020. Lo que significa 200.000 habitantes más.
  • Una urbe envejecida. Sin embargo, ese mismo plan anticipa "una preocupante pérdida de población joven". En concreto, unos 100.000 habitantes menos de entre 25 y 34 años. Actualmente 444.000 madrileños se encuentran en ese rango de edad.
  • Potenciar los barrios. El PGOU propone crear "zonas de centralidad" en cada distrito para frenar los desplazamientos al centro. Una propuesta con la que están de acuerdo todos los grupos del Ayuntamiento.
  • Actuaciones singulares. De cumplirse el PGOU, Villaverde se convertiría en un "distrito tecnológico". También se pretende renovar el paisaje en los alrededores de Madrid Río.

Es un corto loando la herencia de Ana Botella (Madrid, 1954), que en septiembre de 2014 había anunciado que no se presentaría a un segundo mandato. La primera alcaldesa de la historia de la capital ostenta el puesto desde diciembre de 2011, cuando Alberto Ruiz-Gallardón, le cedía su despacho para pasar a ser ministro de Justicia, seis meses después de ganarlo con mayoría absoluta.

A juzgar por el vídeo, el Madrid de Botella es un lugar blanco, en todos los sentidos, lleno de treintañeros de clase media en el que no hay ruido ni tráfico. Teo, el actor argentino, es un visitante que observa admirado, la conversión de la “España gris”, que dejó en otra cosa. Madrid, se dice en el vídeo, es “la capital cultural de España”. No falta ningún cliché de una urbe con 3.166.000 habitantes censados y un modelo urbanístico pendiente de las urnas del próximo domingo.

El Plan general de Ordenación Urbanística (PGOU) fue una de las promesas de Ruiz-Gallardón para las municipales de 2011 tras dos mandatos en los que invirtió 10.000 millones de euros en infraestructuras como el soterramiento de la M-30. Botella renunciaba en diciembre de 2014 a aprobarlo por falta de tiempo.

A cambio trajo el servicio público de bicicletas de la capital: Bicimad arrancó en junio de 2014 con 1.560 bicis eléctricas distribuidas en 123 estaciones en la almendra central. “Ha impactado muy positivamente en la ciudadanía y en la movilidad”, explica Luis Morales, consultor ambiental. El modelo tenía dos características propias. Bicicletas eléctricas y que no se establecía una red de carriles. “Se pensaba que daría miedo, pero no ha sido así. Se ha generado lo que en la jerga llamamos un calmado del tráfico. Los conductores se han acostumbrado a ir entre bicicletas y ha generado una ciudad más amable”, afirma este especialista sevillano.

Madrid es una ciudad cambiante, capaz de batir récords en número de visitantes un año por lo bajo, y otro por lo alto. Una urbe que en 2015 consiguió cinco nuevas estrellas Michelin, más que ninguna ciudad española. Con una oferta de museos a la altura de cualquier capital europea y regida por una administración cuya obsesión ha sido reducir la deuda dejada por la anterior corporación. “Si un viajero saliese del centro vería una ciudad llena de desigualdades”, explica Beatriz García, del Observatorio Metropolitano. “La crisis golpeó la ciudad de forma desigual. Madrid tiene una brecha entre el norte y el sur”.

Una separación que se nota en el caso del comercio. “Hay distritos muy demandados (centro y el barrio de Salamanca), pero luego áreas enteras se han quedado desoladas. Incluso zonas consideradas nobles”, asegura Guillermo González, presidente de la Confederación de Comercio Especializado de Madrid. Según los datos que maneja, el pequeño comercio ha caído un 40% desde 2007.

Una de las paradojas es que a pesar de ese descenso el periodo de desocupación de una lonja comercial en zonas como Chueca, Malasaña, o Conde Duque es mínimo. “Sobran comercios y faltan comercios”, explica González, que cree que ha existido el Efecto Finiquito. Trabajadores que se han ido al paro por los ERES de sus empresas, que desconfiando en encontrar un nuevo empleo optaron por usar la indemnización en montar su propio negocio.

En el campo de la cultura, el teatro ha sido una de las actividades donde se ha notado. “Esto es una selva”, asegura Miguel Lozano de la Red de Teatros Alternativos, una veterana asociación de salas. “Se han multiplicado las microsalas, en muchos casos como un intento de autoempleo”. Solo en Lavapiés y alrededores se contabilizan una treintena de espacios dedicados al teatro. “Y son todos bienvenidos. Pero no ha habido un aumento de la demanda del público, y se está entrando en una guerra de precios por medio de las web que ofrecen descuentos en las entradas que a la larga puede ser muy perjudicial”.

“Nosotros estamos aguantando a ver si esto cambia, pero si no lo hace pronto, no podemos resistir mucho más”, asegura Javier Olmedo, de la Noche en Vivo, asociación que agrupa a salas de conciertos. “Sufrimos en nuestras dos facetas: como promotores culturales y como hosteleros. Y estamos al límite”. Las salas de conciertos se sienten las grandes perjudicadas de uno de los mayores desastres de la etapa como alcaldesa de Botella, el fallecimiento de cinco jóvenes en el Madrid Arena durante un concierto, debido al exceso de aforo. “Tenemos la mejor red de salas de conciertos de España, espacios y profesionales preparadísimos”, dice Olmedo.

En Madrid, y a pesar de una bajada del 20% de los conciertos en 2014, se celebraron alrededor de 13.000 en 2014. “Las pymes del sector sufrimos una hiperregulación. Desde el Madrid Arena tenemos un problema muy gordo de control de aforos”. Asegura Olmedo que la actual norma produce espacios vacíos, pero que están al límite del aforo legal permitido. A esto hay que unir que la normativa vigente no permite la entrada de menores en salas de conciertos porque allí se consume alcohol. “Eso es un problema tremendo, porque estamos perdiendo a una generación entera que nunca ha ido a un concierto, y en Madrid no sobran jóvenes”, concluye.

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