Cuando decide el árbitro

El colegiado expulsó a tres jugadores y sacó 15 tarjetas en el Elche-Celta (0-2)

Hay partidos en los que el balón no es el protagonista. El colegiado del Elche-Celta, Valdés Aller, expulsó a tres jugadores de campo y uno del banquillo de los locales y concluyó el partido mostrando 15 tarjetas, las cuatro rojas y 11 amarillas. Demasiado como para no convertirse en decisivo.

Faltando media hora, el trencilla entendió que una falta de Flaño a Bermejo fuera del área merecía la expulsión y que las consiguientes protestas de Generelo, el capitán, daban para su segunda amarilla. Así terminó con el equilibrio que hasta entonces había mostrado un partido muy igualado. Lo que vino después fue todo previsible. Aunque le costó encontrar el camino y abrir el marcador, el Celta, con dos jugadores más, rodeó el área ilicitana, llegó la tercera expulsión tras otra falta de Berenger y De Lucas transformó ese castigo en el primer gol.

Los gallegos han enfilado ya el camino que conduce a una de las dos plazas que otorgan el pasaporte directo a Primera. Tras la victoria en el Martínez Valero suma 10 partidos seguidos sin perder (26 de los últimos 30 puntos) y, lo que puede ser todavía más trascendente, ha alcanzado un alto nivel de confianza en su juego y posibilidades.

Fiel a su estilo, el Elche le planteó un partido muy físico y fiado al juego directo. El objetivo del equipo de Bordalás es convertir sus momentos de ataque en un continuo asedio al área rival abusando del juego aéreo, una estrategia que acaba transmitiendo a la grada que cada jugada es una desesperada llamada a la heroica, situación en la que se encuentra cómodo.

La elaboración del equipo gallego y el trabajo arriba de Bermejo permite que jugadores con el nivel técnico de Álex López, De Lucas y, sobre todos, Iago Aspas, luzcan galones. Aspas fue quien dispuso de las dos mejores ocasiones de su equipo en la primera mitad, una de ellas abortada por Juan Carlos en el mano a mano final.

La reanudación se redujo al barullo que provocó una larga sucesión de faltas y tarjetas. Ese ruido contaminó el juego y el árbitro, muy permisivo con el contacto físico hasta entonces, decidió que había llegado su momento. Hasta entonces, casi nada había hecho concluir que el 0-0 inicial no podía ser también el resultado final.

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