LA CRÓNICA
Crónica
Texto informativo con interpretación

El Tigre de San Adrián

Un libro cuenta la vida del Circo Museo Raluy, que es parte de la historia de este pueblo: Sant Adrià

Carlos y Luis Raluy en los carramatos de su circo, instalado en Sant Cugat.
Carlos y Luis Raluy en los carramatos de su circo, instalado en Sant Cugat.Cristóbal Castro

El alcalde espera en una silla de plástico la llegada de los cirqueros. Se ha puesto una corbata con dibujos de libros, pues el acto consiste en eso, en presentar el libro de recuerdos El circo de los saltimbanquis (Javier Sainz Editor), que ha escrito Lluís Raluy. No en vano es la víspera de Sant Jordi. En la silla de plástico de al lado (unos tubos soldados las unen), también espero con los papeles de lo que voy a decir en la presentación. Varios folios doblados por la mitad con escrupulosidad supersticiosa. El alcalde Joan Callao contempla la calle vacía tras la puerta de cristal. A Sant Adrià le sienta bien el gris claro de la lluvia y el gris oscuro de las sombras cuando el sol se esconde tras el Tibidabo después de incendiarlo. Sant Adrià del Besòs es el Juan Gris de los bloques. Existe en estas calles un cubismo claro y melancólico de sillas, de guitarras, de botellas solitarias, de periódicos, de objetos abandonados y encontrados en las aceras, al lado de los contenedores, en medio de la vía pública igual que ocurre en medio de los cuadros de Juan Gris. Esperamos mirando la calle quieta y solitaria. Continúa pegado al asfalto un ominoso sentido del espacio, un silencio neblinoso, una hermética sensación de peligro. Pero si alguna vez lo viste, siempre vas a reconocer el olor que ha dejado. Un olfato perruno de perro callejero te lo dice. Fueron malas calles sin canción de las Ronettes. Tú serás mi baby y seas tú quien seas siempre te querré. Alguien abre la puerta y dice que los Raluy llegarán con retraso porque les ha llovido en Sant Cugat mientras montaban la carpa. El alcalde asiente en silencio y luego hablamos de los días de infancia y de la vida de pueblo.

El libro de Lluís Raluy cuenta la vida del Circo Museo Raluy, que es parte de la historia de este pueblo: Sant Adrià (ahora ciudad; ser de pueblo es de pobres). El Raluy es uno de los últimos circos clásicos. Hace tiempo que le llueven premios por todas partes: un Nacional de circo, una Creu de Sant Jordi, un Max... Es museo porque sus dueños han ido comprando carromatos antiguos, con los que recorren sus caminos, y piezas curiosas de circos históricos, para salvarlo todo del desguace. Y es clásico porque se ha mantenido fiel a la más pura tradición circense, impermeable a las fusiones con el teatro, a lo espectacular que no proceda del circo mismo. La historia del circo Raluy empieza en la calle Cervantes, en el barrio de la Catalana, en la parte donde antes vivía gente y ahora solo hay una rotonda en medio de un descampado, un tramo de carretera viudo, una casa al fondo de una calle cortada por una barricada de ruedas, dos caballos detrás de un muro caído y algunos empleados del Ayuntamiento que pasan de largo en la camioneta. Pero cuando el fundador de la saga, Luis Raluy Iglesias, uno de los primeros hombres bala de Europa, llamado el Tigre de San Adrián, ensayaba en la desembocadura del Besòs y en la playa del Camp de la Bota con un saltimbanqui de Santa Coloma, otro mundo era posible, pues lo único imposible es el presente. Todo esto está en el libro que ha escrito su hijo mayor (son cuatro hermanos: Lluís, Carlos, Eduardo y Francis). Y también está cómo su padre conoció a una muchacha de Lorca que ejercía en el Barrio Chino y la convirtió en una de las primeras mujeres bala del mundo (hasta entonces el mundo solo daba mujeres cañón). Un artista se debe solo a la vida como una hoja que se ha ido del árbol se debe únicamente a la corriente que la arrastra. El presente se llevó de gira a Luis Raluy por Alemania en los años en que Hitler estaba convirtiendo a todos los alemanes en hombres cañón, y al recalar en Núremberg fotografió los desfiles nazis desde la ventana de su pensión. Le obligaron a saludar con el brazo en alto y se fue. Pero un hombre cañón está destinado a la guerra, así que al volver a España se encontró con lo que se ha llamado "nuestra contienda" con la misma intimidad y mala sombra que se dice "nuestra comadre". Luis Raluy se alistó en el Ejército de la República, y luego estuvo preso en un campo de concentración franquista. El libro sigue hablando de la vida de esta familia y de lugares míticos de Barcelona como el London Bar, en la calle Nou de la Rambla, y de su trapecio que aún se balancea el techo. Cuenta también la historia de Jaume Arisart, el hombre bala que actuaba en el Circo Olympia, en Ronda de Sant Pau, y que una vez calculó mal y cayó encima del público. El Olympia era el circo estable de Barcelona, donde se llegó a exhibir un número con cien leones. Pero estas historias ahora se van mezclando en la conversación de los hermanos Carlos y Lluís con la gente de Sant Adrià que asiste a la presentación. Los Raluy han llegado a la hora prevista. ¿Cuántos vienen? ¿Doce, catorce? Se han presentado en una barahúnda amalgamada por el amor: chinas, alemanas, polacos, adrianenses, unos ya viejos, otros muy jóvenes. Todos en un internacionalismo físico, semoviente, itinerante. Todos vinculados entre sí, padres, tíos, hijos, abuelos, en una familia que se habla en el más puro catalán de barrio y en un castellano con acento francés. Tipos duros con bufandas de cuadros cruzadas sobre el pecho, cazadoras de cuero, chaquetas de pana, peinados con tupé, y mujeres maravillosas, despampanantes, de ojos grandes. "Estamos vivos de milagro", es lo primero que dicen cuando empiezan a contar sus andanzas. Una batalla campal en el Gabón, una tormenta en la mar en Gibraltar, un crudo invierno en Japón, la riada de 1962 que les quitó todo. "Siempre volviendo a empezar", esta es otra frase que van a repetir durante toda la tarde. Le presentan su libro a la gente de su pueblo, donde hace ya mucho que no trabajan. Pero han querido que sea aquí. En su Sant Adrià. Para eso es la víspera de Sant Jordi, el viejo domador de dragones.

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