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Las ‘maldades’ de la Universidad de 1714

La clausura de Felipe V del centro dejó a Barcelona sin altos estudios durante 123 años

La UB recupera en facsímil un estudio de Ferran Soldevila de 1937 sobre la travesía académica

Fachada principal de la Universidad de Cervera en 1808.
Fachada principal de la Universidad de Cervera en 1808.

“La tenaz resistencia de los Catalanes contra la debida sujeción a mi legítimo dominio que desconoció su Perfidia, en que se indujeron muchos sujetos notables de las Universidades Literarias en aquel País, provocó mi Justicia y obligó mi Providencia a mandar que se cerrasen las Universidades que eran fomento de maldades cuando debían serlo de virtudes”. Así justificó Felipe V el cierre en 1714 de los seis centros de altos estudios catalanes y la concesión del monopolio de la enseñanza superior a Cervera, manera de recompensarla por la fidelidad a su causa. La decisión dejaría a Barcelona sin universidad durante 123 años.

La institución era castigada cinco días después de la entrada de las tropas borbónicas, en el mismo pack represivo en el que cayeron, 24 horas antes, la Generalitat y el Consell de Cent y a las 48 horas de la desarticulación de La Coronela, las milicias urbanas de la ciudad. La lista de agravios que el monarca absolutista tenía en su cabeza y que llevaron a la Universidad de Barcelona a tener el privilegio de estar entre sus primeras medidas represoras se iban acumulando desde 1701. Los primeros síntomas aparecieron con unos brotes de violencia de los estudiantes universitarios o, al menos, a ellos se les atribuyeron. Los que cursaban en la entidad creada en septiembre de 1450 a petición de los consejeros de Barcelona por privilegio de Alfonso el Magnánimo y afincada en La Rambla al lado del portal de Sant Sever (entre Tallers y la plaza de Catalunya actuales) solían tenérselas con los del Imperial Colegio de Cordelles, conocido popularmente como el Seminario de Nobles por el nivel social de sus estudiantes.

Cervera estaba mal comunicada, tenía 500 casas y un frío en invierno insoportable

Cordelles estaba en manos de los jesuitas, puntales de Felipe V: todos sus confesores pertenecían a esa congregación. Quizá la animosidad generalizada contra la orden estuviera detrás del asalto con piedras que el 14 de abril de 1701 hubo contra la sede de Cordelles; algunos testimonios dijeron que no fueron universitarios pero cuando al día siguiente se repitió el asalto salieron del colegio jesuítico 25 hombres con pistolas, ataviados con monteras morunas y calzones amplios, indumentaria muy alejada de la estudiantil. El historiador Ferran Soldevila interpretó el episodio como los primeros síntomas de colisión entre los partidarios del Archiduque Carlos y los de Felipe de Anjou. Lo hizo en el libro Barcelona sense Universitat i la restauració de la Universitat de Barcelona (1714-1837), infausto volumen previsto para el centenario de la restauración (fue escrito en 1937, en plena guerra civil; en 1938 tardó en imprimirse por falta de papel y apareció clandestinamente en 1951) que ahora la Universidad de Barcelona recupera en edición facsímil por los fastos del tricentenario de la caída de la ciudad.

Soldevila acumula tácitas razones de Felipe V para la animadversión contra la institución. En la primera entrada del monarca a la ciudad en ese mismo 1701, un de nuevo confuso (intencionado o no) episodio engrosaría la desconfianza: una espontánea manifestación de estudiantes se dirigía a plaza del Palacio para agradecer al monarca que hubiera revocado la retirada de unas cátedras que él mismo había promulgado tres meses antes. La sorpresa fue, al llegar frente al edificio, que tal gracia no existía y que el monarca ordenó que se dispersaran rápidamente si no querían ser castigados por sus tropas. Apenas 20 días después, otro entuerto con los mismos protagonistas: en la desfilada en honor al Borbón, la cabalgada estudiantil enganchó su carro triunfal en un callejuela y se retrasó; el rey, que esperaba en el balcón, lo tomó como ofensa y se fue: no estuvo cuando llegaron los universitarios y así no pudo escuchar su loa.

A esos dos episodios se añadieron, con los años, detalles como que en 1705 el centro universitario dio cobijo a los partidarios del archiduque Carlos cuando el bombardeo de Barcelona, y que el consejo de expertos universitarios se inclinó por dar la razón al Consell de Cent en un enfrentamiento jurídico con el intransigente virrey Velasco. El mismo grupo de sabios que en 1713, ya en pleno sitio, dio su visto bueno jurídico a que se utilizara la plata de las iglesias para adquirir armas contra las tropas borbónicas. Apenas cinco años antes, el rector y el claustro universitario salieron a recibir a Elisabeth de Brunswick, esposa de Carlos III, a su llegada a Barcelona, con todos los honores: togas, maceros, músicos…

Edificio de la primitiva Universidad de Barcelona, convertida ya en cuartel, en 1718.
Edificio de la primitiva Universidad de Barcelona, convertida ya en cuartel, en 1718.

El remate estuvo en la actitud de estudiantes y claustro durante el largo sitio: en La Coronela, en su primer batallón, el de la Trinidad, la octava compañía era la de los Estudiantes de Leyes, mientras que en el quinto batallón, el de Sant Server, estaba la novena compañía, formada por alumnos (y profesores) de Teología, Filosofía y Medicina, 145 en total. Valientes como pocos, los estudiantes se convirtieron, de forma voluntaria, en guardias oficiales de la bandera de Santa Eulàlia.

Fomento de maldades, pues, la universidad debía ser castigada ejemplarmente. El privilegio exclusivo de los altos estudios recayó en Cervera, que hizo méritos en 1707 al reclutar un regimiento de 1.000 hombres para luchar junto a Felipe V. La decisión tenía un punto tragicómico: la ciudad, mal comunicada, apenas tenía 500 casas y el frío en invierno era insoportable. Tampoco había infraestructura: la Universidad de Cervera, que también obtendría el monopolio de la impresión de libros docentes, tardaría 44 años en tener edificio propio (1762). Las reticencias entre sus usuarios eran tales que hubo que prohibir a los estudiantes catalanes acudir a centros extranjeros (Toulouse era el destino preferido).

La dirección oficiosa de la universidad se llevaba desde el Colegio de Cordelles. Los jesuitas fueron meticulosos y duros: crearon un organigrama con bedeles y hasta relojeros, pero también con jueces de estudio y un carcelero. Sin la comunión y el cumplimiento de los deberes religiosos los estudiantes no podían ser admitidos; tampoco estaban permitidas las máscaras, ni los saraos, ni los juegos de dados o cartas. Uniforme: manteo, sotana negra hasta los pies, armilla, jubón y sombrero de tres puntas. Curso lectivo: de octubre a junio, de 8 a 11 y de 2 a 5 de la tarde, y sólo en latín y castellano. Los alumnos debían entrar en clase junto con el profesor. Si éste llegaba más allá de siete minutos tarde, se le descontaba de la eximia nómina. Eso sí, a los 20 años de cátedra se le jubilaba, pero manteniendo el sueldo íntegro hasta su muerte; también gozaba del privilegio de hidalguía, extensible a sus hijos.

En aposentos y despensas de tres categorías cada una según sus posibilidades (en la despensa de tercera el pan era de baja calidad y sólo había aceite para cinco horas de luz), los alumnos no quedaban académicamente demasiado insatisfechos hasta mediados del XVIII, cuando el centro perdió prestigio y fue convirtiéndose en un irreductible baluarte absolutista.

Mientras, en Barcelona, fue la burguesa Junta de Comercio, nacida en 1763, la que de la necesidad hizo virtud: para paliar la falta de una universidad que estaba dispuesta a sufragar --y que necesitaba para la formación de mano de obra cualificada-- impulsó la creación de escuelas (de Náutica, de Nobles Artes, de Química, Taquigrafía, Botánica, Física, Economía política, Cálculo…) que junto a la existencia de las pocas academias tan del Siglo de las Luces (la dels Desconfiats, la de les Bones Lletres, la de Ciencias Naturales y Artes) y algún real colegio ilustre como el de Cirugía (y su brillante profesor Antoni Gimbernat)hicieron de pálido sucedáneo académico.

La significación absolutista de Cervera (“Visca el Rei i mori la Constitució”) y las incesantes demandas barcelonesas desde finales del XVIII, combinadas con las cáusticas quejas de los estudiantes (“Cerverins que preteneu/ dels pobrets estudiants/ robar-ho tot de ses mans”), lograron que la universidad volviera, 107 años después y gracias a la aportación municipal de 100.000 reales anuales, a Barcelona en 1821.

Fue efímero, como el Trienio Liberal: Fernando VII la restauró en Cervera. Pero el primer paso ya estaba dado. La excusa de lo peligroso que resultaba desplazarse y estudiar allí durante las guerras carlistas (argumento que hizo que la población leridana pidiera ayuda, con inicial éxito, a la regente María Cristina: “Esperemos extenderá su mano bienhechora hacia el único Liceo borbónico que existe en España…”) permitió que en 1835 se concediera la instauración de cuatro cátedras de Jurisprudencia en Barcelona, paso previo al arduo traslado definitivo de la universidad a la capital catalana en 1842, de la mano del vencedor Espartero.

Lee Soldevila el momento como fruto del pacto y la confluencia del liberalismo y de un incipiente catalanismo aposentado en una Renaixença que daba por la época la Oda a la pàtria de Carles Aribau (1833) o las primeras poesías de Lo Gayter del Llobregat. Toda una enseñanza universitaria incluso para hoy.