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OPINIÓN

El segundo oasis

El auténtico nubarrón para los dos poderes en pugna es Podem, que ocupa sin esfuerzo un espacio de izquierda que quiere cambios

El comportamiento de la izquierda en Cataluña sigue siendo un tanto enigmático, o quizá errático. No es nuevo, desde luego. Está ahí desde hace ya más de dos años, con la sospecha de que en un determinado momento se solaparon las prioridades y se cedió en mala hora a una estrategia asfixiante. La tensión soberanista la ha desvalijado como discurso alternativo al poder, como propuesta creíble de otra gestión política, como reordenamiento de medios y fines para detener el desmontaje de demasiados servicios sociales. Es una sensación todavía muy intensa, a pesar de que haya habido cambios de posición y posiciones matizadas desde la nube del 9-N, antes y después de ella.

El PSC de Iceta ha reforzado la convicción en un enfoque federal, social y político, lento y complejo, pero no absurdo, ni infundado, ni gratuito o pasado de moda. Y otros socialistas que fueron, o que siguen siendo, han forzado su propia cercanía al mainstream con nuevos partidos y formaciones que parecen mucho más soberanistas que de izquierdas.

Pero el auténtico nubarrón en el horizonte es otro, a pesar de su escasa visibilidad mediática en Cataluña. Los equipos de Podem empiezan a aparecer en las encuestas con una fuerza equiparable a la del resto de España pero invisibilizada en buena parte de los medios públicos catalanes. Es percibido, en el oasis catalán, como agente desestabilizador. Lo es; lo es para la izquierda, por supuesto, pero lo es sobre todo para el resto de la entente cordial independentista porque anuncia el fin del segundo oasis. Podem parece captar sin esfuerzo y a veces sin apenas elaboración teórica la ansiedad de hallar algo parecido a la vieja izquierda, esa que fue y ya no es, esa que hoy parece extinguida electoralmente y sin embargo existe, y existe más allá o por encima del monodominio del monotema. Lo de veras significativo es que no necesitan más dicurso, mejor trabado, menos improvisado, ni necesitan sedes, ni necesitan casi líderes en Cataluña, aunque los tengan. Su fuente de crecimiento va de otro modo y nace fuera del control del poder: unos llegan rebotados de antiguas opciones de izquierda y otros salen de un veterano abstencionismo.

Quienes se sienten atraídos a Podem son profesionales resentidos contra las astucias de unos y las prepotencias de otros

Paradójicamente, los dos poderes en pugna, los Gobiernos de Rajoy y Mas, protegen ansiosamente el oasis de sus amores, y ambos cargan contra el nubarrón: unos con el desprecio explícito (el Gobierno central) y otros con la omisión y el silencio (el Govern). Quienes se están sintiendo más atraídos y simpatizantes no son muchachuelos desclasados o hartos sino un grueso significativo de población de edad media, formada y a menudo enterada, profesionales en horas bajas y muy resentidos contra las astucias de unos y las prepotencias de otros, los dos agotados, política e ideológicamente agotados.

Los entusiastas de Podem saben de sobra, como demócratas escarmentados, que nada cambia de la noche al día y que las soluciones óptimas son impracticables. Pero les basta con que alguien se comprometa a dejar de hacer lo mismo, dar las mismas excusas, estimular las mismas ambiciones, tolerar las mismas corrupciones, permitir las mismas turbaciones. Podem capta a un sector muy inasible, difuso y vasto precisamente porque ese sector ha sido educado en forma plenamente democrática, y sospecho que plenamente consciente también de que su adhesión no nace de un cálculo muy meditado: es mitad cabeza y mitad corazón, protegida por la sospecha de que las cosas mucho peor no pueden ir.

Y mientras tanto Rajoy y sus asesores creen que lo mejor que pueden hacer es venir a Barcelona a convencer a los suyos, a jalear a los suyos, a euforizar a los suyos para que no huyan más. No parece que haya una percepción muy nítida del problema o quizá incluso puede entenderse esa concentración del PP en Cataluña, una vez más, como mensaje para el resto de España, y no para Cataluña: el mensaje es que Cataluña es nuestra y lo será por siempre jamás, mensaje perfectamente absurdo.

Y Artur Mas, en una perfecta simetría del absurdo, está en las mismas de Rajoy: Cataluña dejará de ser por siempre jamás española. Para eso acudió a reforzar la fe de 2.500 invitados, y compareció cesáreamente ante las élites lustrándolas con emoción escénica y con más de uno intimidado ante las resonancias históricas y gráficas de semejante grandiosidad. La solemnidad cesárea y azul daba vergüenza democrática y roja o, al menos, rojilla.

Como hace dos años ya, la izquierda, el PSC, sectores de IC-V, sectores de Ciutadans y ahora ya sin duda Podem, habitan el espacio de un pedazo de país que está por conquistar, por convencer y persuadir, por atraer primero y atrapar después. Ese espacio está ahí, no se ha volatilizado, precisamente porque ni Rajoy puede hacer otra cosa que sacralizar la españolidad de Cataluña ni Mas dejar de sacralizar su desespañolización. Tertium non datur o, como dice la fantástica Wikipedia, “a mitad de camino entre dos cosas”. Siguen a cubierto en el oasis pero el nubarrón avanza.

Jordi Gràcia es profesor y ensayista.

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