Dentro de la jaula de los leones

Las manifestaciones en torno al Congreso y el dispositivo para evitarlas dificultan la rutina de comerciantes y vecinos

Dos personas acceden a la zona del Congreso el 25-S.
Dos personas acceden a la zona del Congreso el 25-S. SANTI BURGOS

Noche del miércoles 26, segunda jornada de protestas delante del Congreso. Los alrededores del parlamento están cercados. Una multitud abuchea a la policía y una chica se baja los pantalones para escandalizar al agente que la graba con una videocámara del otro lado de la valla. Entre el gentío, unos señores enchaquetados, uno de ellos oriental, llegan a las barreras.

- Es que nos alojamos dentro- le explica uno a los manifestantes.

- Pues cuénteselo a la policía, que a mí tampoco me dejan pasar.

El caballero pega la cara a las vallas y lo intenta. Un agente de los 1.400 desplegados le dice que no, que dé una vuelta por Prado a ver si tiene suerte. Los hombres se arreglan la chaqueta muy serios y comienzan a hacerse paso entre los divertidos manifestantes.

Que los alrededores del Congreso estén cercados ya solo sorprende a quien no vive en Madrid. La presencia policial es constante desde principios del verano. Los vecinos conviven cada día con las molestias, y los comercios empiezan a resentirse de su aislamiento. El barrio de Las Letras está convirtiéndose en una isla, cerrada de Norte a Sur. La Delegación de Gobierno reconoce el problema y mantiene frecuentes contactos con representantes del barrio, pero la incomodidad no tiene visos de remitir.

"Que creen un protestódromo", sugiere uno de los afectados
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Mediodía del miércoles. José Ramón Vázquez, dueño de La taberna de José, juega a las cartas con dos amigos en su bar, vacío, en la calle Conde de Medinaceli, con unas vallas policiales justo a la puerta. “Desde que estamos así, vendemos cero patatero. Los días de manifestación ni se puede entrar; pero es que, cuando no hay, el dispositivo también molesta”. Vázquez considera que la imagen de la zona va degradándose (“los guiris vienen a hacerse fotos en las vallas”), y se queja de que la policía esté tensa: “Cada vez que se mensajean 30 tíos [hablando de manifestarse], a nosotros nos cierran el barrio”. Un segundo jugador interviene mientras reparte: “Que creen un protestódromo”. “O que los que se quejan hubieran votado para que no ganase el PP”, dice el tercer jugador. “O que me desgraven lo que dejo de ingresar”, pide José Ramón.

A unos metros, en el vestíbulo del Palace, una elegante portavoz expone la posición del hotel: “Los agentes son muy correctos, pero en los días de manifestación es imposible”. La mujer reconoce que el 25-S un grupo de huéspedes se quedó aislado al otro lado de la valla. “Les mandamos mensajes de texto para que se sintieran arropados”. En el hotel teme que la situación les afecte a medio y largo plazo, porque nadie regresa a un establecimiento en el que durmió enjaulado. Según la Asociación de Hoteleros de Madrid, la imagen de seguridad de la capital es la responsable de una caída del 5% en las pernoctaciones.

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Los comerciantes no tienen números, como los 30 millones que planteó el gremio de Sol que le costó la acampada del 15-M. “Cifras aún no hay”, explica Andrés Culebras, presidente de la asociación de comerciantes del barrio de Las Letras, “pero claro que nos toca: hay que andar con el carné en la boca, y aunque a nosotros ya nos conocen los agentes, el dispositivo le resta flexibilidad y movilidad al barrio”. En su opinión, los problemas llegan los días de protesta. Por ejemplo, este fin de semana organizan un evento de interiorismo, con mercadillo incluido, y Culebras teme que quede eclipsado por posibles disturbios.

Culebras se queja de que la violencia de una minoría de manifestantes haya condenado al barrio a vivir entre rejas. “Vale que la gente proteste, pero es que este año han sido muchos días”, suspira: “Somos pequeños comercios al borde del cierre. Tenemos que convivir todos: los que se indignan y los 12.000 empadronados aquí”.

Manuel Sánchez, abogado y vecino del barrio, considera que la incomodidad no se limita a los días de manifestación: “Llevamos meses así. No vamos a exagerar, pero hay días que parece el Berlín del muro”. Sánchez glosa las incomodidades: pasar el control con el coche, el estrechamiento de la calzada, los obstáculos para ancianos con problemas de movilidad… Luego matiza que el asunto tiene claras desventajas, pero al mismo imprime lucidez. “Esto te pone frente a la realidad social del país. Y puedes percibir detalles, como la forma en la que han aumentado los palos del 15-M hasta esta parte”.

Los empresarios teatrales también protestan. Mientras los escenarios públicos de la zona no han sufrido especiales molestias (así lo afirman en la Zarzuela y el Español), Jesús Cimarro, propietario del Bellas Artes, sí cuenta situaciones incómodas. “El martes le pidieron el DNI a todo el público. Tenía vendidas 250 entradas y solo vinieron 137 espectadores”. Según Cimarro, el problema se intensifica en días de protesta, “pero con la policía y los cortes se ha creado cierta psicosis por ir al centro”. Enrique Salaberria, el empresario que más butacas gestiona en Madrid (entre ellas, las del teatro Alcázar, en el área) añade a los problemas el del ruido que a veces entorpece las funciones. Él arremete directamente contra los manifestantes y los acusa de “falta de respeto”. En la misma línea que lo hizo la pasada semana la alcaldesa, Ana Botella, pide que haya menos manifestaciones.

Nadie parece contento con la situación. Los que menos, los afectados por el paro y los recortes que se reúnen en la zona para protestar. Vecinos y empresarios se preguntan cuánto tiempo se puede prolongar su encierro en la jaula de los leones. Su temor es que hasta el final de la crisis los problemas del país se encarnicen con los alrededores del Congreso.

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