Arriba el divorcio paternofilial, ¡arriba!
Una década después de ‘Lectura fácil’, de Cristina Morales, la narrativa española sigue tensando el lenguaje como forma de intervención. ‘Muere, papá’, de Greta García, confirma aquel camino: una novela salada e impecable que desarma el mito del padre y no lo redime

En un par de años, Lectura fácil, una novela de Cristina Morales, cumplirá una década. Su irrupción en el mercado causó mucho revuelo. En el texto se alternaban voces muy distintas que entraban y salían de temas complejos con gracilidad. Esos asuntos abrían el diálogo social a debates en torno a la farmacologización forzada, la locura y la diversidad funcional, tanto motriz como psicológica, en un grupo de mujeres dentro de una jaula. El estilo era —y es— voluptuoso, se acercó con mucho descaro al lenguaje, y la lente de aumento desde la literatura hacia la realidad generó una incomodidad nueva en el lector. Todo era estupendo, vale, pero ¿podría esa forma de narrar sostenerse en el tiempo?
En 2023, Greta García publicó con éxito de público y de crítica Solo quería bailar. Un año después, en 2024, Rocío Collins nos regalaba Éxtasis en una noche de verano, y compartía con ella la virtud de la disrupción creativa. Ambas propuestas daban seguimiento a la invitación de Morales. García desde la danza, Collins desde la performance. Las dos narraciones presentaban atisbos de locura, sistemas sociales rotos y libertad a raudales. Pero, sobre todo, un programa sólido alrededor de la palabra.

Volviendo sobre Greta García —que al recordar su Solo quería bailar se convierte en Great García—, nos ofrece ahora un trabajo fascinante con el lenguaje que amplía y resuelve aquella pregunta en torno a esa propuesta estética. En Muere, papá leemos cómo la continuidad se transforma en evidencia y el caldo de cultivo en verdad literaria. La escritora, en su novela anterior, ya nos avisó a los más puretas: “Gente que asocia lo serio con lo aburrío, lo bueno con lo deprimente”.
Aquí tenemos una hija que, tras romperse, vuelve a la casa familiar a la edad de Cristo, donde solo está el padre, que es un desastre. Aparecen por el texto nombres como el de los pintores Picasso o Pollock, pero también el de otros popes como Shakespeare o Kafka. Y Nabokov, pero no mencionado tal cual, sino a través de su aberración: Humbert Humbert. El tema literario de exorcizar el trauma del padre cobra aquí otro relieve. No se le despoja de sus demonios, que ahí está la gracia, sino que desde la escritura se intervienen las ilustraciones de José Toro, el padre de la autora.

Lo mejor aquí es que los reproches no entorpecen nada de lo que se dice. En esta sobredosis padre e hija se deslizan, además, algunas píldoras en torno a la memoria emocional de la segunda mitad del XX en España, concretamente, la andaluza. Un conjunto de anécdotas donde los traumas afloran y se disuelven en comentarios goyescos. Las contradicciones se perciben también, pero sin intelectualización que valga: “Pero yo creo, papá, que a ti el patriarcado directamente te resbala, te cansaste antes siquiera de comenzar la batalla. Eres del club de Sancho, te quieres echar la siestita a la sombrita”.
El tono ficcional que adopta la narradora alrededor de un yo que se confiesa una y otra vez nos sumerge en un laberinto paródico e irrepetible de significados y navajazos a la yugular. Este es un libro para ahuyentar la muerte, no tomarse a una muy en serio y sobreentender que el cuerpo del padre siempre fue el verdadero cuerpo enfermo.

Muere, papá
Tránsito, 2026
120 páginas. 23,95 euros
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