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Baralla, con el alcalde a muerte

El pueblo de Lugo cierra filas con el regidor que justificó la represión franquista

La oposición habla de “clientelismo” y de “pánico cerval” entre los vecinos

El regidor Manuel González Capón sale del pleno el pasado agosto en el que la oposición le recriminó sus declaraciones profranquistas.
El regidor Manuel González Capón sale del pleno el pasado agosto en el que la oposición le recriminó sus declaraciones profranquistas.

Leandro Llorente y Obdulio Naves, comunistas de 25 y 27 años, fueron asesinados por la Guardia Civil el 3 de abril de 1946 en Recesende, parroquia del municipio lucense de Neira de Xusá, que en el 75 cambió su nombre por el de Baralla (2.956 habitantes). Daniel Fernández, el párroco de San Cirilo, mandó enterrarlos muros adentro del camposanto, en un rincón discreto, sin señales, del que dejó constancia escrita como si se tratase de un mapa del tesoro. Leandro a la izquierda, Obdulio a la diestra, la fosa se cavó “a 2,20 metros de la esquina norte posterior de la iglesia”, “a 90 centímetros del árbol viejo” y a un metro de la lápida de un vecino llamado Antonio González. La muerte de estos dos guerrilleros, uno chófer, el otro jornalero de oficio, desencadenó, según la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica, la caída del comité provincial del PC.

La lista (aún incompleta) de represaliados de la postguerra que va alimentando a duras penas el proyecto Voces e Nomes cita en Baralla al abogado Faustino Cela, al labrador Lino Fernández, al funcionario Paulino Pardo, y a los hermanos Domingo y Ángel Pérez Gándaras. El primero de ellos (hermanos además de un teniente general de Franco) era médico, permaneció huido hasta que se entregó, y fue procesado pero no lo mataron. En cambio, Ángel, boticario, fue ejecutado en febrero de 1937. Por su parte, el practicante Ángel Ansareo logró librarse del mismo fin huyendo a México vía Lisboa, pero otros no fueron capaces de tomar el mismo camino y su rastro se pierde bajo el asfalto. “En Baralla hubo muchos paseados, perseguidos, enjuiciados. Los hubo en las parroquias de Vilachambre, Constantín, Neira de Rei, Francos, Berselos y la aldea de Vilasantán”, enumera Patxi Fernández, secretario de organización del PSOE local. “En la cuneta de la carretera que va a Láncara alguno hay todavía”.

A juzgar por los datos cosechados por los historiadores que aquí hubo represión parece evidente. “Imagino que en Baralla habría ejecuciones, pero dentro de una media normal”, declaró a Público el alcalde, el popular Manuel González Capón, después de que atravesase toda España su polémica afirmación de que si en la dictadura franquista hubo condenados a muerte sería “que lo merecían”.

“Pasó el pleno en el que dije eso, y lo que hay que hacer ahora es olvidar”, defendía en su despacho esta semana el regidor, al que todavía le espera el último martes de septiembre el pleno de la Diputación de Lugo, donde el PP no gobierna. Pero es precisamente el olvido lo que se percibe por mayoría en los vecinos cuando se les pregunta si en Baralla hubo muertos y se les pide una opinión sobre las palabras de su sempiterno gobernante local. “La gente no habla porque tiene miedo. Aquí funciona un clientelismo feroz, un régimen de terror”, describe Patxi Fernández. “Hay pánico cerval a incomodar al alcalde, que tiene desplegados por las aldeas a sus pedáneos, sus caciques locales y algún cura preconciliar... pero preconciliar del de Trento”.

"La gente no habla porque tiene miedo. Aquí funciona el terror”, dice el PSdeG

“A mí me parece que el alcalde no tenía que haber dicho eso”, admite don Ramón (Rodríguez), un religioso de larga sotana y paraguas de los llamados “sete parroquias”, aunque a él le tocan ocho de las 30 que son, además de ser capellán de la residencia de ancianos San Vitorio, bajo la tutela del grupo San Rosendo, cuyo sacerdote fundador, Benigno Moure, fue condenado por estafa.

“Pero la verdad es que nunca oí que aquí hubiera represaliados”, sigue el párroco que, junto a los otros dos del municipio, Antonio Agra y Manuel Rodríguez, ya desatado el escándalo, dieron el tercer premio del concurso de meriendas a un grupo vecinal bautizado como Cara ao Sol. El nombre “lo improvisaron en el momento”, cuenta el cura, y lo justifica: “En ese grupo hay chicos de todas las tendencias. Lo pusieron porque hacía calor y pegaba mucho el sol. En Baralla somos antipolemistas. Pero se sacó todo de quicio. El concejal del BNG \[Xosé Manuel Becerra\] es buen chico, pero se está equivocando de estrategia y le va a costar votos. A mí me dijeron que en el grupo Cara al Sol había muchos votos del Bloque y que los perdió todos”.

“Lo que pasó hace 70 años ellos lo sabrán”, sigue defendiendo el religioso en alusión a los vecinos de entonces, “a mí me interesan las cosas de ahora y es de lo que hay que hablar, como el recibo del agua, que subió un 100%”.

"Pasó el pleno, y ahora lo que hay que hacer es olvidar", defiende el regidor

Hace 70 años, por el ayuntamiento de Neira de Xusá se extendió una práctica que al parecer hacía mucha gracia a unos pocos, aunque los demás se viesen forzados a reír: “A quienes pensasen que eran simpatizantes de la República les daban purgantes, dos marcas bastante famosas en la época, les ataban los pantalones a la altura de los tobillos y los obligaban a andar por las aldeas para avergonzarlos”. Esto cuenta que se lo contó su padre el vecino emigrado en Bilbao Francisco Amado Herbelle, que recibió como metralla las polémicas declaraciones del actual alcalde.

Capón, casado con una sobrina de Ramón Piñeiro (encarcelado por sus ideas entre 1946 y 1949), aprieta con mano firme el bastón de mando desde hace 26 años y logró 1.500 votos y ocho concejales en 2011. En el pleno de julio, uno de esos que se estilan aquí a los que nunca va la prensa y queda entre cuatro paredes, afirmó lo que afirmó, la oposición le pidió que rectificase (“Manolo, piensa bien la barbaridad que dices”), pero él se mantuvo firme. Hasta que la polémica alcanzó dimensiones insospechadas y (sin que ni Feijóo ni Barreiro, el presidente provincial del PP, llegasen a pedir públicamente disculpas) divulgó un comunicado de rectificación, y no dimitió en el pleno extraordinario al que acudieron muchos de sus hombres fuertes en el pueblo y varios colectivos por la memoria con pancartas. “Las palabras fueron desafortunadas”, y “hieren y mucho”, se defendió Capón, pero “de humanos es errar y de sabios rectificar”. Según él, BNG (dos ediles) y PSdeG (uno), “descontextualizaron” la frase, y esta explicación le ha bastado aquí a la mayoría.

“El alcalde dijo bien, si fueron juzgados y condenados por algo fue, y en la próxima vamos a tener 10 concejales con los que va a perder el Bloque por sacar estas cosas de casa fuera de Baralla”, afirma y repite uno de los alcaldes pedáneos de Capón. “Para mí no es una cuestión de votos, sino de derechos humanos”, responde el nacionalista Becerra.

“Mi padre, Francisco Amado Hermida, llegó a ser alcalde en la República”, relata Amado Herbelle. Lo llevaron a la cárcel de Becerreá donde, como cada día entraban presos, hacían limpieza sacando a otros al paredón. El día que le tocaba a él, mandó un mensajero andando con una nota escondida en los calzoncillos, se la pasó por las rejas, con destino a alguien de Lugo que para mí es un misterio. Media hora antes de la ejecución, llegó a Becerreá la orden de traslado y se salvó. En la nueva prisión los mataban de sed. Él y todos bebían su orina para sobrevivir”.