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OPINIÓN

Chumberas y piteras

"Reconocer los errores y el “lo siento” y el “vamos a rectificar” aportan dignidad y credibilidad a la política y a los políticos"

El árido paisaje de piteras y chumberas domésticas y mediterráneas parece que nos sigue allá donde vayamos. Quienes optaron estas últimas semanas de agosto, tan calurosas y secas, por buscar la fresca del norte geográfico del euro, tropezaron con altas temperaturas y días extremadamente soleados y húmedos. Si pararon mientes, además, en cuanto publica la presa escrita, ojeando un par de periódicos diariamente, se dieron de cara con piteras y chumberas. La prensa centroeuropea —y no sólo los medios de comunicación, sino también el mundo de la política o de los negocios financieros— no aparta la vista de los países sureños, inmersos en una crisis económica grave: no somos ajenos a sus propias economías. En honor a la verdad, cabe decir que las gentes y las tierras hispanas reciben un trato en los medios con un notable grado de objetividad. Se entera uno, por ejemplo, de que una anciana aragonesa intentó ser émula de Picasso y restauró, convirtiendo en adefesio, una irrelevante pintura religiosa del Ecce Homo; se entera también de las hazañas del Robin Hood andaluz Sánchez Gordillo, cuya ideología cabalga por donde el Rabí de Nazaret, por donde Carlos Marx y por las sendas de Gandhi; se entera uno, en fin, de que el Gobierno de Rajoy tiene previstas unas normas estrictas para controlar bancos y entidades financieras como la destartalada Bankia, que España se desliza hacia una recesión profunda; que el presidente autonómico valenciano, el castellonense Alberto Fabra, se las ve y se las desea porque no tiene un centavo para pagar y le acucian las deudas de sus predecesores, que la monumental escultura del aeropuerto sin uso de Castellón es derroche y homenaje al mal gusto. Piteras y chumberas sin fin en el paisaje que nos sigue.

Lo que no es muy nuestro, y carece hasta hoy de patente valenciana, es la noble actitud y la dignidad pública de un político como Jens Stoltenberg, el socialdemócrata que gobierna en Noruega, y que, como responsable de cuanto sucede en un estado democrático, dijo lo siento y me equivoqué, ese otro día de finales de agosto, y allá por Escandinavia, por el norte del norte del euro. Se refería a la falta de previsión y cuidado, a las irresponsabilidades, que rodearon la masacre humana realizada por el terrorista Breivik, que sacudió las conciencias de un país de raigambre democrática: vigilancia escasa de la sede de los ministerios, inexistencia de unidades especiales antiterroristas, grupos de policías que tomaban una dirección diferente de la que tomó el asesino, helicópteros que no despegaron porque los pilotos estaban de vacaciones y un largo etcétera, que, según las encuestas, conducirá a Stoltenberg al abandono de su cargo tras las próximas elecciones parlamentarias. Pero reconocer los errores y el “lo siento” y el “vamos a rectificar” aportan dignidad y credibilidad a la política y a los políticos. Aquí, sin embargo, no hay un “lo siento”, administramos mal o nos equivocamos, aquí hay piteras y chumberas que nos siguen.