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Tribuna

Berghain, la obra de arte total

Hace un tiempo que el club está en todas partes: de la última exposición de Pierre Huyghe al nuevo disco de Rosalía, de ‘Los años nuevos’ a varias novelas que lo usan como emblema de un Berlín en extinción

'Liminals' (2026), de Pierre Huyghe, en la exposición de LAS Art Foundation en el recinto de Berghain.Andrea Ros

A Berghain se solía ir de fiesta. Ahora también se puede ir a ver arte. En la Halle am Berghain, monumental nave adosada al club más famoso del mundo —nueve metros de altura, pilares de hormigón y acero, escala de catedral industrial—, una estrella del arte europeo como Pierre Huyghe presentó hasta hace pocos días su última instalación, Liminals. Llegamos hasta allí caminando entre ruinas de la antigua RDA, con la utopía socialista transmutada en escenario de ciencia ficción distópica. Aun así, la vieja central eléctrica de los años cincuenta que alberga el club desde 2004 sigue en pie, más joven que nunca. En la oscuridad casi total del recinto, una pantalla gigantesca proyectaba un vídeo en el que una figura sin rostro avanzaba por un paisaje posapocalíptico, como si fuera un fondo marino devuelto a la superficie tras una catástrofe geológica.

El público se repartía por el espacio con una informalidad poco museística: sentados en los bancos o en el suelo, apoyados en las paredes, deambulando por esa arquitectura ominosa. Durante casi una hora, sin que la narración obedeciera a conceptos tan desfasados como principio y fin, la criatura protagonista arrastraba los dedos por la tierra, se deslizaba entre cavidades minerales y copulaba con las rocas, como si asistiera a un nuevo big bang después del derrumbe al que todo nos empuja. Había vapor en el aire, líquenes sobre las piedras, relieves de arrecife fósil. A ratos, la banda sonora de la instalación se confundía con la prueba de sonido del club, al otro lado de un grueso muro brutalista. A ambas bandas, el tiempo quedaría suspendido, aunque fuera usando métodos distintos. Quien haya llegado tarde podrá ver esta instalación en la Fundación Beyeler, en Basilea, a partir del 24 de mayo.

En Berghain, la exposición cerraba a las nueve de la noche, apenas una hora antes de que abriera el club, con su cola legendaria y su severo sistema de selección en la puerta, un examen oral que es casi imposible aprobar. En Alemania existe incluso una web para entrenarse respondiendo a las preguntas de un avatar del temible portero —cuántos sois, de dónde venís, qué diantre habéis venido a hacer aquí—, como si entrar en Berghain fuera casi como preparar unas oposiciones. Los accesos para el arte y el club son distintos, pero los públicos se cruzan. “Se producen solapamientos interesantes”, decía Bettina Steinbrügge, directora de LAS, la fundación privada detrás del proyecto, que trabaja en el cruce entre arte e inteligencia artificial, física cuántica y biotecnología. “Berghain es un buen lugar para el arte. No solo por sus dimensiones, sino porque, para muchos, resulta más accesible que un museo”. El cubo de hormigón intimida menos que el cubo blanco, una frase que suena paradójica viniendo de un club conocido por dejar a la gente en la calle. Pero que contiene una verdad: pocas fronteras son tan hostiles como la que impone la solemnidad cultural.

La sorpresa no es encontrar una exposición en ese lugar, sino comprobar hasta qué punto Berghain lleva tiempo convertido en obra de arte total. Durante el cierre obligado de la pandemia, sus salas acogieron una gran muestra contemporánea. En el mítico Panorama Bar, la sala dedicada al house en la planta superior, Wolfgang Tillmans instala nuevas piezas cada cinco años. Durante un tiempo, hubo una escultura al pie de la gran escalera que conduce a las salas, donde algunos clubbers se recolocan sus arneses de cuero antes de entrar en escena: un hombre desnudo, tal vez en trance, invitando a los visitantes a adentrarse en la oscuridad. Más tarde fue enterrada en el jardín contiguo, entre la hiedra, con el dramatismo de una performance pasada de vueltas. Hasta las puertas cóncavas de los baños, recubiertas de un vinilo negro que con los años se ha ido deformando, podrían pasar por un monocromo minimalista castigado por un sinfín de madrugadas lisérgicas.

Para muchos, Berghain representa un Berlín en vías de extinción, asediado por sedes de multinacionales, grúas en cada rincón del campo visual y hoteles cada vez menos low cost. Basta con asomarse a las ventanas del Panorama Bar: donde antes había un vasto paisaje de descampados, hoy despuntan los logos rotatorios de Mercedes-Benz, el horripilante East Side Mall y otros síntomas de una invasión corporativa que ha ido convirtiendo esta urbe “pobre pero sexy” en una capital como cualquier otra. Aquí va otra cita célebre: en 1910, Karl Scheffler la definió como “una ciudad condenada para siempre a devenir y nunca a ser”. Ese horizonte adopta hoy la forma menos romántica que podamos imaginar: una operación inmobiliaria a gran escala.

Hace un tiempo que Berghain está en todas partes. Rosalía invoca al club como un tótem en el primer sencillo de Lux, sin referencias explícitas, pero usándolo como imagen de éxtasis y transfiguración. Aparece también en Los años nuevos, cuando los protagonistas viajan a Berlín en busca de una reconciliación: la serie no necesita nombrar el club, que prohíbe las fotos en su interior y todavía más los rodajes, para que todo el mundo lo reconozca. En su novela Las perfecciones, elegía por un mundo gentrificado, Vincenzo Latronico escribe: “La cola del Berghain se hacía cada vez más larga, o su paciencia cada vez más corta”. Resume así la fatiga de una generación que fue a la vez víctima y verdugo de la transformación de la ciudad. En Good Girl, de Aria Aber, el club figura con el alias de Bunker, “un refugio contra la guerra de nuestra vida cotidiana”. Y otra expat estadounidense en Berlín, Calla Henkel, incluye en su novela Other People’s Clothes, una escena de rechazo en la puerta de Berghain como rito de paso. La revista The Baffler incluso ha ideado un nombre para este subgénero: el Berghain gothic, que agrupa todas esas novelas berlinesas que relatan el declive de la capital alemana y la promesa fallida de una vida alternativa que, al final, tampoco pudo resistir al huracán capitalista.

Hace poco, mientras Kim Petras pinchaba a las tres de la madrugada, caímos en la cuenta de que en su interior no había espejos. En una época que nos obliga a sobreexponernos, este es un lugar que promete anonimato. En una cultura obsesionada con la transparencia, ofrece penumbra y desconexión. En un mercado que convierte hasta el más mínimo instante de ocio en ética del trabajo, vende la ilusión de un tiempo improductivo. Aunque este club contenga también la paradoja de cualquier intento de disidencia hoy en día, una perspectiva cada vez más utópica: su selección aleatoria y su exclusión potencial no funcionan solo como filtro, sino como marcas de prestigio. Quedarse fuera no destruye el deseo, sino que lo potencia. Berghain se presenta como un espacio de liberación, pero administra con dureza sus fronteras. Qué mejor signo de los tiempos que un club que nunca nos admitiría como socios.

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