Torrente y la picaresca: el eco de nuestro llanto
El personaje de Santiago Segura es impresentable, cutre, egoísta, vulgar, zafio…, brutal y soez porque está a la altura de la realidad en la que vive

En 1921, Álvaro de Albornoz escribe en El temperamento español: “A menudo, en el vasto cementerio nacional, que llenaron las epidemias y las pestes, ya desterradas de todo el globo por los progresos de la cultura, no hubo sobre tanto duelo, al borde de las fosas abiertas, sobre los montones de cadáveres, más piadoso responso que la mueca burlona de un pícaro”. Don Álvaro cae aquí en esa tendencia a la exageración que suele ser un notable obstáculo para nuestras buenas causas. Exageramos nuestros vicios y nuestras virtudes y con frecuencia lo hacemos a la vez. Con cuánta facilidad pasamos del “este país es una mierda” al “como en España, en ningún sitio”. Unamuno —exagerando— sostenía que el español medio no existe, porque “en España tenemos solo extremos”.
Pero lo cierto es que hay cosas que solo en España se pueden llevar a escena. Chueca, por ejemplo, puso música en El bateo a esta barbaridad: “Haremos de carne humana / la estatua de Robespier, / para que sirva de ejemplo / el mártir aquél”. ¿Y la desfachatez del trío de los ratas, en La Gran Vía? “Es lo más fuerte que he visto y oído”, escribió Nietzsche.
Todo esto viene a cuento de Torrente presidente. Uno de mis nietos fue a ver la película el sábado 14 y nos habló con tanto entusiasmo que mi mujer y yo decidimos ir a verla el lunes siguiente, que es el día de los jubilados y hacen descuento. Estaba tan repleta la sala que por un momento creí revivir aquella pasión con que los españoles de a pie seguíamos las películas de Manolo Escobar. Todo lo que toca Santiago Segura en esta astracanada se vuelve disparatado, grotesco y ridículo. Pero él no se considera culpable de que la realidad le suministre el argumento. En este sentido, más que ridiculizar la realidad, nos ridiculiza involuntariamente a nosotros, que vamos a reírnos de lo que somos.
¿Es la España de hoy más paródica que en tiempos de Berlanga? No lo creo. Pero a Segura le cuesta encontrar lo que encontraba Berlanga: alguna veta de ternura. Y esto es lo que me produce tristeza. El público que se reía a carcajadas en la sala del cine, se reía de nuestra falta de alegría. Las escenas pueden ser divertidas, pero no son alegres. Segura ha construido una parodia de un tema serio: el de nuestra vida colectiva como una búsqueda triste de alegría. Nuestra risa —incluyendo la mía— no era sino el eco de esa búsqueda. Es una risa masoquista, que no cura. Es la risa de la sorpresa de hallar un inesperado sabor agridulce en las heridas que nos estábamos lamiendo.
En esta astracanada, Segura, más que ridiculizar la realidad, nos ridiculiza a nosotros, que vamos a reírnos de lo que somos
Esta es una película de un patriotismo pajillero —autista— en la que no se respeta nada porque no hay nada respetable. Torrente es impresentable, cutre, egoísta, vulgar, zafio…, brutal y soez porque está a la altura de la realidad en la que vive. Por eso mismo representa lo que puede dar de sí un pícaro en nuestro tiempo. Es perfectamente merecedor del poco honorable título de “pícaro de cocina”: “¡Oh, pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios, pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover!” (La ilustre fregona). Su actitud vital y única expectativa es ver qué puede sacar de pellizcar las posaderas a la cocinera (la imagen es de Orwell). No tiene inconveniente en mostrarse cruel con quien pretenda competir con él por las migajas que deja caer el ajeno banquete de la vida.
En el transcurso de la película tuve la sensación de que Segura —como Mateo Alemán con sus lectores— estaba oyendo el susurro de sus espectadores. Un susurro colectivo acompañaba la aparición de cada cameo. “Yo pienso de mí lo que tú de ti”, le dice Guzmán de Alfarache al lector y podría decirnos Segura. Como Estebanillo González, Torrente es, en el fondo, un “archigallina de gallina” que no para de huir de sí mismo. Es —como Estebanillo— un exhibicionista del yo. Pero es capaz de tomarse a risa no pocos discursos del presente que los demás acatamos con la cabeza gacha, por falta de valentía para encararlos. Que quien los impugne sea Torrente, no habla muy bien de nosotros. No le falta razón a Segura cuando presenta Torrente presidente como una “sátira política”. La canción principal de la película, compuesta por Willy Bárcenas y Antón Carreño, jalea a Torrente por ser “putero, machirulo, facha y drogodependiente”. Y al oírla a uno se le llena la imaginación de rostros —enormes rostros— de personajes aparentemente más listos que él.
Santiago Segura no ha escrito un guion, la prensa se lo ha dado escrito y si ha enganchado a los jóvenes es porque no ven imposible que un Torrente llegue a la presidencia. ¿No duele esto? “Les da caña a todos y se ríe de todos”, nos decía mi nieto. Los únicos inocentes parecen ser Rajoy y los Reyes, lo cual no habla necesariamente bien de ellos. Galdós aseguraba que todo español lleva dentro un “pícaro surrealista”. ¿Tenemos solución? Quiero creer, con Leopoldo Eulogio Palacios, que “nada es ingobernable para Dios, ni siquiera los españoles”.
Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955) es un filósofo, pedagogo y ensayista español. Su último libro es ‘La dignidad del mediocre’ (Ediciones Encuentro, 2025).
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