Libros

Sello y remite de Jorge Herralde

El libro que reúne la correspondencia del fundador de Anagrama es el retrato de un lector con gran olfato, pero también el de un empresario que marca de cerca a agentes y periodistas

Jorge HERRALDE en el stand de Anagrama en la Feria de Frankfurt de 1977.
Jorge HERRALDE en el stand de Anagrama en la Feria de Frankfurt de 1977.CORTESÍA ANAGRAMA / EDITORIAL ANAGRAMA

“El valor intangible aportado por un buen editor a los autores y a los títulos incorporados a su catálogo es el aura que su sello logra trasmitir”, escribió Javier Pradera en este mismo suplemento en su reseña de Opiniones mohicanas, el primer libro en el que Jorge Herralde (Barcelona, 85 años) reunió hace dos décadas materiales sobre su oficio al frente de Anagrama. Tras el catálogo del sello barcelonés construido por él desde 1969 hasta 2017 —momento en que pasó a manos de Silvia Sesé— hay miles de llamadas, comidas, encuentros, viajes, ferias y cartas. Hay afectos, disgustos, éxitos y decepciones que van mucho más allá de las portadas de los libros. El rastro físico de todo ello se encuentra en un archivo ubicado, por el momento, frente a la actual sede de la editorial. Herralde sabe que pugnan por él tanto la Biblioteca de Catalunya de Barcelona como la Biblioteca Nacional de Madrid, pero por teléfono explica que “primero habrá que ver si Feltrinelli lo quiere”, en referencia al grupo italiano que compró Anagrama en 2015.

A los varios volúmenes que han compuesto las heterodoxas memorias de este editor se suma ahora Los papeles de Herralde. Esta vez la selección de los materiales y el relato corren a cargo del profesor y crítico Jordi Gracia, que cuenta a su manera la historia de Anagrama desde finales de los sesenta hasta el año 2000. Más adelante, las cartas fueron mayormente correos electrónicos y se han perdido algunas cosas en discos duros dañados.

El crítico, autor de la casa, organiza el relato en cinco periodos e ilustra cada uno de ellos con una selección de cartas de Herralde, a las que se añaden al final un puñado de misivas y notas de autores como Richard Ford o Tom Wolfe. Con este último hubo un desenlace feliz después de una decepción que atestigua el telegrama de 1989 en el que Herralde afirma que su marcha a otro sello es “la noticia más triste” que ha recibido “en mis 20 años como editor, la más inmerecida”.

Fiesta en Londres de los 30 años de Anagrama en 1999. Desde la izquierda, Jimmy Burns, Martin Amis, Julian Barnes, Graham Swift, Laurence Worfolk, David Lodge, Russell Lucas, Pankaj Mishra y Hanif Kureishi. Agachados, Kazuo Ishiguro, Jorge Herralde y Vikran Seth.
Fiesta en Londres de los 30 años de Anagrama en 1999. Desde la izquierda, Jimmy Burns, Martin Amis, Julian Barnes, Graham Swift, Laurence Worfolk, David Lodge, Russell Lucas, Pankaj Mishra y Hanif Kureishi. Agachados, Kazuo Ishiguro, Jorge Herralde y Vikran Seth.

Los papeles de Herralde reúne una “correspondencia de negocios”, como la define Gracia, frente a epístolas más íntimas, como por ejemplo las del editor Jaime Salinas que quedaron recogidas por Enric Bou en Cuando editar era una fiesta (Tusquets, 2020), libro que se cita en esta nueva historia. En sus cartas, breves y dirigidas a más de un centenar de agentes, autores y periodistas, Herralde hace alarde de su fino sentido del humor. Están las peleas contra la censura franquista y sus trabas, que no acabaron inmediatamente tras la muerte del dictador.

En la carta dirigida en febrero de 1976 a Cambio 16 a propósito de la resolución del secuestro del libro Conversaciones con Pier Paolo Pasolini lamenta que “esto parece confirmar la hipótesis de que para algún funcionario del Tribunal de Orden Público soy algo así como el Dillinger o el Lute de la edición”. Al teniente general Gutiérrez Mellado le escribe al Ministerio de Defensa en 1977: “Tengo la satisfacción de adjuntarle el libro Sobre la psicología de la incompetencia militar, que me atrevo a suponer que será de su agrado”. Al año siguiente se dirige a una editora estadounidense de Jonathan Cape para informarle sobre “la colección Contraseñas (con autores como Tom Wolfe, Terry Southern, Charles Bukowski, Nora Ephron…) que funciona relativamente bien”. A la agente de Patricia Highsmith, por su parte, le escribe en 1980: “Nos interesaría en especial la publicación de la serie Ripley”. Sería uno de sus mayores aciertos.

Carta de 1979 a Mario Vargas Llosa invitándole a la fiesta del décimo aniversario de la editorial
Carta de 1979 a Mario Vargas Llosa invitándole a la fiesta del décimo aniversario de la editorialEDITORIAL ANAGRAMA

Los contactos con editores y agentes internacionales son constantes, así como la fluida correspondencia con Sergio Pitol, a quien le escribe sobre el bombazo que ha supuesto la publicación de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: “La segunda edición hecha en agosto se agotó en tres días y ahora estoy haciendo la tercera a toda prisa mientras los libreros histéricos no paran de llamar. Para mí una novedad en el métier”. Otro corresponsal recurrente es Hans Magnus Enzensberger, a quien recluta como jurado para el premio de ensayo, un galardón que Herralde prepara con mimo y que alguna vez decide con antelación: “No te envié el texto del seguro ganador [Jordi Llovet] ya que por sus características (un sólido pero farragoso ensayo kristeviano, Por una estética egoísta) pensé que no sería de tu agrado”, le escribe.

En 1987 se queja a Pilar Miró de que, por primera vez, el fallo del Premio Herralde no haya salido en los telediarios

También asoma en la correspondencia el incesante batallar de Herralde con agentes, sobre todo su vieja amiga Carmen Balcells. En una de esas cartas de pelea, por ejemplo, apela a la fortuna personal de Roald Dahl para justificar el adelanto que ofrece: “Aparte de que estos anticipos me parecen sensatos, podría argumentarse con el autor (multimillonario, en passant) o su representante que la colección Contraseñas, donde aparecería, es la colección natural”. Y aclara en más de una ocasión que su amistad personal no está en entredicho: “En cuanto a que me sientes reticente y desconfiado, creo que se trata de una impresión subjetiva tuya, pero que no se corresponde con la realidad. Otra cosa es que reaccione ‘en legítima defensa’, por así decir, ante determinadas cláusulas no comentadas ni pactadas, ni en absoluto habituales nacional o internacionalmente”.

Pero si las peleas y enfados con Balcells son recurrentes, también lo son con los periodistas. Porque el infatigable editor, que declaró irónico hace tiempo que “la rueda de prensa era su género literario preferido”, ha mantenido una constante conversación con críticos y reporteros culturales. En sus cartas asoma ese intenso tira y afloja que demuestra que, además de un atento lector de manuscritos, Herralde es un voraz lector de periódicos que ha seguido muy de cerca el espacio y atención que han recibido sus libros y autores.

Carta a Juan Villoro comentando la obra de Roberto Bolaño. Febrero de 1998.
Carta a Juan Villoro comentando la obra de Roberto Bolaño. Febrero de 1998.EDITORIAL ANAGRAMA

Al crítico Rafael Conte le afea el 1 de enero de 1983 que en los meses anteriores solo un libro de los 19 que había publicado Anagrama había sido reseñado; a Antonio-Prometeo Moya le echa en cara su “odio, malestar y mala fe” por su crítica a Un hombre sentimental, de Javier Marías; a Francisco Umbral, que había publicado una columna elogiando a Rosa Montero, le escribe para defender que, si se tiene que hablar de una única escritora como “revelación”, esta debe ser Esther Tusquets. A la directora de RTVE Pilar Miró le reprocha que el fallo del premio de novela concedido a Félix de Azúa no haya sido, contra la costumbre, cubierto por ninguno de los telediarios del día.

Nada escapa al ojo del editor, muy atento a la conversación pública que está decidido a influir. Porque Herralde sabe que la cobertura de la prensa es munición, y a los agentes extranjeros ya en los ochenta les dice: “Un autor publicado en esta colección puede llamar la atención de la crítica como merece”. Y su infatigable promoción toma también otros derroteros, porque ahí está el editor escribiendo a Enzensberger con entusiasmo sobre el joven filósofo español Fernando Savater. No basta con hacer bien las cosas, hay que contarlo y lograr que se hable de ello.

”La acogida de la novela es floja, tanto de crítica como de ventas, ya que el ‘boca oreja’ no funciona ni entre tus propios amigos”, le escribe a Rafael Chirbes. “Para rematarlo, de cara a la promoción, te ‘escondes’ en un pueblecito extremeño”

“Hubo también muchas cartas amables”, señala Herralde cuando se le recuerda el tono de algunas misivas, “pero no tienen el mismo glamur que las explosiones de ira”. Entre las más entrañables se cuentan las que escribió a Carmen Martín Gaite: “Aunque, como sabes, mi preocupación como editor, es decir, como go between, son los autores, este interés aumenta en casos como el tuyo en el que se une la gran calidad de los textos con la amistad personal”. Y hay palabras elogiosas para los jóvenes, como Marcos Giralt Torrente: “Tu novela París revela un escritor de considerable talento y madurez”, le escribe el mismo año en que ganó el premio de novela. A Rafael Chirbes le expresa su decepción por lo ocurrido con su segundo libro, En la lucha final —”la acogida de la novela es floja, tanto de crítica como de ventas, ya que el ‘boca oreja’ no funciona ni entre tus propios amigos, como me has comentado. Para rematarlo, de cara a la promoción, te ‘escondes’ en un pueblecito extremeño”—, y lamenta que su tercera novela (La buena letra) —”mucho más lograda, aunque de comercialidad incierta (aunque puede deparar sorpresas, como sucede a menudo)”— la vaya a publicar con otro —Debate, dirigido por Constantino Bértolo—.

Constantes parecen haber sido durante unos años sus reclamos a EL PAÍS. “El relato más coloquial e impaciente de Herralde”, escribe Gracia, “fija dos enemigos para la primera etapa de su editorial —Franco y el desencanto— y otros dos para la siguiente: EL PAÍS (para resumir en él al grupo Prisa con la editorial Alfaguara dentro) y Carmen Balcells”. Las sinergias, consideraron Herralde y otros editores independientes del momento, les perjudicaban. Gracia afirma en el libro que, a falta de un estudio riguroso que confirme o desmienta las quejas de Herralde, “nos movemos todos entre impresiones y conjeturas, recuerdos y heridas”.

“Me resultó muy difícil renunciar a una suma tan elevada de dinero”, le escribe Paul Auster a Jorge Herralde para justificar su pase a Seix Barral. “No debemos dejar que esto se interponga entre nosotros. Tu amistad es esencial para mí y hasta que me metan en el ataúd quiero seguir siendo un miembro de la familia Anagrama”.

Entre las últimas cartas se encuentran una breve nota que manda en 1998 a Julian Barnes a propósito de Michel Houellebecq —”el escritor francés más interesante (además de incorrecto e insolente, claro está) que ha surgido en años”— o una afectuosa misiva del mismo año a Roberto Bolaño en la que lamenta que el novelista chileno no ceda a sus objeciones a unos “capítulos de marras”. En una dirigida a Juan Villoro escribe sobre la gestación de Los detectives salvajes, que terminaría ganando el Premio Herralde: “Roberto Bolaño me manda tu texto Un poeta a propósito de la muerte de Mario Santiago Papasquiaro o José Alfredo Zendejas. Con el tercer nombre de Ulises Lima es el protagonista junto al propio Bolaño de una enorme work in progress”.

¿Cómo rechazar un manuscrito? Los papeles de Herralde muestran al ¿Cómo rechazar un manuscrito? Los papeles de Herralde muestran algunos ejemplos de este fino arte que el fundador de Anagrama tuvo muchas ocasiones de practicar. Una carta a la agente de André Glucksmann en 1983 explica “el escasísimo interés actual en España por el tema del pacifismo” y cómo la editorial se está concentrando en el lanzamiento de obras de ficción. Los rechazos a José Carlos Llop o a Andrés Trapiello son escuetas misivas que animan siempre a los autores a mandar sus siguientes libros. Uno de los noes más duros es el que dirigió a su amigo Juan Antonio Masoliver, a quien recomendó “más tijera y menos autocomplacencia”, y concluyó: “Te va a sentar fatal, pero dicho está”. Hoy Herralde es igual de rotundo: “No estuve bien”. Y explica que a la hora de rechazar un libro trataba por lo general de no herir. “Les decía que igual estoy yo equivocado, porque los editores no son infalibles y esto también tiene que ver con si un libro encaja contigo o no”.

Volviendo al aura que destila un sello independiente, alguien como Jorge Herralde sabe bien de qué están hechas las leyendas. Una de las reglas clásicas de la elegancia es que hay que sugerir más que mostrar. En literatura a esto lo llaman teoría del iceberg, pero la dinámica de seducción viene a ser la misma, y el editor la conoce. Su archivo aún guarda muchos secretos para nuevos autorretratos con y sin retoques. De momento, los papeles de Herralde siguen siendo catalogados por su pareja y parte fundamental de Anagrama también: Lali Gubern.

‘Los papeles de Herralde. Una historia de Anagrama (1968-2000)’. Edición de Jordi Gracia. Anagrama, 2021. 424 páginas. 19,90 euros. Se publica el 3 de marzo.

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