Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La reapertura de La Paloma encalla con más requisitos de obras en la sala

La propiedad pide al Ayuntamiento que cumpla el convenio que firmaron para reabrir la sala, cerrada desde 2006

Una de las imágenes captadas por Antoine Passerat, que ha recogido en 'Tigre, 27'. Ampliar foto
Una de las imágenes captadas por Antoine Passerat, que ha recogido en 'Tigre, 27'.

Tigre, 27 es un libro que recoge el trabajo realizado por Antoine Passerat, un fotógrafo francés establecido en España hace años que se enamoró de La Paloma y pasó noches y noches tomando fotos. La idea de Passerat era editar el libro para celebrar el centenario de la sala, La Paloma tiene ese nombre desde 1903 porque en su primera etapa, cuando abrió a finales del siglo XIX, se llamaba La Camelia Blanca. Lo que no se imaginó es que estaría cerrada a cal y canto. Hoy por hoy no parecen muy claras las posibilidades de que se vuelvan a encender las luces de una de las salas de baile más antiguas de Europa y que goza con la protección del patrimonio de la ciudad. La reapertura de sala de baile La Paloma ha encallado con más requisitos que ha exigido el distrito de Ciutat Vella para conceder el permiso.

La Paloma fue cerrada en 2006 —la Nochevieja de ese año fue la última— por problemas de ruido que provocaron denuncias de los vecinos de esa zona del Raval barcelonés, especialmente los de la finca Tigre, 25 cuya medianera comunica con la sala de baile. En principio, el cierre no era definitivo, ya que el Ayuntamiento condicionaba la reapertura a la insonorización del local. En marzo de 2010, una sentencia de lo contencioso-administrativo estimó que la orden de cese no se había realizado de forma ajustada a derecho y anuló el cierre municipal. Esa resolución judicial fue recurrida por el Ayuntamiento. Después hubo cambio de Gobierno municipal que mantuvo el recurso judicial.

El Consistorio no ha retirado la acción judicial en la que defiende el cierre

Los propietarios de la sala, Mercedes March y Pau Solé, ya habían sufrido otro cierre —en el verano de 2005— por idéntico motivo: el de la sala Cibeles, en el barrio de Gràcia. Esa sala, finalmente, fue comprada por el Consistorio por 7 millones de euros. Se derribó y ahora hay pisos dotacionales. La Paloma no puede derribarse porque está catalogada como bien de interés urbanístico. La ficha de Patrimonio precisa que ello obliga a “mantener de forma integral la decoración del interior del local”.

“Nos costó, pero llegamos a un acuerdo con el Ayuntamiento —un convenio amistoso firmado en marzo pasado— por el que nosotros nos comprometíamos a realizar las obras para insonorizar la sala, desistíamos de pedir daños y perjuicios —por el lucro cesante que les ha supuesto tener la sala cerrada— y el Ayuntamiento retiraba el recurso en el que pedía que La Paloma permaneciera cerrada”, explica March.

“Nosotros hemos realizado obras en el interior de la sala para aislarla acústicamente. Hemos separado la pared lateral de los palcos con la medianera que comunica con un edificio de vecinos para aislarla. Hemos forrado el suelo de madera y hemos colocado aislante en el techo de los palcos. También se ha aislado con hormigón la guardarropía y hemos cambiado la instalación eléctrica. Han inspeccionado las obras, ahora nos piden una licencia complementaria y, a todo esto, siguen adelante con la acción judicial en la que piden que se mantenga el cierre de La Paloma. No sabemos a qué atenernos”, se lamenta la propietaria. Desde el distrito de Ciutat Vella son mucho más parcos en la respuesta: “Se está haciendo un seguimiento técnico de las obras porque así se estableció en el convenio amistoso entre las dos partes”. A la pregunta de por qué el Ayuntamiento no desiste ante los tribunales de defender el cierre de La Paloma, no hay respuesta.

La Paloma en sus sesiones nocturnas. ampliar foto
La Paloma en sus sesiones nocturnas.

La sala de baile del Raval ha sido uno de los locales más emblemáticos de Barcelona —con un punto de golferío— y uno de los lugares destacados en las guías de viajes. Durante décadas, La Paloma tuvo una doble vida. Por la tarde, las parejas maduras y con canas que querían bailar tangos, chachachás y pasodobles. Los palomeros, que ese era el nombre del público adulto de La Paloma. Por la noche, sala de conciertos y discoteca para un público joven y con ganas de juerga. “Me asombraba esa doble vida, la encontraba apasionante”, explica Antoine Passerat que ha recogido en 27 imágenes una pincelada de lo que vio en Tigre, 27, el título del libro que ha editado Blume. Passerat, que ha alternado el trabajo para compañías y encargos publicitarios de firmas como Armani o Valentino, confiesa que el ambiente de La Paloma le fascinaba.

Fotografías casi crípticas, cargadas de simbolismo: los negros y rojos intensos de la sala, las parejas mayores bailando, la marabunta de la sala a tope, rostros melancólicos, tacones, el conserje de la entrada, las fichas de los trabajadores —hubo hasta un centenar—, una mano que sostiene un vaso largo y un cigarrillo, un beso apasionado...

El fotógrafo no pierde la esperanza de que la sala La Paloma abra de nuevo las puertas: “Yo no me puedo explicar cómo algo que está protegido por la propia ciudad sigue cerrado. Algo así con el Moulin Rouge sería impensable”.