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OPINIÓN

En tiempos de confusión

Esquerra ha pilotado el cambio: al nacionalismo identitario ha sumado el nacionalismo económico

Lo que está sucediendo estas últimas semanas en la política catalana no puede sorprender a quien haya estado atento a su evolución de los últimos años. Una de las claves para entender esta situación está en que quien lleva la batuta, directa o indirectamente, es ERC, un partido que nunca ha engañado a nadie excepto a aquellos que ingenuamente se han dejado engañar: primero el PSC, después CiU, siempre —al menos hasta ahora— ICV.

En efecto, el partido que hoy dirige Junqueras es independentista y republicano, es decir, un partido antisistema, no en el sentido económico y social —como los de extrema izquierda— sino constitucional: nunca ha considerado a la Constitución como propia, siempre como la de un Estado ajeno del que quiere separarse para formar otro Estado y aprobar otra Constitución. Quien se arrima a ERC ya sabe a lo que se expone: en cualquier momento puede ser víctima de su deslealtad que no es otra cosa que un reflejo de la fidelidad, por encima de todo, a sus ideas y principios. El lema ¡Todo por la Patria!  no es solo patrimonio de la Guardia Civil de antaño.

Pues bien, hace cerca de quince años, la ERC dirigida por Carod-Rovira y Puigcercós, tuvo una idea, una brillante idea: la hora de la independencia de Cataluña había llegado, era preciso trazar un estrategia para alcanzar lo más pronto posible este objetivo. Esta idea partía de una base: el nacionalismo de corte identitario propio de la Convergència de Jordi Pujol, había tocado techo, no lograba atraer a más adeptos. Cada día tenía menos adeptos la idea de que Cataluña era una nación porque tenía una lengua propia, un pasado común, unas tradiciones y costumbres que provenían de muy lejos y la diferenciaban del resto de España, y que por todas estas razones era acreedora de un Estado. Era preciso encontrar nuevos caminos, convencer de la necesidad de la independencia a otras capas de la población no sensibles a esta catalanidad sentimental.

El lema ¡Todo por la Patria! no es solo patrimonio de la Guardia Civil de antaño

ERC se puso manos a la obra. Mediante las cuentas resultantes de una balanzas fiscales que, ahora ya lo sabemos, no se correspondían con la realidad, se persuadió a muchos catalanes que España les expoliaba económicamente, en palabras más fuertes, que España les robaba. En pocos años, el número de independentistas, que desde 1980 hasta entonces se mantenía de manera fija alrededor del 15%, se duplicó. Del nacionalismo identitario estábamos pasando al nacionalismo económico.

CiU se sumó al carro para no ser arrollado por este sunami y, como respuesta al expolio fiscal que denunciaba ERC y sus altavoces mediáticos, propuso en su programa electoral el concierto económico para Cataluña, el mismo sistema de financiación del País Vasco y Navarra. Inmediatamente, ERC volvió a doblar la apuesta: ahora tocaba pedir directamente la independencia, somos sujetos de soberanía porque somos una nación.

Esto fue lo que sucedió —todo lo hacía prever aquel verano— en la multitudinaria manifestación del 11 de septiembre de 2012: CiU quería un gran apoyo para respaldar la negociación del concierto con Rajoy y se encontró con una gran marea humana dirigida por Omnium, ERC y un importante sector de la dirección de Convergència, que exigían la independencia. Algunos convergentes moderados estaban perplejos ante lo que estaban contemplando.

Encima, para que el número de independentistas diera la sensación de ir en aumento, al derecho de autodeterminación le llamaron derecho a decidir, un término deliberadamente confuso. ¿quién no quiere decidir en una democracia? Ahora ya no se engañaban entre sí los partidos, ahora eran estos partidos quienes estaban engañando a los ciudadanos. Algunos de estos ciudadanos, pobres inocentes, se han manifestado repetidas veces a favor del derecho a decidir sin darse cuenta que, siendo contrarios a la independencia, la estaban pidiendo.

Así pues, los partidarios actuales de la independencia son los tradicionales nacionalistas identitarios más los nuevos nacionalistas económicos, muchas veces estos segundos ya identificados con los primeros. En el recuento de las manifestaciones hay que sumarles, además, los cándidos no independentistas partidarios del derecho a decidir. Y en los últimos meses, es preciso añadirles también algunos miembros de los movimientos antisistema, los de verdad, los que pretenden un cambio de las estructuras sociales y económicas. “¿Cuál es el enemigo principal?”, se preguntan. La respuesta es obvia: el sistema. “Pues hay que apuntarse al independentismo que, por lo menos, cambiará el sistema político”. A río revuelto ganancia de pescadores.

A esto hemos llegado: los identitarios de siempre, los económicos al estilo de la Liga Norte, los engañados por el derecho a decidir y los antisistema socioeconómico que sienten empatía por otros antisistema muy distintos e intentan sacar provecho de ello. Un batiburrillo ciertamente caótico aunque de momento eficaz. Hasta hace muy poco todo ha sumado y hasta multiplicado, ahora todo esto empieza a dividir, quizás pronto todo comience a restar. Aunque, en tiempos de confusión, nunca se sabe lo que puede llegar a suceder.


Francesc de Carreras es profesor de Derecho Contitucional.