‘The Murder of Crows’: por qué el arte sonoro es más poderoso que el visual

Una emblemática instalación de Janet Cardiff y George Bures Miller, presentada por primera vez en España en Matadero Madrid, subraya la capacidad de los sonidos para construir arquitecturas y espacios inusitados

Vista de la exposición 'The murder of crows', en Matadero Madrid.
Vista de la exposición 'The murder of crows', en Matadero Madrid.estudio perplejo

Vuelvo a menudo a Matadero y me siento ante la obra The Murder of Crows, de Janet Cardiff y George Bures Miller, dos de los mejores contadores de historias en el panorama actual. A lo largo de los meses, la obra, en esencia sonora, ha ido adquiriendo nuevos matices, sobre todo en el momento de la pieza en que, entre los instrumentos que van arropando la melodía in crescendo, se oyen botas militares marchando. Voces masculinas cantan con fuerza una melodía antifascista rusa, de guerra, que va adquiriendo inesperadas lecturas a lo largo de los meses, a medida que la situación cambia en el este de Europa. Los tambores vuelven a resonar y, de manera abrupta, se interrumpe la música. Los cuervos entran entonces en escena, a lo lejos, y luego los pasos invisibles que cruzan la sala. Y el viento aterrador.

Son efectos especiales, pero se impresiona el visitante cada vez, aunque haya visto la pieza muchas veces. Ocurre en los trabajos de Cardiff y Miller: nos retan, nos sobresaltan, asaltan nuestro espacio consuetudinario. Bien visto, el sonido es mucho más poderoso que lo visual, deja mucho más espacio a las impresiones particulares y tal vez por eso Occidente prioriza la visualidad frente al sonido o el olfato y sus capacidades de rememoración: lo visual es un modo eficaz de control y a Occidente le fascina el control. No obstante, culturas distintas a la nuestra priorizan lo sonoro. Lo reflexiona el etnomusicólogo Steven Feld, quien al tratar de expresar la experiencia kaluli, en Papúa Nueva Guinea, echa mano de las descripciones visuales, más comprensibles en casa frente al sonido típico de sus anfitriones. El antropólogo es consciente de ese peligro y trata de eludirlo, de ponerlo al descubierto al menos, pero aun así describe lo que ve, convierte en imágenes los sonidos que escucha. ¿Cómo describir un sonido y lo que despierta en nosotros?

Vuelvo a Matadero y me encuentro a veces con las mismas personas y, por tanto vernos allí, intercambiamos unas pocas palabras entre viejos amigos. Me dicen cómo vuelven a ver la pieza: se parece a ir a una iglesia. Entiendo lo que quieren decir, pues también yo llego hasta esa sala en busca de algo semejante a ciertas sensaciones introspectivas que despiertan los templos en la mayoría de las personas. Pese a todo, en cada trayecto, soy consciente de que no voy a “ver” una exposición: allí hay poco que ver. Voy justamente a lo contrario, igual que mis vecinos, sospecho. Tal vez nos sentamos todos frente a la exigua escenografía de Cardiff y Miller en busca de esos otros espacios invisibles que propician los sonidos, sensaciones espaciales tan fuertes que, sin darnos cuenta, hacen que nos olvidemos de dónde estamos y corramos hasta esos lugares lejanos hacia los cuales nos transportan los sonidos.

Con los meses, la obra ha ido adquiriendo matices. Sobre todo, cuando sus voces cantan una melodía antifascista rusa

Allí, en nuestro asiento, sin movernos, los sonidos y las realidades que arrastran; nos asaltan por la derecha, de frente, por detrás. Espacios infinitos e invisibles nos rodean y, con ellos, tiempos incontables, los que nos pertenecieron y los que podrían habernos pertenecido. Los sonidos van transformando el espacio sin cambiar de ubicación y permiten disfrutar del poder de evocaciones en los sonidos mismos, en su capacidad para construir arquitecturas y espacios inusitados. Cardiff y Miller indagan sobre las cualidades escultóricas y físicas del sonido y por esta razón volvemos hasta Matadero: para ver las cosas que no se ven y que, por otro lado, pueden ser las más elocuentes. “No sé si te ha ocurrido alguna vez cuando llegas a una casa que no es la tuya”, reflexiona Cardiff. “De pronto, al abrir el armario un olor te hace regresar a la casa de tu abuelo. Con el sonido ocurre lo mismo que con los olores: puede transportarte con la memoria a un lugar inesperado. O a muchos lugares a la vez. Es un modo de conectar con los espectadores, apelar a su memoria, buscar las sensaciones que te llevan hasta la casa de tu abuelo. Me interesa esa idea que plantea la física cuántica —aunque sé más bien poco del tema— que habla de cómo se puede estar en varios sitios y tiempos a la vez”.

Vista de la exposición ‘The Murder of Crows’, de Janet Cardiff y George Bures Miller en Matadero Madrid.
Vista de la exposición ‘The Murder of Crows’, de Janet Cardiff y George Bures Miller en Matadero Madrid.estudio preplejo

Pero lo sonoro no solo propicia arquitecturas y sueños, sueños de la razón que, dice Goya —a quien los dos artistas rememoran en esta pieza—, produce monstruos. Sueños que, cuenta Cardiff, va atesorando durante meses: “Cuando estábamos en Katmandú esperando el momento de reunirnos con nuestra hija adoptiva”, explica, “tenía unos sueños muy extraños. Cada mañana al levantarme los escribía en un cuaderno y entonces empecé a pensar en Goya, cómo el sueño de la razón produce pesadillas. La pesadilla de la guerra, de lo irracional; una pesadilla de la cual no puedes despertarte; quedar atrapada en una realidad de la que no puedes salir… Ahí se empieza a gestar esta obra del año 2008. También en la estampa de Goya acecha el pájaro… Luego llegó la covid, que era la pesadilla muy tangible de no poder salir de la realidad. Estábamos todos atrapados. Por eso me interesa esa estampa de Goya: muestra lo que quiere transmitir sobre todo a través de su lenguaje corporal, el que apenas se percibe. Ahí radica su fuerza”.

Quizás Goya y Cardiff comparten una aproximación a lo político que va más allá del mensaje último que quieren enviar; que se relaciona con el modo en el cual se acercan a la realidad solo para darle la vuelta, para reflexionar a propósito de todas las pesadillas de las cuales no conseguimos salir, pasos militares y una canción de guerra rusa que al cabo de los meses ha cambiado su significado en los visitantes asiduos, a medida que la guerra avanzaba en Europa del Este. Aunque, bien visto, lo político de Cardiff y Miller y sus historias sonoras radica en la exigencia del transcurso mismo: hace falta tiempo para “ver” la obra. Además, ¿no es acaso política esa visualidad de lo sonoro que pone en jaque a Occidente, la de las cosas que vemos?

‘The Murder of Crows’. Janet Cardiff y George Bures Miller. Matadero Madrid. Hasta el 25 de julio.

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