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crítica | teatro

La librería de los pasos perdidos

‘Días como estos’, comedia por entregas de Luis López de Arriba, culmina con el estreno de su capítulo cuarto en la librería La Buena Vida

Intérpretes de 'Días como estos' durante una representación en La Buena Vida. Ampliar foto
Intérpretes de 'Días como estos' durante una representación en La Buena Vida.

¿Se imaginan una representación de Veraneantes al aire libre, en la aristocrática finca escurialense de Santiago Aguirre Gil de Biedma? ¿Y una función de La persona buena de Sezuan en la tienda china de al lado de casa, con el público en torno al mostrador? Cuando una obra se hace en su hábitat, la ficción dramática parece real y la realidad del lugar, ficción. Véase el Fuenteovejuna que representan periódicamente los vecinos del pueblo cordobés o, sin ir más lejos, Días como estos, comedia por capítulos que la compañía Teatro en Serie está poniendo en pie en la librería La Buena Vida. Luis López de Arriba, su autor, nos habla de la inercia de un librero elusivo que lo deja todo, novia incluida, para irse a ninguna parte.

Aunque las teleseries son su referencia más inmediata, Días como estos se inscribe en la tradición de la literatura por entregas: los folletines, la goldoniana Trilogia della villeggiatura, las Comedias bárbaras (salvando las distancias) y, ya más cerca, El culebrón portátil, del guionista y autor Luis Lázaro, fallecido recientemente, o (nuevo salto de caballo) La costa de Utopía, de Stoppard. Lo que singulariza esta tetralogía es que supone la convergencia del teatro serial con el teatro hecho en su hábitat, con un valor añadido: que está escrita ex profeso.

Días como estos

Dramaturgia y dirección: Luis López de Arriba. Intérpretes: Nacho Rubio, Inma Isla, Fran Calvo, Jorge Elorza, Inma Gamarra, Miguel Uribe, Toni González y Carlos Chamarro. Vestuario: Nazaret Colomina. Producción: Saray Neila. Compañía: Teatro En Serie. Librería La Buena Vida. Viernes y sábados, hasta el 1 de junio.

Días como estos cuenta las peripecias de Martín, cordial y evasivo heredero de una librería familiar, incapaz de coger por los cuernos el toro de su crisis personal; de Alberto, su alter ego, tan escapista e inhábil socialmente como él, y de otros personajes cuyas biografías se entrecruzan entre los estantes y los volúmenes de La Buena Vida, librería cafetería en funciones de teatro íntimo, sin frontera entre público y escena.

En la escritura y en el montaje que su propio autor hace de esta comedia sentimental, hay momentos de hondo lirismo, situaciones hilarantes agazapadas al final de cada revuelta melancólica y una veta costumbrista trascendida por la verosimilitud del trabajo de sus intérpretes (y por su proximidad envolvente), parte de los cuales se han apeado del espectáculo en marcha tras aceptar ofertas de grandes productoras (que hurtan figuras a las pequeñas, como los clubs de fútbol), lo cual alteró el minucioso dibujo interpretativo que el dúo protagonista tenía originalmente.

Dentro de un resultado global notable, destaco el vigor de las dos primeras entregas, la certera utilización de retrospecciones, apartes y recursos metateatrales y el empleo de un actor comodín (Miguel Uribe ahora, antes Toni González, inspiradísimos ambos) que va encarnando los personajes secundarios en clave no realista, de modo que al cabo tenemos la impresión de que todos ellos son una misma entidad psíquica, ángel o daemon.