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ANÁLISIS

El secreto como sello

Son tantas las declaraciones de soberanía emitidas que, posiblemente, indican que lo importante de ellas es su emisor

En primer término y hacia la derecha, Jordi Turull (CiU), Marta Rovira y Lluís Salvadó (ERC), Maurici Lucena y Jaume Collboni (PSC), Lluís Sales y Quim Arrufat (CUP), y Joan Mena y Dolors Camats (ICV-EUiA). Ampliar foto
En primer término y hacia la derecha, Jordi Turull (CiU), Marta Rovira y Lluís Salvadó (ERC), Maurici Lucena y Jaume Collboni (PSC), Lluís Sales y Quim Arrufat (CUP), y Joan Mena y Dolors Camats (ICV-EUiA). EFE

Disponemos un stock de cuatro declaraciones de soberanía emitidas por el Parlament, y una quinta emitida por el Govern y/o ERC. Cinco declaraciones son muchas. Son tantas emisiones que, posiblemente, indican que lo importante de ellas es su emisor. ¿La declaración de CiU-ERC es eso? Si es así, ¿qué funciones tiene?

La primera función sería, entonces, escenificar el inicio de un proceso. Lo que indicaría que una parte de los emisores están más por la escenografía que por el proceso. En ese sentido, redactar una declaración de soberanía —algo, corríjanme, jamás declarado en otro biotopo sensible de independizarse—, evitaría otro tipo de declaración, más dada a procesos.

La segunda función sería canalizar el proceso. Hacia el Parlament —con mayoría gubernamental—, reivindicado en la declaración como epicentro, y que pasaría a ser el único Parlamento del Sur posdemocrático que es epicentro de algo. En detrimento de la sociedad, con más sed democrática que el Parlament. O del municipio. Y aquí, ojo: ya hay varios municipios que se han declarado libres, optando por un proceso constituyente que ya se utilizó, con éxito, en 1931 y 1936, otros momentos con el Parlament mirando a Pekín.

CiU y ERC optan por la esencia de la cultura política española de los últimos 35 años: el secreto.

La tercera función sería la gubernamentalización del proceso. Es decir, su rapto. El Govern lo lidera y fija su único final posible, que puede cambiar en cualquier momento. La ANC ha cedido toda su iniciativa al Govern, y el primer partido de la oposición es, glups, Gobierno, que se dice rápido. Desde ERC y CiU, se da a entender que lo incomprensible de este proceso sin control es comprensible a través de lo pactado secretamente. Lo que, socorro, nos lleva a la cuarta función: que el proceso sea secreto y entre élites. CiU y ERC, en ese sentido, optan por la esencia de la cultura política española de los últimos 35 años: el secreto.

El pasado mes asistí a la Universidad de Bourdeaux, invitado por el profesor François Godicheau, a un encuentro de historiadores de la Transición, lejos de la historiografía oficial española, en clave de secuestro de procesos, y de desactivación de otras formas de democracia en beneficio de un sistema pactado, en secreto, en las alturas. Joan Garcés —autor de Soberanos e intervenidos, que va por su 4ª edición—, ilustró la dinámica a través de un ejemplo: en la década de los setenta, documentó, se cooptó a líderes peninsulares —es decir, se les pagó trinco-trinco— a través de fundaciones alemanas socialdemócratas, democristianas, socialcristianas y liberales —casi todo el abanico, vamos—, con el objetivo geoestratégico de que, pasara lo que pasara por aquí, todo pasara por la OTAN. Para asegurar el liderazgo de los cooptados y la devaluación democrática de sus propuestas, se optó por el sistema de listas cerradas —por el secretario de Organización / el partido vertical—, y por la maravilla d’Hont. Y, para todo lo demás, por el pacto secreto. A través de una pregunta en el Bundestag, se sabe que tan tarde como en 1992-93, las fundaciones entregaron a partidos españoles/catalanes 1.700 millones de las ¿futuras? pesetas. Esa dinámica deshonesta dibuja, en todo caso, la génesis de un sistema deshonesto, fundamentado en el secreto, con facilidades para el secreto y muy proclive a la venta, en el que dejarse el grifo abierto es estructural, y al que Itziar González, que sabe lo suyo, define como “privatización de partidos”.

Reivindicar el secreto es reivindicar la alta grifería democrática, cuyos frutos gozamos cada día. Reeditar el secreto cuando esa cultura posfranquista está seriamente contestada, indica que, tal vez, el proceso de CiU-ERC es también la improvisación de una clase política ya fuera de su tiempo, incapaz de oler las nuevas formas de democracia. Y la época. Época: aquí hay hambre. Son 35 años de hambre de decidir. Muchas más cosas que la única propuesta ahora. Y hambre de la otra. 2013 será duro. Si quieren ir tirando, necesitarán algo más que recortes colectivos y pactos secretos.