‘Tormenta’: Strindberg en una casa de muñecas
Iván López-Ortega, joven actor, director, escenógrafo y músico, establece un diálogo juguetón y chispeante pero quizá trunco, con uno de los dramas de cámara del autor sueco


August Strindberg es uno de los causantes de la epidemia de sueño que asola los teatros desde hace un siglo largo. Antes de que se impusieran las innovaciones propuestas por el autor de Tormenta, drama reestrenado ayer en el Teatro Español, los espectadores iban tanto a ver la obra como a ser vistos por al resto del público, pues las luces de sala permanecían encendidas durante la representación. Hasta que Wagner, primero, y Strindberg, después, decretaron que toda la atención se focalizase sobre el escenario. En el prólogo de su drama La señorita Julia(1888), el autor sueco arguyó, en sintonía con el naturalismo, que las luces de la platea debían apagarse para maximizar la ilusión de realidad. No tuvo en cuenta las leyes de la fisiología: después de una jornada de trabajo extensa y rutinaria, la oscuridad invita al sueño a muchos espectadores agotados.
Esta y otras innovaciones suyas vinieron para quedarse. Creyó que público y actores debían compartir un espacio íntimo, conforme al teatro de cámara que había visto durante su exilio en Alemania. La sala Andrea D’Odorico del Teatro Español, donde se representa Tormenta, es todavía más chica que el Intima Teater de Estocolmo, donde August Falk, director y actor de 24 años, estrenó entre 1907 y 1910 veinticinco piezas de Strindberg, que se convirtió en su director artístico. Aquella sala acogía un escenario de 32 metros cuadrados y 161 butacas, ni una más. Iván López-Ortega, director del montaje recién estrenado, tiene la misma edad que Falk por aquel entonces. Tal vez Eduardo Vasco, que lleva la batuta del Español, haya querido hacernos un guiño. Tormenta es una de las cuatro obras de cámara que el dramaturgo sueco escribió a sus 58 años para el Intima. Esa es hoy la edad de Vasco.
López-Ortega, que es también responsable de la escenografía y de la música original de su espectáculo, ha dispuesto al público a tres bandas en torno a un escenario que tendrá los mismos metros, o unos pocos menos, que el escenario del Intima, reabierto en 2003. Tres cortinas de terciopelo ocultan su interior. El comienzo, con música de un clarinete que se transparenta al otro lado del telón, no podía ser más sugestivo. Por el instrumento sale humo, como si estuviéramos viendo un fragmento de El público o de Comedia sin título. Al retirarse la cortina (lo desvelo), aparece un paraje verde con la casa donde habitan los atormentados protagonistas de este drama. Se trata de una maqueta, ante la que los actores parecen gigantes. Tres de ellos se mueven como marionetas. Otros dos, son de carne y hueso.
El director, le hace un regate a Strindberg. Encuadra a los dos hermanos con realismo, pero vuela en su enfoque de quienes los rodean: la esposa, la criada y el confitero, parecen escapados de un gran guiñol. Así mismo, el mundo exterior es de juguete. De afuera vienen coches teledirigidos o arrastrados a mano. En un momento dado, la casa de cuatro pisos, por cuyas pequeñas ventanas asoman manos gigantescas (igual que salen de las paredes en Repulsión, de Roman Polanski), se abre en dos, para que accedamos a una gran estancia que, sin embargo, resulta escasa para quienes la habitan: si estirasen su cuello, darían con la cabeza en el techo. Dicha habitación es un calco de la que aparece en el montaje original de El Pelícano, una de las cimas de Strindberg. La función está llena de guiños como este, para quien los pille.
El inmueble de juguete de la escenografía, al que solo le falta hablar, alude a Casa de muñecas, obra central de Ibsen, referente máximo y rival artístico del Strindberg joven
Ese inmueble de juguete, al que solo le falta hablar, alude a Casa de muñecas, obra central de Ibsen, referente máximo y rival artístico del Strindberg joven. Joaquín Notario, Lara Grube, Rocío Suárez de Puga, Óscar Fervaz y Paula Muz, actriz clarinetista, hacen una labor interpretativa bella y afinada. Grube encarna a la hermana del hombre maduro, separado y taciturno en torno a cuyo menguado ánimo gira la función. En la versión original, son dos hermanos varones. El cambio de género, en este caso, por muy bien que vista sus pantalones el personaje femenino, desvirtúa el carácter acibarado, un pelín misógino, de la relación que mantienen estas criaturas entre sí y con respecto a la esposa de una de ellas. El jugueteo establecido con estos cambios lleva la función a otro territorio, aunque no le reste misterio. El enfrentamiento entre el protagonista y su mujer, que constituye el clímax de la obra, en este montaje queda diluido en aras de un final precipitado, quizá por limitaciones horarias, pues cuanto se programa en esta sala tiende a no exceder los sesenta minutos de duración.
Tormenta
Texto: August Strindberg. Dirección: Iván López-Ortega
Reparto: Joaquín Notario, Lara Grube, Rocío Suárez de Puga, Paula Muz y Óscar Fervaz
Teatro Español. Madrid. Hasta el 3 de mayo
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