Odiar es divertido: de la libertad de expresión en Internet

Andrew Marantz, periodista de ‘The New Yorker’, publica un largo reportaje sobre ese derecho y su uso por parte de la extrema derecha estadounidense

Puerta del Capitolio, en Washington, después del asalto del pasado 6 de enero.
Puerta del Capitolio, en Washington, después del asalto del pasado 6 de enero.J. Scott Applewhite (AP)

“Cambiar cómo hablamos es cambiar cómo somos”. Esta es la visión de muchos activistas en las redes sociales, cualquiera que sea su ideología, empeñados en alimentar las guerras culturales para construir su propio relato, alternativo al dominante. Al menos así lo describe el periodista Andrew Marantz, redactor de la revista The New Yorker, tótem de la inteligencia liberal americana, en su libro Antisocial. Se trata de un extenso reportaje sobre la libertad de expresión en Internet y su aprovechamiento por la extrema derecha de Estados Unidos. No entra por lo mismo en la descripción de comportamientos similares, prácticamente idénticos a los de los neonazis, de los grupos de antifas o de izquierda radical que utilizan igualmente las redes, los troles y los memes en sus propias batallas contra el sistema.

La casualidad quiso que yo culminara la lectura del volumen en cuestión el mismo día que el rapero Hasél ingresaba en la cárcel, y la víspera de un mediocre debate en el Parlamento español sobre la libertad de expresión entre el vicepresidente Iglesias y un diputado de Ciudadanos. Es esta cuestión tan acuciante que espero contribuir a la discusión en breve, aunque en tribuna diferente a la de Babelia. En el entretanto merece la pena detenerse en el libro de Marantz, pues arroja datos y perspectivas novedosas a la hora de entender el universo de Internet y cómo se configura la opinión pública en nuestras sociedades.

La obra es el fruto de una investigación realizada durante más de un año de los movimientos racistas, nacionalistas, supremacistas o abiertamente neonazis y antisemitas, que dinamizaron en gran medida las bases electorales de Trump en las elecciones de 2016. Gente muy parecida a la que alentó y llevó a cabo la invasión violenta del Capitolio el pasado Día de Reyes y que forman parte de lo que se llamó la derecha alternativa. El autor señala que esas actitudes no son de ahora. “Make America Great Again”, eslogan estrella de la campaña electoral trumpista, lo fue ya de la de Ronald Reagan; movimientos como el Tea Party, los Proud Boys o los llamados Deplorables venían alimentando esas corrientes ultraderechistas, sirviéndose demasiadas veces del respetable paraguas del Partido Republicano y contaminando así a toda la derecha.

En España, aunque con tintes menos dramáticos, algo similar sucedió entre el Partido Popular y sus seguidores más radicales, que acabaron por agruparse en Vox y denunciar a su antigua formación como la “derechita cobarde”. Las teorías conspiranoicas sobre Soros y los herederos de los Illuminati que alimentan las soflamas de la ultraderecha española son idénticas a las que se agitan por el neofascismo americano. Y ya contamos hasta con una joven líder de rasgos arios que aprovecha homenajes públicos a la División Azul para instigar la persecución de los judíos.

Marantz ofrece una gran cantidad de documentación sobre estos hábiles manipuladores de las redes sociales americanas, muchos de los cuales han sido entrevistados por él. Seguidor de la escuela clásica del reporterismo de su país, no se entretiene en establecer conclusiones, aunque algunas sean inevitables, y prefiere dar voz a los instigadores de esta revolución ultramontana, describir su entorno familiar, participar en sus fiestas y acercarse a sus motivaciones.

Gran parte de los protagonistas parecen haber sido atraídos inicialmente hacia el extremismo a causa del aburrimiento que les inspiraba el relato establecido. Apoyar a Trump significaba también una forma de combatir el tedio, aunque fuera a mordiscos. Como explica Mike Cernovich, abogado y bloguero, tuitero incansable, “el conflicto es atención, y atención es influencia”, necesaria para cambiar las cosas.

Las declaraciones soeces, las plataformas que alojaban comunidades bajo epígrafes como “Odio a los gordos” o “Gilipolleces que dicen los negros”, la propagación de fake news y cosas por el estilo eran, siguen siendo, las herramientas con las que tratan de combatir lo que consideran el pensamiento grupal del periodismo político. Parten de la base de que las redes sociales se montaron como una fiesta y hay alguien que la quiere joder. Pero en el trasfondo de la algarabía y el ruido que este libertarismo reaccionario produce descubrimos la preocupación del americano medio descendiente de inmigrantes eu­ropeos, porque ya “en 2013, por primera vez en la historia esta­do­unidense, la mayoría de los bebés del país no eran blancos”. Muchos consideran que esta es una amenaza a la integridad de la nación.

Para combatir el modelo cultural defendido por los medios de comunicación tradicionales, embriagados de corrección política, es preciso utilizar el potencial de las nuevas tecnologías. La viralidad de las redes es un arma poderosa y la mejor forma de conseguirla es la provocación. El odio no es más que un instrumento para lograr el mayor número de seguidores posibles. En nombre de la Primera Enmienda constitucional, que consagra la libertad de expresión, no se reclama ya la libertad de prensa, sino la libertad frente a la prensa, embaucadora de las masas sometidas al poder de un sistema corrupto y clientelista. Los adalides de esta revolución son seguidores más o menos conscientes del modelo hitleriano, al que a veces parodian en sus expresiones y gestos. Odiar acaba siendo una forma más de divertirse y, de paso, de ganar dinero.

El libro es interesante aunque su digestión puede resultar pesada. No solo por lo ácido de sus ingredientes, sino también por su traducción, no muy brillante, y su exceso de atención a personajes y circunstancias no necesariamente reconocibles fuera de Estados Unidos. Menos aún por parte de quienes no sean proveedores o consumidores voraces de las redes sociales. Construido con la arquitectura caótica que Internet demanda, del texto se desprenden interrogantes valiosas acerca del poder casi universal de las grandes tecnológicas. Describe también curiosas contradicciones personales de muchos de los odiadores profesionales a los que su autor ha entrevistado. En definitiva, ayuda a entender que, al igual que en el arte, la provocación forma parte de la política de nuestros días. Las víctimas de semejantes prácticas se reducen así a la condición de daños colaterales.

Antisocial. Andrew Marantz. Traducción de Lucía Barahona. Capitán Swing, 2021. 536 páginas. 25 euros.

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