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¡Jo, qué noche!

La gente pasa de la euforia al desplante como quien marca un “no me gusta” en Facebook, o se desconecta de sus amigos y de sus amores apagando el ordenador

¡Jo, qué noche!

34.831. Da que pensar. 34.831. Eran las 10 de la noche de un jueves y 34.831 periquitos llenaban el estadio. A más de uno se le saltaban las lágrimas contemplando tamaño espectáculo. Más de uno intentaba retener todas aquellas sensaciones, grabar a fuego en la piel de la memoria aquellos instantes previos que hubiéramos querido alargar hasta el infinito. Más de uno hubiera querido que el partido no empezara jamás, quedarse a vivir eternamente en aquella realidad que era al mismo tiempo una ilusión pasajera. Esas sensaciones no tienen nada que ver con la euforia previa, que suele tener consecuencias funestas, y menos aún cuando la euforia está programada por el club. Tienen que ver con el solo hecho de ver reunidos a 34.831 periquitos. Entonces existen, están ahí esperando a ser convocados con la excusa de un partido importante. Es evidente que no tenemos la cultura inglesa del aficionado que llena su estadio cada vez que su equipo juega. Aquí el partido que se juega tiene que ser especial y, como en el amor, luego ya veremos. Por eso, poco antes de empezar el encuentro éramos 34.831 periquitos y veinte minutos antes del final ya solo quedaban los de siempre, pues el resto había decidido largarse. Ya sabemos que cada uno hace lo que quiere, y lejos de nosotros el ánimo moralista, pero nos parece de muy mala educación marcharse cuando faltan veinte minutos por la simple razón de que con toda seguridad nos van a eliminar de la semifinal. La gente pasa de la euforia al desplante como quien marca un “no me gusta” en Facebook, sale de un grupo en Whatsapp o se desconecta de sus amigos y de sus amores apagando el ordenador. El compromiso es independiente del resultado, lo cual hoy es el no va más del romanticismo. Era una parodia cruel escuchar el cántico “Esta es, sí señor, la afición del Espanyol” mientras la gente abandonaba el estadio.

Sergio González y sus futbolistas piden perdón. Se ha puesto de moda pedir perdón. Todo Dios pide perdón.

Sergio González y sus futbolistas piden perdón. Se ha puesto de moda pedir perdón. Todo Dios pide perdón. Este sigue siendo un país católico, apostólico y romano. Toda nuestra vida intentando librarnos del perdón, la absolución, el arrepentimiento, el pecado y la culpa, y va y se nos aparecen en una semifinal de la Copa del Rey, lo cual demuestra la capacidad insidiosa de la religión y, ya puestos, de la monarquía. Cuando se ha tenido una infancia episcopal como la nuestra, muy de Pablo VI, recuperar semanalmente la infancia a través del fútbol —Javier Marías— es un engorro. Por otra parte, ni se puede ni se debe huir de la propia infancia, sino abrazarla con todas nuestras fuerzas, más que nada para que deje de incordiar. Fue bonito y necesario que la práctica totalidad del fútbol base del Espanyol estuviera presente el jueves en la semifinal. Son infancias que van a quedar marcadas por el recuerdo de esa noche y por el aprendizaje de que la culpa —otra vez la culpa— no es siempre del árbitro. Las niñas del alevín no pararon de animar mientras hubo vida y esperanza; sin embargo, a partir del segundo gol del Athletic se desanimaron notoriamente, empezaron a aburrirse y, acto seguido, a meterse con el árbitro. Les aseguro que el futuro del feminismo más radical está asegurado. No vamos a preguntarnos farisea y retóricamente qué diría Frederica Montseny si levantara la cabeza, pero sí nos gustaría recordar una de sus ideas: ¿Feminismo? Nunca. ¿Humanismo? Siempre.