SILLÓN DE OREJASColumna
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En Fráncfort y sin feria

Lecturas ‘negras’ alrededor de la cita alemana y Lucy, la Australopithecus

Juan Marsé, en la playa de Calafell en 2008.
Juan Marsé, en la playa de Calafell en 2008.Consuelo Bautista

1. Detectives

Últimamente no he tenido mucha suerte con los thrillers que han caído en mis manos. Me decepcionó, por ejemplo, El Gran Rojo (Alianza de Novelas), del gaditano Benito Olmo, que me había atraído porque en los paratextos editoriales se decía que su trama transcurría en Fráncfort, y esa ciudad, a cuya Buchmesse (feria del libro) acudí cada octubre durante veintitantos años (empezando en su época más gloriosa, cuando la dirigía Peter Weidhaas), siempre me ha fascinado. Así como la mayoría de mis entonces colegas editores (que se deslomaban durante el día de cita en cita o en pos del santo grial gutenbergiano —el “libro de la feria”—, y por la noche se ponían hasta las cejas de copas, mientras el gran Miguel Azaola atronaba con su vozarrón de barítono a los parroquianos del atiborrado Zum Grauen Bock) no veían el momento de regresar a casa, yo me guardaba días para la exploración y el flaneo por la ciudad. En esos paseos descubrí no solo lugares poco o nada recomendables, sino monumentos cuya mención no suele aparecer en las guías, como el edificio IG Farben (arquitecto: Hans Poelzig), hoy parte de la Universidad de Fráncfort y en su momento sede de un conglomerado químico cuyos productos (incluido el Zyklon B, fabricado en una de sus empresas subsidiarias) sirvieron para gasear a millones de judíos. Benito Olmo, residente en la ciudad del Meno, de la que parece entusiasta, coloca a Mascarell, su detective para casos difíciles, y a Ayla, una adolescente de origen turco cuyo hermano se ha suicidado en extrañas circunstancias, en medio de una vorágine urbana en la que se avecinan tugurios y narcosalas con rutilantes templos del poder financiero. Como ya va siendo habitual en las novelas negras, donde no parece haber detective/a sin tara (física, sentimental o moral), Mascarell lleva una prótesis en la pierna que le falta. Poco a poco, la trama se diversifica y espesa y, como ocurre en muchas novelas negras de nuevo cuño, al final los héroes tienen que enfrentarse no solo a asesinos, sino a poderosos villanos que controlan el delito (drogas, prostitución, pedofilia). Por cierto, que compaginé la lectura de El Gran Rojo con la de La vuelta al mundo en seis millones de años (Alianza), un librito divulgativo en el que los genetistas Guido Barbujani y Andrea Brunelli se hacen eco de la teoría de que la australopiteca Lucy, una probable bípeda que vivió hace 3,2 millones de años en el valle del Awash y cuyos restos mortales (un esqueleto bastante completito) fueron descubiertos por Donald Johanson en 1974, pudo morir al caer del árbol en el que se había refugiado para escapar de sus depredadores. Animado por mis lecturas “negras”, se me ocurrió que quizás Lucy no se cayó, sino que fue empujada con saña por algún otro australopiteco que le tenía mala fe o que quería arrebatarle algo. Se habría producido así el primer asesinato de la más lejana (pre)historia, mucho antes de que el ganadero Caín apiolara al agricultor Abel por celos. De modo que, teniendo en cuenta que en la actual novela negra prima el más difícil todavía, ¿por qué no poner a un tercer australopiteco-detective a investigar el crimen? No me digan que no es una idea estupenda. Aquí la dejo, gratis et amore, a disposición de quien desee utilizarla.

2. Notas y papeles

Si las divertidas Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen), de Juan Marsé (edición y notas de Ignacio Echevarría), llevaran índice onomástico, me resultaría más fácil contar las veces que el desprecio y la befa del novelista se ceban (para mi personal alegría) en gentes como, por ejemplo, Pilar Rahola, una de sus bêtes noires. No es solo por la inocua crueldad (sí, también aquí el oxímoron es posible) tan sana y políticamente incorrecta con la que Marsé se despacha con tirios y troyanos por lo que este libro merece ser disfrutado, sino, y sobre todo, porque en conjunto supone un autorretrato limitado, pero veraz, del artista longevo y algo achacoso que expresa sus opiniones, sus gustos musicales o cinematográficos (Paulette Goddard), sus fobias, a menudo cambiantes y matizadas, sus diversos estados de ánimo, sus melancolías de viejo en las que reviven los recuerdos, su cotidianidad de escritor de vuelta de todo (también de cierta idea de Cataluña) y sus colosales indignaciones (lean, por ejemplo, la entrada del 5 de junio de 2014): “El Rey ha abdicado. Me están inyectando desde la prensa y la televisión tales dosis de simpatía y adhesión a la Casa Real que me está saliendo una corona en los cojones”. Ya me gustaría a mí que, en su campo específico, Los papeles de Herralde, esa historia “autorizada” de Anagrama que mi admirado Jordi Gracia ha compilado a base de bucear en los papeles a los que le han dado acceso (otros están todavía tan blindados como muchos de los del 23-F), mostraran tan escasas cautelas y timideces. En todo caso, esas memorias de Anagrama (apoyadas en muestras muy escogidas de una inmensa correspondencia) constituyen ya una pieza importante en la bibliografía de la historia editorial del último medio siglo. Y aún es más imprescindible para comprender qué tipo de editor es Jorge Herralde, a quien desde aquí mando un saludo, y de qué modo tan particular e irrepetible se ha relacionado con sus autores (sí, incluidos los Marías, Bolaño, Vila Matas y tutti quanti), agentes (la correspondencia con Carmen Balcells es puro Herralde) y otros editores, así como para conocer mejor la gestación, desarrollo y trayectoria de la que el propio historiador Jordi Gracia no tiene empacho en calificar de “la mejor editorial literaria de la democracia en España”. Me alegro por él, que ha tenido la suerte de haber publicado en ella algunos de sus libros.

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