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La Documenta sí invita a la lógica

Al frente de la nueva edición de la gran cita de Kassel, los indonesios Ruangrupa no pretenden cambiar solo las reglas del juego del arte, sino también las de toda la sociedad. La protagonizan decenas de colectivos, en su mayoría del hemisferio sur

Máscaras de artistas cubanos represaliados, a cargo del colectivo INSTAR.
Máscaras de artistas cubanos represaliados, a cargo del colectivo INSTAR.Nicolas Wefers

Documenta 15 no será la más espectacular de las últimas ediciones de esta cita con el arte contemporáneo, pero sí la más feliz. Visto que ni la pintura ni la escultura ni ninguna de las bellas artes son capaces de curar, la exposición en la ciudad alemana de Kassel, la más esperada de las artes plásticas, desacelera el reloj. Tiempo muerto. Cien días para activar una obra de arte —las cursivas son obligatorias, en este contexto—apremiante, obstinada, antiautoritaria y en construcción, en un intento de reflejar una visión de la dignidad social y también del idilio con la naturaleza. Arte desnudo frente al estanque.

El taller de diseño colaborativo del colectivo tunecino El Warcha, en el Fridericianum.
El taller de diseño colaborativo del colectivo tunecino El Warcha, en el Fridericianum.Frank Sperling

Esta obra coral está firmada por decenas de colectivos que suman un total de 1.500 creadores, repartidos entre los llamados lumbung members y lumbung artists, en referencia al método de cosecha y administración del arroz en Indonesia. La mayoría provienen del hemisferio sur y realizan sus trabajos bajo la dirección artística de los nueve miembros que componen Ruangrupa, que son artistas, arquitectos, ingenieros, sociólogos, diseñadores, músicos y escritores. Su misión es volver la mirada a las energías primarias del arte con obras hechas a escala humana, más crudas, sin retorcimientos teóricos, que no vivan en la poesía sino en la lógica emotiva y la realidad cercana. Nada que no se haya hecho antes o que no esté ya expuesto en los museos más convencionales. No es una cuestión sencilla ni fácil cuando quien paga es la administración pública: nada menos que 42 millones de euros de presupuesto (la Documenta 14 llegó a los 46). La mayoría de las objeciones podrían estar conectadas con el hecho de que los artistas proceden de culturas no occidentales, son prácticamente desconocidos o sus nombres propios desaparecen bajo las siglas de un colectivo, sin otro pasaporte que su propia modernidad. Cultivan plantaciones, diseñan jardines y producen ellos mismos el compost; reciclan mobiliario, arman un economato con sacos de patatas, plátanos, latas Campbell y botellas de Coca-Cola, todo de mentirijilla. Después se venderán como obras artísticas y el dinero servirá para financiar proyectos sociales.

La misión es regresar a las energías primarias del arte con obras a escala humana, sin retorcimientos teóricos

Tienen su propia imprenta, Lumbung Press, donde imprimen en tiempo real sus obras, que repartirán entre el público que interactúe con ellos. Tejen tapices con ropas sobrantes que representan escenas bíblicas o de protesta, decoran muros o grafitean paredes con mensajes anticapitalistas (“White Lies Matter”, reza una obra), montan escuelas para niños y un ágora con coloridas alfombras donde discutirán de esta falsa democracia que nos saquea e infantiliza, o sobre la distribución del capital intelectual y las nuevas formas de transmitir saberes. Se mueven entre jaimas y tiendas de campaña por los cuidados parques de la ciudad, denunciando a través de vídeos y consignas el robo de tierras a los aborígenes o la depredación de los recursos naturales por las multinacionales. Trabajan en red, usan los últimos avances de la tecnología digital (y más durante los meses de pandemia), pero sobre todo funcionan en el cuerpo a cuerpo. Todo esto puede resultar familiar, pero siempre acabamos viéndolo reducido a un patrón. La diferencia es que ahora tiene un cierto aire de fábula: Ruangrupa ha girado el globo terráqueo. El sur ahora es el norte y todo eso está aquí y ahora, con la mirada que nos escruta desde el otro lado.

Desde hace unas cuantas ediciones, la ciudad de Kassel es un gran conmutador donde se pone en práctica el poder transformador del arte. En 1982, cuando la mercadotecnia ya era puro desparpajo, con el eclecticismo pictórico —neoimpresionismo y transvanguardia— en alza, el artista alemán Joseph Beuys presentó en Documenta 7 su obra 7000 Oaks (7.000 robles), que consistía en colocar siete millares de bloques de basalto frente a la fachada del museo Fridericianum. En un extremo de la acumulación de bloques, plantó un roble con sus propias manos. La propuesta llevaba consigo una demanda: los bloques sólo se moverían si se plantaba en cada nueva ubicación un árbol junto a cada uno de ellos. Mientras tanto, seguirían en su sitio. Se necesitaron más de cinco años para llevar a cabo la reforestación urbana. El último árbol se plantó ya sin el artista, que falleció en 1986. La obra implicó a ciudadanos, administraciones y empresas. Generó controversias y duras críticas, pero al final ya nadie dudaba del impacto positivo que iba a dejar en la ciudad, que hoy en día mantiene esas mismas piedras y árboles con el apoyo de la fundación 7000 Eichen y fue declarada patrimonio nacional alemán en 2004.

El jardín comunitario Kitchen Garden, en el exterior de la Documenta Halle.
El jardín comunitario Kitchen Garden, en el exterior de la Documenta Halle.Thomas Lohnes (Getty Images)

Han pasado 40 años, cuatro décadas de aceleración radical de violencia hacia los seres vivos de la tierra, de envenenamiento del subsuelo y los océanos. Y la lección más importante de aquella acción artística —el subtítulo era “reforestación de la ciudad en lugar de administración de la ciudad” — es que adquirió toda su fuerza por su relación contractual con los poderes públicos. Beuys anticipó lo que hoy ya es una urgencia política: la protección de la naturaleza en los tejidos urbanos y bosques como una necesidad de supervivencia de todas las especies. “Cuando pensé en un diseño escultórico que no solo se apoderara del material físico sino también del material mental, realmente me impulsó la idea de la escultura social”, argumentó. Una invitación a toda la razón humana, la que el escritor Enrique Vila-Matas no logró encontrar en la Documenta de 2012 cuando se vio convertido en “instalación artística viviente”, o el artista en su torre de marfil, un restaurante chino, como relató en Kassel no invita a la lógica (Seix Barral).

Habrá críticas solemnes y duras, pero no servirán más que para epitomizar nuestros propios conflictos

El basalto y la madera de antaño conviven con las prácticas artísticas de hogaño, porque en esta Documenta todos hacen de Quijote un rato. Literatura real que encontramos en las pequeñas cosas. A veces son invisibles o del tamaño de los insectos, como aprendemos de la propuesta de las colombianas Más Arte Más Acción (MAMA) que colaboran con los holandeses del Atelier Van Lieshout para conectar manglares del Pacífico con árboles del parque Karlsaue, cerca de la Orangerie, que mueren por causa de una plaga nueva de escarabajos. Recuperados los troncos y acostados dentro de un invernadero que incorpora una obra sonora con sonidos del bosque colombiano, los cortan y los distribuyen por el entorno natural a modo de asientos móviles para uso público. Otros se han ordenado alrededor de uno de los robles de Beuys con su piedra de basalto, junto a una mesa dispuesta en círculo que servirá para activar debates en torno al cambio climático.

No todos son procesos. En esta Documenta hay también obras que tienen la elegancia formal del pensamiento realizado. El mexicano Erick Beltrán presenta una instalación en el Museo de la Cultura Sepulcral hecha en colaboración con los estudiantes de Bellas Artes de Kassel. Contiene objetos e infografías de imágenes mistificadas en las diferentes culturas y leyendas sobre colonización y las diferentes formas que tenemos de emanciparnos de esas símbolos de poder. “¿Cómo escapamos de la historia?”, se pregunta. Una de las frases impresas en un muro podría resumir esta Documenta: “El sujeto no es el cuerpo aquí, sino el que está expandido afuera, ese cuerpo que produce formas sin fin en un espacio y un tiempo mitológico”.

Una sala ocupada por Baan Noorg, con una pista de 'skate' y una imprenta de carteles. 
Una sala ocupada por Baan Noorg, con una pista de 'skate' y una imprenta de carteles. 

Hay muchas construcciones prefabricadas que señalan la economía lógica de la confección. Otras obras pasarán desapercibidas, a pesar de que en esta edición se haya hecho un esfuerzo de señalización. Sobre el plano de la ciudad se distribuyen a lo largo de cuatro distritos, cada uno marcado con un color y un concepto: el amarillo, en la zona centro, corresponde al capital; el norte, en la zona universitaria, a lo social: al este, en color lila, a lo industrial; y en las márgenes del río Fulda, a la ecología. También hay atajos, muy fáciles de seguir a través de las family guides, admirablemente diseñadas y editadas por el colectivo bilbaíno Consonni a la manera de guías de viaje. Proponen cinco itinerarios de 16 obras cada uno según el criterio de uno o varios artistas de diferentes culturas expuestos en Kassel. Será útil destacar que el encargo de los catálogos y guías Documenta a Consonni nació de la visita de Ruangrupa al País Vasco, en 2020, por invitación de ZABAL-Artingenium, un programa internacional diseñado para dar a conocer la creación artística vasca entre los comisarios internacionales.

Es muy probable que la sintonía con esta Documenta tarde o no llegue nunca. Habrá críticas solemnes, duras o testimoniales, pero no servirán más que para epitomizar nuestros propios conflictos. La espectacularidad de los “fracasos” de este semillero llamado lumbung es parte del proceso. Aunque no resulte obvio de inmediato.

Documenta 15. Kassel (Alemania). Hasta el 25 de septiembre.

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