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El corto verano de la Jamancia

La estatua ecuestre del general Prim recuerda desde 1870 el derribo del cuartel de la Ciudadela

Escultura ecuestre del general Prim en el parque de la Ciutadella de Barcelona.
Escultura ecuestre del general Prim en el parque de la Ciutadella de Barcelona.

En el paseo de los Til·lers, en medio de una bucólica rotonda de la Ciutadella, como un marqués se yergue el general Prim, tan repeinado y arrogante como era en vida. Este genio en el arte del camuflaje, auténtico calamar de la política española, consiguió hacerse perdonar por los barceloneses el haberles bombardeado sin piedad durante tres meses seguidos y quedarse tan ancho. Forma junto al general Espartero la curiosa bicefalia de militares que, a pesar de arrasar la ciudad, fueron homenajeados por ella. Baldomero Espartero, duque de la Victoria, dijo aquello de: “Para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. Y a fin de demostrar su teoría, en 1842 los cañones de Montjuïc se pasaron 13 horas disparando contra la ciudad. En premio a sus servicios, durante muchos años tuvo una calle y un pasaje dedicados —uno al lado del otro—, que tras varias polémicas ahora llevan denominaciones más neutras como pasaje de Francesc Pujols y calle del Duc a secas (algo así como lo que hicieron en su día con la calle de Fernando VII, que siempre se ha llamado de Ferran a secas).

El brigadier asedió la ciudad por tierra y mar, mientras abría fuego desde Montjuïc

Pero Prim es mucho Prim. En sus tiempos también llegó a tener una calle, la Riera Alta de Prim, que se quedó en Riera Alta a secas. Pero en 1870, tras su asesinato en la madrileña calle del Turco, el Consistorio barcelonés decidió ponerle una estatua ecuestre con pedestal bombástico, en recuerdo de su participación en el derribo del cuartel de la Ciudadela y su reconversión en parque. El monumento se parece mucho al que tiene dedicada en la plaza del General Prim de Reus, solo que en su ciudad natal blande triunfal una espada extendida hacia el cielo, mientras que en Barcelona tiene el brazo caído y sujeta un sombrero, como si nos quisiera dar el pésame.

El general Joan Prim parece sacado de un folletín decimonónico, como los que escribían Milà de la Roca o Antoni Altadill. Los misterios de Barcelona deberían incluir a este joven coronel de 29 años que se hizo famoso al unirse con su amigo Lorenzo Milans del Bosch al golpe de Estado contra Espartero de mayo de 1843. Los liberales progresistas, principales promotores del pronunciamiento, prometieron de todo a los barceloneses, y estos les creyeron. Pero en agosto, cuando comprobaron que solo había sido una estratagema para hacerse con el poder, el ala más radical del republicanismo catalán estalló en lo que se conoce como la revuelta de la Jamancia.

Frederic Marès reconstruyó la estatua después de ser destruida en diciembre de 1936

Los jamancios eran los antecesores directos de los obreros que protagonizaron la huelga revolucionaria de 1909 y el estallido libertario de 1936. Su ideario mezclaba reivindicaciones laborales con propuestas protofederales. El apelativo les venía del verbo gitano jamar (comer), y del nombre que recibía la asignación de cinco reales por manutención (la jamancia) que se pagaba a los voluntarios alistados bajo la bandera de la revolución. El uniforme de estas tropas improvisadas consistía en blusa de trabajador, alpargatas, barretina con una calavera plateada en la cabeza, correaje de cuero y una paellita de latón prendida en el pecho como una medalla. Eran la versión autóctona de los sans-culotte, con sus banderas rojas y negras precursoras del sindicalismo catalán.

Ante el peligro que esto suponía para la monarquía de la reina niña Isabel II, el recién ascendido brigadier Prim decidió asediar la ciudad por tierra y por mar, mientras abría fuego desde Montjuïc, la Ciudadela, la Barceloneta y Gracia. Suya es la frase: “O caixa o faixa” (O el ataúd o el fajín de general). Cuentan que en ese tiempo desaparecieron los animales domésticos, muertos de inanición cuando se acabaron las provisiones. La ciudad sufrió una terrible hambruna, pero aguantó tres meses bajo el fuego artillero. Entre septiembre y noviembre de 1843 fueron destruidas o afectadas un tercio de las casas de la ciudad y se produjeron grandes desperfectos en su fachada marítima. La cifra de muertos fue relativamente pequeña —algo más de 300—, gracias al hecho de que todo aquel que contaba con parientes en el campo o disponía de suficientes recursos ya había huido.

De aquellos acontecimientos apenas quedan recuerdos; la bomba incrustada en la fachada de una casa de la calle Sòcrates y esta estatua, que las Juventudes Libertarias de Gracia destruyeron en diciembre de 1936, como venganza tardía por aquellos bombardeos. No obstante, fue reconstruida por el reponedor de símbolos franquistas Frederic Marès, que hizo una versión aproximada del original desaparecido. Desde entonces, Prim nos mira desde su altura con gesto grave y la confianza de aquellos que se han salido con la suya.