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OPINIÓN

Democracia y economía ‘black friday’

La libertad en la posmodernidad permite cambiar de canal de tv, de novio o novia, no el mundo y las condiciones que lo hacen injusto

Este año el fenómeno netamente norteamericano del black friday ha empezado a generar notables impactos también aquí, incorporándose en la estrategia comercial que señala el inicio de la campaña navideña. La costumbre de realizar grandes descuentos justo después del Día de Acción de Gracias, se ha ido extendiendo a todo el mundo. No solo en los EEUU, sino también en el Reino Unido se han vivido enfrentamientos entre clientes para conseguir un smartphone o una televisión de plasma, o se ha llamado a la policía para proteger centros comerciales ante la avalancha de compradores. La mayoría son gente trabajadora, con salarios bajos que aprovechan las ofertas para poder afrontar los regalos de Navidad.

Este año, en pleno black friday, muchos de los empleados de Walmart en las más de 4.000 tiendas de la cadena comercial más importante del país lucían esta pegatina: Walmart: Stop Bullying, Stop Firing, Start Paying (Dejen de acosar, dejen de despedir, empiecen a pagar). Se quejaban de los bajos salarios que les impiden llegar a fin de mes. Los Walton, propietarios de la cadena, son conocidos por sus posiciones de extrema derecha, venden armas y apoyan a los lobbies que las producen y protegen, financian las campañas negacionistas del efecto invernadero, se oponen a la regulación del salario mínimo y acosan a los que se afilian a sindicatos.

Pero, más allá de estos hechos, lo que se ha denominado la Walmart economy, es aquella que trabaja en los márgenes de la economía productiva, comercializando productos de baja calidad, producidos en condiciones draconianas en China y otros países, con salarios que apenas si permiten sobrevivir a los empleados, mientras la cadena aumenta beneficios. La lógica es: te pago mal, pero puedes ir tirando e incluso consumiendo comprando chorradas con grandes descuentos. Trabajadores pobres, con salarios en el límite para subsistir y comprar endeudándose, pero insuficientes para poder vivir dignamente y sentirse ciudadanos. Ese es el tipo de economía que está generalizándose. Tensiones entre pobres que compiten por trabajar al precio que sea, por obtener los productos de consumo más deseados y publicitados uno de esos días de grandes descuentos, y que acaban hundiendo cada día más las condiciones de vida de la gran mayoría, mientras crecen los beneficios de los que financian todo el tinglado.

Se generaliza una economía con salarios en el límite para poder consumir y comprar endeudándose, insuficiente para vivir dignamente

Las manifestaciones en los EE UU contra las condiciones laborales de la cadena Walmart, contra las exigencias patronales para abrir antes el black friday y tener más posibilidades de venta, aunque fuera obligando a los empleados a no celebrar el Día de Acción de Gracias con la familia, son para algunos el inicio de un nuevo ciclo de luchas sociales. No ya asociadas a elementos genéricos de malestar o indignación, sino de nuevos formatos de lucha de clase vinculadas a las condiciones de vida y de subsistencia. Es creciente la pugna en diversas ciudades por conseguir fijar el salario mínimo hora más allá de los 7'25 dólares actuales. Así en Seattle se ha fijado un mínimo de 15 dólares hora como suelo de dignidad laboral. Y también en Londres se ha tomado una medida similar.

Vamos (re)descubriendo así en qué consiste la libertad en la era de la postmodernidad. Podemos cambiar de canal, de color del pelo, de novio o de novia, podemos incluso alterar o modificar nuestro cuerpo, pero no se nos ocurra cambiar el mundo y las condiciones que lo hacen injusto y alienante. No se trata de un comentario moralista. Es simplemente una descripción de lo que se nos presenta como una era de la extrema subjetividad, de la autonomía sin límites. La retórica superficial de una libertad individual que en el fondo restringe y limita hasta anularla la misma capacidad individual de actuar. El consumismo a la Walmart, la proliferación de los black friday, de los días sin IVA, del día de los solteros promocionado por la cadena china Alibaba, las constantes apelaciones a aprovechar descuentos vía telefónica o Internet, las facilidades crecientes para comprar a crédito, son muestras de esa concepción estrictamente mercantil y apolítica de la autonomía individual. Nadie puede estar en contra de la ampliación de la esfera de autonomía individual. Pero, el problema es que si limitamos ese incremento de la libertad a la lógica de la “producción de deseos” (como dice David Harvey), en el fondo contribuimos a la política de la distracción, a la negación de una parte clave de la libertad de acción que es poder modificar la realidad. Solo así podremos recuperar la parte de nuestra autonomía que se nos niega, evitando la reducción de la misma a un individualismo posesivo y políticamente apático. La batalla es por recuperar el significado verdadero y profundo de democracia, de libertad, de autonomía.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.