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Rosario Porto: “Alfonso era imprevisible, raro y puritano”

Los informes psicológicos sobre la madre de Asunta destacan su inteligencia y volubilidad

Rosario Porto declara en el juzgado el 27 de septiembre de 2013.
Rosario Porto declara en el juzgado el 27 de septiembre de 2013.

“Un buen amigo y un mal marido”. A los ojos de Rosario Porto, Alfonso Basterra pasó en pocos meses de ser una persona “correcta, encantadora y educada” a definirlo como un hombre “apático, imprevisible, raro, excesivamente puritano” y poco amigo de las fiestas. La suma de todo era una fuente de problemas en las relaciones íntimas de un matrimonio que llevaba varios años en caída libre, antes de divorciarse, en febrero de 2012. Una relación tormentosa sellada por secretos compartidos donde se conjuga la absoluta dependencia económica de él con la emocional de ella y que daría, todavía, muchas vueltas. Los dos han pasado el último año entre rejas y, en cuestión de semanas, se sentarán en el banquillo de los acusados para responder por el asesinato de su hija, Asunta Yong Fang.

En el último año, Porto ha pasado por varios exámenes psiquiátricos. En el sumario del caso Asunta, que pasa de los 4.000 folios, se cuentan al menos cinco: dos los aporta su abogado defensor —con la firma de tres facultativos distintos en marzo y septiembre—, otros dos, muy detallados, los rubrica el Imelga y el quinto lo remite al juzgado el penal de Teixeiro.

“Su estancia se caracteriza por la inestabilidad emocional. Lábil y voluble, pasa de la risa al llanto con facilidad”, certifica el psicólogo de la cárcel donde pasa sus días desde el 27 de septiembre de 2013. Apunta que desde primavera se muestra “más triste, desesperanza y quejosa”.

Ella se define como una “rebelde con causa, dócil, perfeccionista, despistada, ordenada, metódica en la anarquía, limpia y equilibrada emocionalmente”. El Imelga la perfilaba en marzo como una mujer inteligente, con un cociente intelectual “superior a la media”, emocionalmente inestable, proclive a la depresión, aprensiva, ansiosa y con rasgos de personalidad de tipo obsesivo compulsivo. Con todo, matiza la dirección clínica, el trastorno depresivo recurrente que arrastra “no alteró su conocimiento ni su voluntad” en el momento en el que se cometió el crimen que el juez, el fiscal y la acusación popular, que lleva la asociación Clara Campoamor, le atribuyen, de común acuerdo con su exmarido.

En otro extremo está el último informe que aportó su defensa, el 9 de septiembre, que la presenta como una mujer deprimida, llorosa, neurótica y angustiada por sus pesadillas nocturnas que se deteriora física y mentalmente entre rejas. Se siente desfallecer y no puede “sobrevivir”, le cuenta al último psicoterapeuta que la evaluó a solas en el penal de Teixeiro a finales de agosto. En dos páginas, el médico —psiquiatra y psicoterapeuta— pone en duda que las capacidades psíquicas de Rosario Porto sean las adecuadas para el proceso penal al que se enfrentará en breve. Este argumento le sirvió de base a su letrado para volver a pedir su libertad, que la Audiencia provincial ha vuelto a rechazar esta semana.

Porto refiere una “infancia dulce y feliz” con unos padres exigentes, más ella que él. La hija única de una pareja culta, con posibles y bien relacionada en la sociedad compostelana que no respondía al “patrón de Cuéntame”, dice. Habla de sí misma con profusión de detalles, ninguno sobre su hija, a la que dedicó una controvertida esquela en el primer aniversario del crimen, y cambia de idea sobre Basterra a medida que pasan los meses entre rejas y se deteriora su alianza. Fuentes del caso relatan que el último encuentro entre ambos en sede judicial fue a cara de perro por parte de ella hacia su exmarido, muy lejos de los mimos, palabras de ánimos y los motes melifluos que antes se prodigaban.

En agosto de 2001, cuando la pequeña Asunta apenas llevaba un mes en Santiago, Rosario Porto descubrió que estaba embarazada. Llevaba cinco años casada con Basterra, “por él no hubiéramos tenido hijos”, les confiesa a los forenses. Enferma de lupus, con un soplo en el corazón y problemas ginecológicos recurrentes, se sometió a un aborto que interrumpió la gestación a las ocho semanas tras consultar con varios médicos por el “riesgo” potencial que entrañaba para ella.

Durante los siete años siguientes se volcó en la crianza de Asunta a la que la unía una gran “complicidad” mientras el vínculo con Basterra se iba deteriorando. En la recta final del matrimonio, él “llegó a agredirla físicamente entre tres y cuatro veces por año” en los últimos cuatro de convivencia. Así lo contó Rosario a los facultativos y así lo recoge el informe forense. Las conductas agresivas del marido subieron de nivel a finales de 2012, cuando descubrió la infidelidad de Porto tras espiar su móvil. Basterra dejó pasar la Navidad antes de encararse a su todavía mujer que refiere “una reacción desproporcionada con conductas agresivas y rotura de enseres domésticos”. Después, cuenta, ya divorciados, trataba de obtener información sobre su vida y amistades a través de la menor.

El divorcio y el fin de la relación con su amante la empujaron a otra gran crisis personal en junio de 2013. Desde los 21 años, Rosario Porto ya había pasado por otros cuatro episodios depresivos. El primero en Francia, mientras estudiaba con una beca Erasmus que abandonó a medias. El segundo poco después de su boda, en 1996, y otros dos entre 2006 y 2009. Uno de ellos, la llevó a ingresar en Urgencias en el Hospital Clínico de Santiago tras una ingesta masiva de medicamentos en diciembre de 2008. Al año siguiente, pasó otros dos días ingresada, por su propia voluntad, en el sanatorio mental privado de La Robleda, que abandonó en cuestión de horas para seguir con la medicación en casa.

La víspera de la muerte de su hija, la pasó con su amigo, con el que había retomado la relación, en Vilanova de Arousa. A partir de ahí, su relato de las horas previas al asesinato de Asunta pasan por la comida familiar en casa de Basterra y la excursión en coche a la vivienda de Montouto para recoger los bañadores con los que los tres pensaban ir a la playa el domingo. A los facultativos del Imelga les cuenta que dejó a la niña en Santiago aproximadamente a las 19:00 horas y que regresó sola a Teo. Dos horas más tarde, llegó a casa y como no sabía dónde estaba la niña, se puso “muy nerviosa”. Tras varias llamadas, sin éxito, a sus conocidos para averiguarlo, acudió a la comisaría para denunciar su desaparición junto a su expareja.