El payaso muestra la herida

En el centenario del nacimiento de Joseph Beuys, una nueva exposición en Barcelona añade una faceta más a la de escultor, profesor, ecologista y artista estrella: la de bufón

Retrato de Joseph Beuys en 1976.
Retrato de Joseph Beuys en 1976.JOSEPH BEUYS; VEGAP; Barcelona 2020

Los museos, como la literatura, tienen sus edades. La Edad Teocrática precedió a la Aristocrática y a la Democrática; después llegó la Seriocómica, con el bufón como protagonista inusitado del invento del cubo blanco. Duró pocas décadas porque enseguida irrumpió la Caótica —la de los museos como castillos y toboganes hinchables— y su réplica que ahora emerge como un iceberg revolcado: la Edad Catastrófica. Así, la secuencia histórica comienza —aunque no siempre sigue un estricto orden cronológico— con los repositorios vaticanos y termina con Leonardo, Van Gogh, Cézanne o Picasso como los más grandes artistas que podremos llegar a conocer, pero su cuidado ya no puede ser asumido por un poder institucional central.

En la edad nuestra del desastre, con muchos museos en quiebra y ofertando su patrimonio, la autoridad estética no está en la Academia ni en la crítica, sino en los licenciados vidriera, risibles sujetos que nos siguen conmoviendo con su vigorosa resistencia a envejecer, pues sus obras mantienen ese objetivo —práctico— de liberar a las personas de las moralidades del poder (la Iglesia) y de las inmoralidades del capital. Hace 50 años, Marcel Broodthaers creó el libro de artista Musée d’Art Moderne – à vendre pour cause de faillite, última sección de su museo por capítulos que presentó en la Kunsthalle de Düsseldorf y después en la Documenta 5 (1972). De tal absurda y premonitoria taxonomía se podría decir aquello que Picasso le contestó a un oficial nazi cuando frente a una fotografía del Guernica le preguntó si lo había hecho él: “No, lo hicieron ustedes”. Suena a chiste melancólico (los payasos también lloran) que una obra de arte conceptual —o surrealista, o neodadá, o simplemente belga, qué más da— termine siendo más realista que un cuadro de Antonio López. El museo se vendió, claro, junto a unos lingotes de oro de un kilo con marca de ceca de M. B. La Crítica Institucional cierra euclidianamente su círculo con la obra de un poeta trabajando como artista visual y su conversión en director de museo, el payaso situado en la dicotomía entre institución disciplinaria y elemento integral de la cultura ilustrada que tiene que defenderse de las fuerzas de la industria cultural.

La acción 'Panganese' (1969), realizada en la clase del artista.
La acción 'Panganese' (1969), realizada en la clase del artista.Bernd Jansen / JOSEPH BEUYS, VEGAP, Barcelona 2020

En 2021, con los museos en faillite, debemos volver a las lecciones del bufón alejado del circo que representa esa sabiduría tan apetitosa para el sistema promovida por Koons, Hirst, Weiwei o Abramovic, por citar unos pocos, que depende del único conocimiento que han podido obtener: saber gozar de sus límites como artistas y explotarlos hasta el cinismo.

Se cumplen cien años del nacimiento de Joseph Beuys en la renana Krefeld, la ciudad de seda (fue pionera en el comercio sostenible con China), y hoy debemos admitir que sus bufonerías siguen siendo tan preclaras como la de aquel musée vendu. Un programa de 30 exposiciones por ciudades europeas y asiáticas, entre ellas la que se inauguró el viernes 5 en La Virreina de Barcelona, abordará sus múltiples facetas como profesor y artífice de la estética de la memoria (“de las ruinas”, como quiso su amigo Heinrich Böll): “El arte es todo lo que un individuo puede hacer para impedir la destrucción del mundo, es una sustancia nutritiva, el verdadero capital humano. Si hubiéramos estado 2.000 años sin él, ya no tendríamos cerebro”, solía repetir.

“El arte es todo lo que un individuo puede hacer para impedir la destrucción del mundo, es el capital humano”, solía repetir

Beuys fue un obstinado e irónico pedagogo de la acción directa con una obra troceada y en proceso. Eran adoquines para derribar las barreras entre el arte y el antiarte (en 1964 hizo la recomendación de elevar cinco centímetros el muro de Berlín para “mejorar la armonía, pues una Alemania dividida es más proporcionada”). Su estética más conocida, la de las vitrinas en assemblage y las grandes instalaciones con trineos, sebo y fieltro, se opone rotundamente a su obra temprana que se exhibe en Intuition, en el decoroso Kurhaus Museum de Kleve, mostrando el paso de un tradicionalista sensible a escultor social y visionario ecologista. La programada en el Kaiser Wilhelm Museum de Krefeld confronta su trabajo con el de Duchamp y el fenómeno comparativo que va del no decir de la equívoca El silencio de Marcel Duchamp está sobrevalorado (y ya dijo Ángel González que el silencio siempre se exagera) a la persuasión permanente a través del habla como material plástico que practicó durante sus años como profesor en Düsseldorf y en la Free International University (FIU).

Poco más se puede añadir a la seductora figura de Beuys. Fue el verso suelto del internacionalismo de Fluxus (repudió los nacionalismos legendarios y por eso defendió la independencia de Euskadi). No por ello es menos recomendable la muestra en La Virreina, comisariada por Valentín Roma, a partir de los fondos del Archivo Lafuente de Santander. Precisamente por su conexión con la actualidad, pues en ella están todas las lecciones del saltimbanqui desencantado y mordaz que “muestra la herida” (traducción de Zeige deine Wunde, el título de un environment de 1976), un calco del Hans Schnier de Opiniones de un payaso, que expresa su compromiso con una Alemania todavía no repuesta de la guerra que sangra entre escombros.

Tres ámbitos se articulan en torno a sus trabajos en las Documenta donde participó: Pedagogía radical (1972), Democracia directa (1977) y Plástica social (1982). Vale la pena dedicar tiempo a ver las películas, convenientemente traducidas, donde se ve al adoctrinador de liebres con sus “bromas de carnaval”, sin su tradicional gorro (una alumna consigue sacárselo y colocarle uno de bufón) o en una mesa de debate junto a Max Bill, sudando y fumando groseramente ante una sala abarrotada, disertando sobre la provocación en el arte. Pero en realidad su discurso es el de un político, el líder que los partidos de izquierda todavía están buscando. Quien no vea su obra en La Virreina desconoce que todavía hay un futuro para la humanidad.

Pedagogía radical, democracia directa y plástica social. Joseph Beuys. La Virreina. Barcelona. Hasta el 23 de mayo.

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