Margarita García Robayo: “Nunca me importó la mirada de los otros”

La escritora colombiana reúne en ‘El sonido de las olas’ dos de sus novelas y un texto de no ficción, historias de prosa precisa y maquiavélica unidas por la presencia del mar y la voz de una narradora joven

La escritora colombiana Margarita García Robayo.
La escritora colombiana Margarita García Robayo.MARIANA ELIANO

—A mí me sirvió mucho irme. Creo que, cuando me fui, dije: “Listo, voy a ser escritora”.

Es una tarde de agosto de 2021. Margarita García Robayo reitera un gesto que la acompaña desde hace años: se acomoda el pelo a un lado y otro de la frente como asegurándose de que todo —el pelo, los pensamientos— permanece en orden. Está en Buenos Aires, donde reside desde 2005, lejos del sitio en que nació —Cartagena de Indias, Colombia— y del que, dice, le sirvió irse. Después de dejar Cartagena pasó un tiempo en Bogotá, en México, en Barcelona. Ese trasiego parece haber cesado en esta ciudad en la que vive junto a su pareja, Mariano Cohn (uno de los directores, junto a Gastón Duprat, de la película El ciudadano ilustre), con quien tiene dos hijos. Los movimientos de la obra de García Robayo son tan derivativos como los de su autora: su primera novela, Hasta que pase un huracán, se publicó en Tamarisco, Argentina, en Laguna, Colombia; su libro Primera persona en Marea, Argentina, en Pesopluma, Perú, en Laguna, en Tránsito. Y así todo.

—Tengo libros en cualquier país, con cualquier criterio. Yo iba a un lugar y me decían: “¿Quieres publicar un libro en mi editorial?”. A todo el mundo le decía que sí. Me parecía genial que la gente quisiera publicar algo mío.

Hay un contraste entre la candidez que parece sustentar esa frase y la desnudez salvaje de su prosa (“soy alguien con tendencia a la desdicha —escribe en Primera persona—, me quejo y me lamento en circunstancias fabulosas”), pero no hay contradicción: García Robayo es un sofisticado sistema de capas en el que conviven una mujer que “frente al hueco profundo de insatisfacción que significa casi todo en la vida, lo único que no me produce fastidio o desazón son los hijos”, y una persona desencantada: “No porque una pareja lleve veinte años junta quiere decir que haya que darle un premio: en todo ese tiempo se puede producir un estancamiento de cosas podridas. Es como un cáncer un matrimonio, algo que se va formando muy silencioso”.

Este año el grupo Penguin publica en Mapa de Lenguas, una colección que distribuye cada año en España y Latinoamérica trece títulos de autores de ambas orillas, El sonido de las olas (Alfaguara), su último libro, que reúne dos novelas —Hasta que pase un huracán, Lo que no aprendí—, y Educación sexual, un texto de no ficción publicado originalmente en Primera persona. Si bien iba a ser presentado en la Feria del libro de Madrid el 13 de septiembre, García Robayo decidió no participar, al igual que otros autores de su país, al conocer las declaraciones del embajador de Colombia en España, Luis Guillermo Plata, que dijo que el criterio de selección para escoger a los invitados fue el de “tener cosas neutras donde prime el lado literario de la obra”. Al comunicar su renuncia, García Robayo dijo que “no existen los eventos culturales neutros ni los escritores neutros ni las personas neutras. Todos tenemos una postura, una mirada sobre el mundo y sobre nuestra geografía que, por mucho que se intente disimular o esconder, termina saliendo a flote. (…) Llamar neutros a los escritores invitados me parece algo muy desafortunado. Me uno a mis colegas que ven en este gesto una muestra de exclusión y de falta de respeto hacia los escritores que sí fuimos convocados al implicar que no tenemos pensamiento político y que nuestras obras son neutras, es decir inocuas”.

Las tres piezas reunidas en El sonido de las olas forman un mapeo tanto de los núcleos que se reiteran en su obra (las diferencias de clase, la identidad, la memoria, los migrantes, la decadencia) como de la precisión maquiavélica de su prosa y su mirada.

—Los tres libros tienen en común el mar, una ciudad que podría ser Cartagena, tres narradoras jóvenes. Están atrapadas en una circunstancia que parece inmodificable y las une el impulso de querer cambiarla, yéndose, huyendo o rompiendo con algún mandato. Me hizo sentido que estuvieran juntas.

Y luego, con una sonrisa encantadora que devela también cierta perfidia, dice:

—Pero también es una cuestión práctica y económica: es un libro y no tres, y están en un sola editorial.

***

Nació en 1980 y vivió hasta los 16 años con sus padres —él abogado, ella ama de casa—, junto a cuatro hermanas y hermanos mayores en un suburbio cartagenero que, si había fracasado en la pretensión de darles acceso a una clase social superior, tenía la ventaja de estar cerca del colegio al que iba.

—Era un colegio del Opus Dei. Allí siempre fui medio mosca en leche. Estaba claro que yo era la pobre. Era el mejor de la ciudad y mi familia, como la mayoría de las familias cartageneras de clase media, tiene una cosa aspiracional fuerte. Entonces, ¿dónde van a ir las niñas? No hay otra respuesta posible: al mejor colegio.

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Aunque la situación económica era compleja —perdieron esa casa, se mudaron a una más chica, de allí a otra alquilada—, sus padres se las ingeniaban para que la realidad hostil no tocara a los hijos o, posible lado B, para mantener las apariencias.

—Mi papá era muy lector. La biblioteca ocupaba tres habitaciones. Le interesaban las ciencias ocultas, la astrología. Había muchos libros sobre eso y enciclopedias, diccionarios. Mi mamá también leía. Corín Tellado, Agatha Christie. Cuando mi papá murió hubo que donar sus libros a una biblioteca municipal. Yo ya estaba en Buenos Aires y dije: “Me habrán guardado algo”. La respuesta fue: “No, había mucho polvo y regalamos todo”. Creo que ni mi madre ni mis hermanos encontraban que eso fuera algo valioso. No había dónde ponerlos, fueron prácticos: cero valor afectivo. Pero yo también soy desprendida. Desde los 16 años empecé a mudarme, a vivir con mis hermanas, con mi abuelo, con mi tío, llevando una mochilita. Siempre tuve la sensación de que estuve muy suelta. Nadie me supervisaba. Ni de niña ni de adolescente. No sé si es un consuelo, pero me gusta la sensación de pensar que mis padres me regalaron mi independencia desde muy chica.

Los primeros libros leídos eran diccionarios, literatura juvenil, novelas de su madre. Pero el rastreo del comienzo de la escritura arroja destrucción u olvido: escribía cuentos que enviaba a concursos (no sabe dónde están); piezas de no ficción bajo la forma de postales (les perdió el rastro); llevaba un diario (que quemó hace años).

—Ese diario era un memorial de agravios. Me quejaba de mis compañeras de colegio, de mis hermanos, de mi mamá. Estaba enojada y escribía todas las cosas que me enojaban. Tengo la sospecha de que a la escritura la uso como un depositario de mi hartazgo. Nunca he tenido una vida difícil, y aun así consigo que todo me parezca una mierda.

Cuando terminó el colegio empezó a estudiar abogacía mientras se ganaba la vida trabajando en congresos como una de las chicas que da la bienvenida y regala la golosina o el paquete de cigarros en torno al cual gira el evento.

—Era un trabajo fácil, pagaban bien. A los 19 empecé a estudiar periodismo y dejé abogacía. Pero en el periodismo tampoco me sentía cómoda. Yo creo que estaba confundida, buscando un mecanismo para poder escribir.

Mientras estudiaba empezó a trabajar en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (la actual Fundación Gabo) como coordinadora de talleres. Eso significó un cambio fuerte: de chica pobre en colegio rico pasó a ser la que trabajaba en el sitio donde todos sus compañeros querían trabajar.

—En la universidad estudiábamos la obra de Jon Lee Anderson y, por mi trabajo, me tocaba pasar todo el día en un taller que él daba. Viajaba mucho, leía muchas cosas.

Pero el largo brazo de la insatisfacción no daba tregua: aunque empezó a publicar crónicas en revistas como SoHo, Don Juan, Gatopardo, “escribir”, para ella, no era eso.

—Quería ser escritora pero no se lo decía a nadie. Pensaba: “¿Cómo puedo ser tan estúpida, cómo voy a ser escritora?”. Los escritores eran gente preparada. Mi educación fue mediocre y los escritores son gente culta. Tienen talento pero además estudian letras, hacen másteres. Se labran un camino. Yo no me estaba labrando ningún camino.

Lo único que me salva de la visión fatalista que tengo con respecto a casi todo son los hijos

Entonces se fue. De la Fundación, de Cartagena. Pasó por Bogotá, por México, por Barcelona. Llegó a Buenos Aires en 2005 con una maleta, poco dinero, una relación incipiente con el escritor Martín Caparrós que duraría años, y un trabajo en un blog del diario Clarín: Sudaquia. Pero quería escribir ficción y no tenía idea de cómo hacerlo. Entonces le hizo la pregunta —literal— a un editor amigo: “¿Qué hay que hacer para ser escritora?”.

—Me dijo que tenía que ir a un taller literario y me dio dos opciones: Abelardo Castillo o Liliana Heker. Y yo dije “Liliana”. Y me enamoré de Liliana, que tenía todo el entusiasmo del que yo carecía.

En aquel grupo había voces de peso —Samanta Schweblin, Azucena Galettini, Pablo Ramos— y ella era, una vez más, la mujer perdida.

—Al principio era la única que, por ejemplo, no sabía qué era el punto de vista. Decían: “Acá falla el punto de vista”, y yo pensaba: “¿De qué carajo están hablando?”.

En ese taller escribió una serie de cuentos que se transformaron en libro: Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (Planeta, 2007). Después dejó el taller (“Era un gran lugar, pero la insatisfacción es infinita y necesitaba más libertad”), dejó el blog, empezó a escribir una columna titulada ‘La ciudad de la furia’ en el diario Crítica de la Argentina. Y a tres años de la publicación de sus primeros cuentos, un movimiento de regreso la llevó a escribir su primera novela. En 2009 ―o 2010: no recuerda― un hermano se casó y ella viajó a Cartagena para asistir a la boda.

―Estaba en la casa familiar, y en Cartagena había un diluvio descomunal. Gente ahogada, gente que había perdido casas, todo muy trágico. Y en mi casa era la fiesta, los vestidos, el ron. No podían llegar donde vivía la diseñadora porque estaban las calles inundadas, y para ellos era una tragedia no probarse el vestido. Me dije: “¿Qué hago, me peleo con todo el mundo?”. Quise hacer algo con eso que me tenía tan enojada y violentada. Así que me senté a escribir.

El resultado fue Hasta que pase un huracán, la primera de las novelas que reúne El sonido de las olas. La velocidad con que la escribió —un día o dos en Cartagena, aunque pasó después un año corrigiéndola— se refleja en el comienzo que rápidamente sienta las bases de lo que sucederá: en la segunda página, la protagonista dice “(…) a los siete años ya sabía que me iba a ir. No sabía cuándo ni a dónde. A mí me preguntaban: ¿Qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera”. En la tercera página, la protagonista reconstruye una escena de sus doce años en la que va con su padre a ver a Gustavo, un hombre que le enseña a desescamar pescados: “Después me acarició allá abajo con dos dedos: arriba, abajo, arriba, abajo, decía, mientras yo limpiaba pescado con una champeta afilada y él dibujaba una línea vertical en mi botón de fuga. (…) Mientras Gustavo hacía eso, mi papá estiraba unos billetes sobre la mesa de trabajo. (…) ¿Viste lo que hizo Gustavo?, le pregunté cuando íbamos en el taxi (…) Te enseñó a limpiar el pescado, dijo”.

—Había una cosa de promiscuidad y de falta de registro, que vi en la casa de mi familia, acerca de la que quería escribir. La nena hubiera podido estar teniendo sexo con un tipo al lado de su papá y a él le hubiera dado lo mismo. Otra cosa de la que quería escribir era del uso del cuerpo. Ella se da cuenta de que el cuerpo la puede ayudar a conseguir lo que quiere. Por supuesto que es una falacia, pero yo no quería que eso tuviera una carga moral. Es alguien que usa lo que tiene para conseguir lo que quiere.

La protagonista quiere irse de esa ciudad que detesta y vivir en Estados Unidos. Consigue trabajo como azafata y, para obtener la ciudadanía americana a través de un hijo nacido allá, intenta quedar embarazada de un americano, luego de un piloto de aerolínea. La novela se publicó en 2012 y la madre de García Robayo se indignó al leerla.

—Me dijo: “Pero aquí estás escribiendo lo que hacen tus amigas”. Y sí, se van a Estados Unidos a tener un hijo gringo. Me dijo: “Me gustan más tus cuentos”. Cada vez que no le gusta algo dice: “Me gustan más tus cuentos”.

La distancia que había puesto con su ciudad natal producía una fertilidad extraña: estando lejos se había convertido en escritora, pero eran las astillas que recogía en los regresos las que activaban los mecanismos de la ficción. Fue otro retorno a Cartagena, esta vez para asistir al funeral de su padre, el que la llevó a su segunda novela, Lo que no aprendí, la más larga de las que integran El sonido de las olas. Publicada en 2013 en Planeta supuso una ruptura definitiva con parte de la familia de origen. Dividida en dos secciones, la primera cuenta la historia de una niña, Caty, que orbita entre un padre con poderes paranormales y una madre furibunda y negadora. La segunda sección devela lo que la impulsó a escribir la novela: “En la cena, mi mamá le habló sobre todo a X: le contó historias (…) mías, de mis hermanos, de mi papá. En su relato mencionó cosas que yo nunca había oído, y las que sí, venían en versiones muy distintas a las de mis recuerdos. (…) Esa noche me dormí pensando que la memoria de una familia eran muchas, tantas como miembros tuviera esa familia (…) Después me dio miedo, imaginé que todos tenían versiones parecidas entre sí, pero distintas a las mías”.

—Me hace gracia cuando la gente dice que este tipo de escritura retrata la vida. Yo siento que es más bien una subversión. Lo que quise fue subvertir una versión instalada, no instalar una propia. Mi familia de origen se sintió muy molesta con ese libro. Se sintieron expuestos. Sobre todo mi mamá, que es un poco la responsable de la versión oficial.

En 2014 ganó el premio Casa de las Américas con los cuentos de Cosas peores y tres años después, en 2017, cuando ya vivía en pareja con Mariano Cohn y era madre de dos hijos, publicó en Alfaguara la novela Tiempo muerto, sobre una pareja en estado de descomposición.

—Quería hablar de esta pretensión ridícula de que las cosas se pueden mantener frescas siempre en una pareja. Hablar de esa decadencia silenciosa. Yo tengo una pareja pero rara vez me pregunto: “¿Vamos a durar para siempre?”. Siempre estoy pensando que en cualquier momento todo se acaba. No tengo la fantasía de la durabilidad. Lo único que me salva de la visión fatalista que tengo con respecto a casi todo son los hijos.

Tiempo muerto cuenta la historia de Pablo y Lucía entre un presente tenso y un pasado que no ha sido mejor. Lucía detesta a su empleada doméstica, la empleada doméstica ejerce un desprecio sutil sobre Lucía, Pablo está encerrado en un cuerpo enfermo por exceso de uso, todos están sumidos en una apatía cegadora. “Lo raro no son las infidelidades, piensa Lucía (…) Lo verdaderamente raro es mirar al otro y preguntarse quién es, qué hace ahí (…) El desconocimiento es el saldo del tiempo acumulado (…) Empieza con un síntoma de desinterés, algo minúsculo que después se naturaliza y ambos dejan de preguntarse cómo es que siguen ahí, adobando la abulia frente al otro”. Para entonces hacía tiempo que escribía piezas autorreferenciales en la revista brasileña Piauí. En 2018 estos textos fueron publicados en español en Primera persona. Uno de ellos es Educación sexual, que cierra El sonido de las olas como un tarascón.

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Educación sexual aborda, entre otras cosas, la forma en que el colegio del Opus Dei al que asistió en Cartagena impartía un programa llamado Teen Aid, que alentaba la castidad e incluía la proyección de la película El grito silencioso, un alegato contra el aborto en el que se muestra un feto en el útero, supuestamente luchando por quedarse donde está. “La verdad era que el Teen Aid era una medida desesperada que el colegio había tenido que tomar para frenar la ola de alumnas preñadas de los últimos años”, escribe allí.

—En el colegio debe haber una foto de mi cara tachada con una cruz. Participé en Cartagena de unos clubes de lectura y la mayoría eran exalumnas del colegio. Me decían: “Yo no lo viví así”. Todas habían tenido el Teen Aid, todas habían visto la película. Pero la lectura frente a eso era la negación. “Ay, pero tú siempre fuiste rara”, me decían.

Me importaba un carajo quién se enojara con lo que escribo. Y me sigue importando poco.

La voz narrativa de Primera persona es la de alguien que no encaja (tiene novios que le llevan décadas, odia el mar aunque nació junto al Caribe, vive en una ciudad a la que todos quieren ir y de la que ella quiere irse) pero que, gracias a ese desfasaje, ha sido inseminado con una lucidez terminal. Ejerciendo una vivisección sanguinaria de su experiencia y logrando, al mismo tiempo, permanecer oculta (se sabe poco de ella al terminar el libro), escribe en drástico estado de insurrección. En Mi debilidad se interroga acerca de las preguntas que los periodistas le hacen sobre el género: “A pesar de que me esfuerzo en prologar tajantemente cada respuesta (…) con la aclaración innecesaria de que no puedo pensar en una sola causa feminista que no apoye, el matiz que sigue basta para que el feminómetro no alcance la curva necesaria de compromiso y militancia, y se dispara la alerta roja que escracha a las machistas camufladas”. En Amar al padre habla de la atracción que siente por los hombres mayores y de su empeño en sacarse la virginidad de encima: “Me acosté con J. a los dieciocho, nos separaban ocho años y dos cuadras. Y yo no lo quería de novio, sino de sicario: quería que hiciera el trabajo sucio, que rompiera el himen y allanara el camino para los que vendrían después”. Como J. no puede, busca una alternativa: “A los pocos días conocí a otro. Se llamaba G, tenía una guitarra y doce años más que yo. (…) A G. prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante”. En Leche, un texto triste y poético acerca de la experiencia de dar el pecho a su primer hijo, señala el mandato reaccionario que implica la promoción del amamantamiento a toda costa: “De eso se trata casi todo últimamente. Desde la lactancia materna hasta la nueva fantasía gay de casarse de blanco, adoptar críos y mascotas y formar familia en el suburbio, pareciera que las nuevas generaciones buscan furiosamente matar a sus padres, sus batallas y conquistas, para volver a parecerse a sus abuelos”.

—Creo que Primera persona es el libro con el que me siento más cómoda. Ahora estoy más interesada en la no ficción. El artificio de la ficción empezó a parecerme forzado. Antes me fascinaba con: “Uy, ¿cómo consiguió hacer este giro?”. Eso dejó de fascinarme. En todo lo que leo me molesta el: “¿Para qué me cuentas esto?”.

García Robayo, como las protagonistas de las tres historias que reúne El sonido de las olas, nació junto al mar, estuvo atrapada en una circunstancia que parecía inmodificable y quiso cambiarla yéndose o huyendo o rompiendo con algún mandato. Pero lo singular de su obra no es el saqueo que practica sobre su vida para transformarla en literatura, sino el procedimiento: una maquinaria que deglute fragilidad y la transforma en blindaje, que transmuta la voz del que no encaja en la fortaleza del que reina sobre su condición de “desubicado”.

—Siempre estuve en situaciones de las que se decían cosas y nunca me importó la mirada de los otros: “Ay, mírala, dejó la carrera, ay, mírala, está con un viejo”. Desde que dije “quiero escribir” supe que no iba a permitirme mezquindades del tipo: ‘Mejor no cuento esto porque me da cosa, o porque se van a dar cuenta de que es un personaje de la vida real’. Me importaba un carajo quién se enojara. Y me sigue importando poco.

Lo que no aprendí termina con un diálogo entre la madre y la hija: “Mi madre (…) me dijo: si no te gustan mis recuerdos, empieza a juntar los tuyos; y si tampoco te gustan esos, cámbialos, y así: es lo que hacemos todos. Le contesté, todavía llorando: yo no sé hacer eso. Y ella: entonces aprende”. Pero García Robayo no tuvo que aprender: sabía desde antes.

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Sobre la firma

Leila Guerriero

Periodista argentina, su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y Europa. Es autora de los libros: 'Los suicidas del fin del mundo', 'Frutos extraños', 'Una historia sencilla', 'Opus Gelber', 'Teoría de la gravedad' y 'La otra guerra', entre otros. Colabora en la Cadena SER. En EL PAÍS escribe columnas, crónicas y perfiles.

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