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OPINIÓN

Choque de culturas políticas

Una calle de Barcelona durante la pasada jornada del 11 de septiembre. Ampliar foto
Una calle de Barcelona durante la pasada jornada del 11 de septiembre.

El mayor problema del debate soberanista y de la diversidad de opiniones que genera no son los conflictos permanentes entre el gobierno de Rajoy y el de Mas, sino la existencia de dos culturas políticas muy distintas en España y en Cataluña. La cultura política, en el sentido clásico y colectivo de pautas de orientación social hacia los objetos políticos de una comunidad, es resultado de la historia colectiva del sistema político y de las experiencias personales y socializadoras de los individuos que lo integran. Las culturas políticas condicionan extraordinariamente el comportamiento de los partidos, la dinámica parlamentaria, la actividad gubernamental y, en definitiva, la manera de hacer política y de comunicarla.

En España predomina una percepción excesivamente maniquea de la política que quizás sea fruto de un influyente proceso de socialización basado en las distintas manifestaciones (social, religiosa, política o bélica) de dos Españas irreconciliables. La cultura política española se inclina por una valoración dicotómica de la realidad política, no suele policromar los debates sociales y se materializa en un bipartidismo simplificador que protagonizan PP y PSOE tanto en el Congreso de los Diputados como en la mayoría de parlamentos autonómicos. Así, ante el soberanismo catalán, la cultura política española facilita una respuesta del gobierno de Rajoy basada en la división, el recelo y la imposición. Y la defensa estéril del PSOE de una reforma federal de la Constitución o la del PP de no modificarla, es un claro ejemplo de política española en blanco y negro.

El 80% de los catalanes ve buena convivencia entre independentistas y no; eso es antagónico al discurso español de la supuesta división

En Cataluña existe una ancestral cultura del pacto que es consecuencia de factores históricos, geográficos, económicos y sociales. Dicha cultura concibe la dinámica política como la gestión de la negociación, de la integración, del pluralismo y también del pragmatismo. En los últimos decenios ha habido en Cataluña valiosos proyectos y grandes objetivos capaces de aunar sensibilidades ideológicas muy distintas (entre otros, la Assemblea de Catalunya; la manifestación por la libertad, la amnistía y el Estatuto de Autonomía; los gobiernos de unidad de Tarradellas; los pactos de progreso tras las primeras elecciones municipales; la aprobación unánime de la Ley de Normalización Lingüística; el amplio apoyo parlamentario, incluyendo a la oposición, a la Ley de Educación de Cataluña, y también la masiva manifestación de la Diada de 2012 o la cadena humana de 400 kilómetros del pasado 11 de septiembre). Desde las primeras elecciones autonómicas de 1980, Cataluña tiene una composición parlamentaria plural que ha facilitado una gran variabilidad de acuerdos entre partidos ideológicamente heterogéneos sin que ninguno haya quedado excluido.

La cultura política catalana incentiva una práctica política que choca con la manera española de hacer y de entender la política. En España se observa con incredulidad como el 80% de los catalanes está a favor de una consulta popular sobre la independencia de Cataluña (incluidos el 60% de los votantes de C’s y el 30% del PPC) y también genera sorpresa comprobar dos certezas demoscópicas más: casi el 80% de los catalanes afirma que en Cataluña hay una buena convivencia entre independentistas y no independentistas (incluyendo más de la mitad de los votantes del PPC), y otro 80% asegura sentirse cómodo para poder expresar con libertad sus ideas sobre la cuestión nacional. Son datos antagónicos al discurso político español de una supuesta (o deseada) división en Cataluña.

Hay una triple estrategia del gobierno español que tiene como objetivo el “divide y vencerás”

Los gobiernos español y catalán intentan trasladar al debate soberanista la esencia de las culturas políticas de las sociedades que gobiernan. Mas trata de ampararse en el respeto a una mayoría social y parlamentaria multicolor para conseguir un pacto que permita la consulta. Rajoy, por contra, prefiere perpetrarse en un enfrentamiento que distinga entre el orden constitucional y el desorden soberanista. Hay una triple estrategia del gobierno español que tiene como objetivo el “divide y vencerás”: incrementar la violencia verbal, infundir el temor a un futuro incierto y radicalizar el proceso. Sin embargo, la sólida cultura del consenso que existe en Cataluña está inmunizando a los catalanes frente a la dureza del discurso antiindependentista y al miedo a lo desconocido que se plantea desde fuera, y los partidarios de la consulta saben que la naturaleza pacífica del desafío que se plantea es el principal aval de éxito.

Estamos ante un nuevo gran objetivo político de la historia de Cataluña: la demanda de una consulta popular para que el pueblo catalán decida su futuro. La historia se repite y, a pesar de que la sociedad catalana es hoy muy compleja y plural, el movimiento ciudadano en Cataluña se cohesiona y se solidifica cuando las reivindicaciones son trascendentes y basadas en principios democráticos. Sin duda, un síntoma de buena salud de un pueblo con una cultura política que permite seguir anhelando grandes retos políticos.

Jordi Matas Dalmases es catedrático de Ciencia Política de la UB.