LECTURA

En el dentista

Todo empezó por el final. Antes de convertirse en protagonistas de ‘Gente normal’, Marianne y Connell nacieron en este relato breve escrito en 2016, que transcurre durante una visita a una clínica dental cuando los dos tenían 23 años. ‘Babelia’ publica el relato, inédito en español

Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones, Connell y Marianne en la serie 'Normal People', que adapta la novela de Sally Rooney.
Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones, Connell y Marianne en la serie 'Normal People', que adapta la novela de Sally Rooney.Enda Bowe (BBC/Element Pictures/Hulu)

De camino al dentista hablan de volver a casa por Navidad. Están en noviembre, y a Marianne van a quitarle una muela del juicio. Con­nell la lleva al dentista porque es el único de sus amigos que tiene coche, y también la única persona a la que ella le confía dolencias médicas desagradables, como un diente roto. A veces la lleva en coche a la consulta del médico cuando necesita antibióticos para sus infecciones urinarias, lo que ocurre a menudo. Tienen 23 años.

Connell aparca en la esquina del dentista y la radio se apaga sola. Ha pedido la mañana libre en el trabajo para llevar a Marianne a la cita, cosa que no le ha contado. En parte por culpabilidad. Una semana antes, Marianne le hizo una mamada en su apartamento y más tarde se quejó de que le dolía la mandíbula, y él se puso en plan: ¿Tienes que estar siempre quejándote de todo? Y luego discutieron. Iban los dos un poco borrachos.

Marianne tiene un recuerdo distinto del incidente. Recuerda que estuvo un rato haciéndole una mamada a Connell en el sofá y que luego paró porque le dolía la boca. Él se lo tomó bastante bien y al final terminaron haciéndolo allí mismo. Solo después, cuando ella empezó a hablar otra vez de la boca, Connell le dijo: Te quejas mucho más que otra gente. Estaban tumbados uno al lado del otro en el sofá. Te refieres a tus otras novias, le dijo Marianne. Y Connell respondió: No, me refiero a la gente en general. Le dijo que nadie que él conociese en medida alguna se quejaba tanto como Marianne.

No te gusta oír las quejas de la gente porque eres incapaz de mostrar compasión, le dijo Marianne.

Ya te he dicho que lo sentía la primera vez que te has quejado.

Te gustan las mujeres que no se quejan porque no quieres verlas del todo humanas.

Siempre que te critico acaba siendo que odio a las mujeres.

Marianne empezó a incorporarse. Se recogió el pelo en un moño y buscó una horquilla con los dedos para sujetarlo.

Me parece sospechoso, dijo, que siempre te metas en relaciones con gente con la que en realidad no hablas.

Estás molesta y la estás pagando conmigo, respondió él. No soy tonto del todo.

Marianne se palpó el pelo con las manos para ver si estaba bien puesto y luego volvió a tumbarse al lado de Connell. Era un sofá malo, con un estampado de flores marrones.

Mírame a mí, dijo. A mí me ves como un ser humano completo. Por eso no te atraigo.

Sí que me atraes.

Sexualmente, pero no de un modo romántico.

Lo observó mientras él miraba el techo. Tenían la cara muy cerca el uno del otro.

Supongo que si fuese algo romántico no me gustaría que tuvieses otros novios, dijo él.

De hecho, no te gusta.

No me gustan los novios que eliges, que es distinto.

¿Quieres saber lo que ha pasado con Daniel?, dijo Marianne. Le dije que había soñado que me casaba y me preguntó: ¿Conmigo? Y le dije: No, con mi amigo Connell. El resto de la discusión no fue sobre ti, fue sobre las cosas que digo a propósito para fastidiarlo, porque disfruto haciendo que se sienta mal consigo mismo.

Vaya.

Marianne se volvió a casa después, preguntándose si se quejaba demasiado. Cuando llegó a su apartamento le dolía ya la cabeza entera. Cogió una botella de ginebra del estante de la puerta de la nevera y se echó un poco en la boca a modo de experimento. Cuando se enjuagó las encías con el alcohol frío una gigantesca punzada de dolor le subió por la mandíbula e hizo que le llorasen los ojos. Escupió entre babas la ginebra en el fregadero de la cocina y se echó a llorar.

Conxita Herrero

Se acercó al dentista ella sola la mañana siguiente. Por el camino, fue planeando los comentarios efectistas que podría hacerle acerca de su dolor de mandíbula. La mayor parte del tiempo no duele tanto, se imaginó diciendo, pero hacer mamadas, descartado. En lugar de eso, el dentista le echó un vistazo rápido a la boca y le recetó un ciclo de antibióticos para lo que denominó una infección “la mar de fea”. No me sorprende que te duela, dijo el dentista. Esa muela te está atravesando la mejilla como si fuese de mantequilla. Garabateó algo en una libreta y luego la miró. Cuando baje la infección te la sacaremos sin problema, le dijo. Serás una persona nueva. Marianne extrae un considerable placer personal de ver confirmado su dolor por profesionales.

Hoy son las dos únicas personas en la sala de espera de la primera planta de la clínica dental. Los asientos son de un color verde menta claro. Marianne hojea un número de la National Geographic y explora su boca con la punta de la lengua. Connell mira la portada de la revista, una fotografía de un mono con ojos enormes. Esa noche, la semana antes, Marianne lo había llamado para contarle que Daniel y ella habían roto. Connell estaba en el baño cuando sonó el teléfono, y lo cogió su compañero de piso, Barry. Cuando Connell volvió, Barry le dijo con tono inocente: Eh, ¿cómo se llamaba esa niña rica con la que fuiste al instituto? Ya sabes, la que te gusta follarte. Creyendo que la pregunta era sincera, Connell le respondió: Marianne, ¿por qué? Y entonces Barry le lanzó el teléfono. Quiere hablar contigo, le dijo. Cuando Connell cogió el teléfono ya se la oía reír.

En la sala de espera, Connell está pensando en Lauren, su novia durante 10 meses. Se había mudado a Manchester en septiembre, y dos semanas atrás se había acostado con otro estando borracha. Cuando se lo contó a Connell, su incapacidad para sentir algo le inquietó, y se preguntó si ella le importaba lo más mínimo. Durante unos días se sintió vagamente deprimido y cansado, y luego se acostó con Marianne, que lo acusó de no considerar a las mujeres “seres humanos completos”. Se dio cuenta en ese momento de que, en efecto, no veía a Lauren como un “ser humano completo”, sino como un personaje secundario de su propia vida. Por eso lo que ella hiciese fuera de escena le daba igual. Cuando Marianne se marchó esa noche, abrió una pestaña nueva en el navegador y tecleó: Por qué no siento las cosas.

A la mañana siguiente, llamó a Lauren por Skype y le dijo que creía que debían dejarlo. Ella estuvo de acuerdo, sin mojarse. Nos lo pasábamos bien, dijo ella, pero esto a distancia no iba a funcionar de ninguna manera. Este croquis de la trayectoria de su relación guardaba tan poco parecido con nada que él pensara o sintiera que se limitó a asentir y a decir: Sí, exacto. No le había contado todavía a Marianne esta conversación por Skype. Había tenido todo el drama con lo del diente y no quería que diese la impresión de que había tomado una decisión importante como resultado de haberse acostado con ella. De mantequilla, dice ella cada vez que hablan. Me muero de dolor. Lo cierto es que Connell no ha pillado la importancia de partida de este símil de la mantequilla, y ahora decide que ha pasado el tiempo suficiente como para preguntar.

¿Qué es eso de la mantequilla que no dejas de repetir?, le pregunta.

Lo de que mi mejilla es como mantequilla.

¿Que qué?

Lo que me dijo el dentista, ¿recuerdas?: Esa muela te está atravesando la mejilla como si fuera mantequilla.

Connell se la queda mirando por encima del marco amarillo de la National Geographic que ella sostiene entre las manos.

Joder, ¿te está atravesando literalmente la mejilla?

¿No me estabas escuchando? Llevo como una semana hablándote del tema.

Supongo que a veces te desconecto.

Ella vuelve a clavar la mirada en la revista, con aire divertido.

Dotes para la vida, dice.

Bueno, ¿sabes?, lo he dejado con Lauren. No sé si te has enterado.

Por un momento, Marianne finge estar concentrada en la lectura. Connell se da cuenta de que está decidiendo qué hacer o decir. Los mecanismos de la mente de Marianne se le aparecen cristalinos en breves destellos como este y luego se desvanecen.

No me lo habías comentado.

Ya, bueno.

Connell tose, aunque no lo necesita. Es una debilidad, y sabe que Marianne la detecta, como sangre flotando en el agua.

¿Cuándo ha pasado todo esto?, pregunta ella.

Hace como una semana.

Ajá.

No gesticula ese “ajá”. Tan solo cierra la revista y la devuelve a la mesita de cristal con un gesto lánguido. Connell traga saliva. ¿Qué le hace tragar saliva? En el instituto, Marianne era fea y todo el mundo la detestaba. De un modo casi sádico, a Connell le gusta pensar en ello cuando tiene la sensación de que ella le está pasando por delante en una conversación. El último año de instituto él le quitó la virginidad y luego le pidió que no se lo contase a nadie, aunque no es algo respecto a lo que se sienta demasiado bien hoy día. Ella ahí tumbada en plan: ¿Por qué iba a querer contárselo a nadie? A Connell le parece representativo de algo.

A Marianne le hace sentir humillada que Connell no le haya contado lo de Lauren hasta ahora. Disimula esos sentimientos concentrando una atención desganada y despectiva en su entorno inmediato. Se pregunta si tal vez Connell no se lo ha contado porque la ve desesperada. A los 23, a Marianne la invaden de vez en cuando las mismas preocupaciones sombrías que caracterizaron su vida adolescente. Se pasó todo el instituto mostrándose despreciativa con los demás, pero al mismo tiempo embargada por el miedo al desprecio de los demás. Connell fue la primera persona a la que le cayó realmente bien, y ni siquiera él le dirigía la palabra delante de sus amigos. Marianne hizo cosas degradantes para retener su afecto y fingió que no le parecían degradantes. Se quedaba callada en el segundo plano de sus llamadas telefónicas.

Sí, pensaba que ya te habrías enterado, dice. Fue una de esas rupturas por Skype. Relativamente tranquila, para lo que son las rupturas.

Lauren es una chica tranquila.

Seguramente sí. Él mira por la ventana y trata de bostezar. Se detesta a sí mismo. No tiene ni idea de lo que estará pensando Marianne. De manera compulsiva, y por resentimiento hacia sí mismo, se recuerda que todo el tiempo que Lauren y él estuvieron juntos no consiguió nunca que se corriera más que por casualidad. Con Marianne le ha resultado siempre espléndida y absurdamente fácil. Por supuesto, sabe que esto no significa nada.

Bueno, no te preocupes, dice ella. Sé que ahora los dos estamos solteros, pero no te voy a pedir que seas mi novio.

Por extraño que parezca, no estaba preocupado por eso.

Se abre la puerta y una enfermera sale diciendo: ¿Marianne? Ya puedes pasar. Marianne mira a Connell, que le devuelve la mirada. Por un momento lo odia, pero esta malevolencia siempre se disipa. Connell no tiene intención de hacer nada con esa necesidad terrible que hay en ella. Con Daniel se sentía libre y empoderada, porque no se lo había tomado nunca en serio. Sus deseos de herirla no hacían más que evidenciar cuánto dependía de ella. Pero Connell no necesita nada, y con él se siente impotente. Se lleva la mano a la cara y sigue a la enfermera a la consulta.

Cuando se cierra la puerta, Connell se levanta y se acerca a la ventana. Mira hacia la calle, a las coronillas de la gente que pasa. Hace un día despejado, frío y azul como un polo de hielo. Intenta no pensar en Marianne pasando dolor. Sabe que le dormirán la zona necesaria de la boca, pero esa idea también lo perturba. Marianne no muestra miedo al sufrimiento físico. Connell la ha visto pasar por cosas malas. Aun así, le ha dolido que le dijese que no quería ser su novia, en parte por lo gratuito del comentario. No se lo iba a pedir ni por asomo, además. Empieza a morderse el pulgar, hasta que lo nota pulposo y retorcido en la boca.

Al principio se alegró de que por fin hubiese roto con Daniel. Era uno de esos diseñadores gráficos flacuchos con gafas de pasta que hablan un montón de temas de género. Connell estuvo sentado a su lado en el bar en el cumpleaños de Marianne, y en lugar de tener una conversación estuvieron viendo el partido ­Bournemouth-Chelsea en la enorme pantalla. Daniel le preguntó: ¿Importa realmente quién gane o quién pierda? Bueno, un poco sí, le respondió Connell. El Bournemouth baja a la zona de descenso si pierde este partido. Me refiero desde un punto de vista filosófico, dijo Daniel. Esa fue la conversación real que tuvieron. Daniel iba riendo y diciendo: La masculinidad es algo frágil. Connell no sacó a relucir algunas cosas que casualmente sabía acerca de las tendencias de Daniel. Es a ti al que le gusta atarla y azotarla con un cinturón, se abstuvo de decir. Apuesto a que te hace sentir un machote.

Dentro de la consulta, a Marianne le han puesto un anestésico. El dentista le clava un instrumento afilado en la encía para ver si todavía lo nota, y no lo nota. Se dispone a extraerle la muela. Al principio, Marianne oye un rechinar. Una lámpara blanca y radiante se le refleja en los ojos desde el espejo que tiene encima, y el látex de los guantes del dentista tiene un sabor sadomasoquista. Algo zumba, y un líquido claro y extraño le llena la boca. No sabe a sangre. Entonces nota que algo se desliza por su lengua, algo liso y pesado, y de pronto está sentada con la espalda recta y el dentista diciéndole: ¡Escúpela! Escupe algo en la mano del dentista. Es un trocito amarillo de su propio cuerpo. Ahora sí nota sabor de la sangre, y de algo más. Le duele la cabeza. La muela brilla como crema en la palma del dentista. Bien hecho, señora, le dice el dentista. La muela tiene frondas, como una anémona. Marianne está temblando.

Connell tiene miedo de ser una persona emocionalmente vacía. Intenta echar un vistazo al ejemplar de la National Geographic que hay sobre la mesita, pero no se concentra, y el dolor de Marianne le vuelve a la cabeza una y otra vez. Marianne se involucra en asuntos que son malos para ella. Es una opinión que tiene Con­nell y de la que se siente culpable. Sabe que recae sobre ella la culpa de cosas que no son responsabilidad suya solo porque tiene una personalidad dura. La gente se ha aprovechado de ella, pero puede que Marianne haya permitido que siga siendo así cuando ya no tenía por qué. Le había contado ciertas cosas que le mandaba hacer Daniel. Ella le enseñó algunas. Sé que es un poco chungo, le dijo. Yo no lo disfruto. Y se había echado a reír, Connell no soportó que se riera.


La autora Sally Rooney, en Nueva York.
La autora Sally Rooney, en Nueva York.Jonathan Lloyd Davies

El dentista le llena la boca de gasa y hace que la muerda. Está atontada, como si la muela fuese un niño enfermo que ella acaba de dar a luz. Recuerda que Connell está en la sala de espera y siente una oleada de gratitud que la deja empapada en sudor. La gasa le roza la lengua adormecida, y las lágrimas comienzan a escocerle en los ojos. La parte médica del procedimiento ha terminado. La levantan de la silla como si fuese papel de periódico.

La puerta de la consulta se abre, y Connell aparta la vista de la ventana. Marianne se señala la boca tontamente. Le han entregado la muela metida en un frasco, y lo hace tintinear para él. Tiene la cara deformada y torcida como una tienda de campaña desinflada. Connell experimenta ciertos sentimientos. En el instituto, solía fantasear con que soltaba comentarios intelectuales o ingeniosos delante de Marianne. Es una fantasía a la que aún se entrega compulsivamente en momentos de estrés. La risa imaginaria de Marianne aplaca sus nervios.

¿Ya está del todo?, le pregunta.

Ella asiente, intenta tragar saliva. Algo no encaja en su boca, se siente en el cuerpo equivocado.

Qué rápido, dice Connell. ¿Cómo te encuentras?

Marianne se encoge de hombros. Siente el escalofrío que precipita un sollozo y trata de reprimir esa particular clase de fealdad. Demasiado tarde. Está llorando. Se frota los ojos con torpeza, la nariz, el abismo dormido de la mejilla. Se encoge otra vez de hombros. Al menos es un llanto silencioso.

Connell solo la ha visto llorar una vez antes, cuando eran adolescentes. Su madre tenía un novio por aquel entonces, se llamaba Steven. A veces entraba de noche en el cuarto de Marianne para “hablar”. Ella fue a casa de Connell una noche después de que sucediera, y lloró y le dijo: A veces creo que me merezco que me pasen cosas malas porque soy mala persona. Connell no había oído nunca a nadie hablar así. Le entraron náuseas, y desde aquel momento estarían siempre ahí, aun cuando no las sintiera. Pasaron a estar fuera de él.

Vamos al coche, le dice a Marianne.

En el coche se la ve sola y menuda. En una mano lleva el frasco con la muela dentro, y en la otra, un rollito de gasa de recambio para la boca. Deja con cuidado ambos objetos en el regazo y levanta las manos hacia la visera que hay sobre el asiento para mirarse en el espejo.

Yo no lo haría si no es necesario, dice Connell.

Ella se queda parada con una mano en el espejo.

¿Tan mal estoy?

Tiene la voz pastosa y amortiguada.

Yo no te veo mal, responde, pero me parece que estás sensible ahora mismo y no quiero que te dé el ataque.

Al principio cree que Marianne está tosiendo, pero luego se da cuenta de que la ha hecho reír.

O sea, que estoy mal, dice. ¿Por qué no me contaste lo de Lauren?

Connell amasa el volante con las manos. Ella lo observa. Elimina como un rayo la amenaza de una lágrima en su ojo izquierdo, discretamente, con la manga.

Ese discursito que me has soltado, dice Connell. Lo de ver a las mujeres como seres humanos. Me ha afectado un poco, la verdad.

¿Y qué, por eso rompiste con ella?

De algún modo complejo, esta pregunta, junto con el hecho de que Marianne esté llorando visiblemente, lo excita. Piensa, sin querer, en su cuerpo desnudo. Lo considera una imagen de vulnerabilidad, más que algo sexual, pero da la impresión de ser ambas cosas. Sabe que Marianne está llorando nada más que por un dolor físico residual, y eso no es algo que a él le reporte ningún placer. Pero su deseo de sentirse cuidada lo conmueve. Una fantasía de que bajo su fría apariencia hay algo más.

Marianne se da cuenta de que Connell no ha respondido de inmediato a su pregunta. Está mirando el tráfico como si pensara en otra cosa. Ella espera que su curiosidad descarada parezca desdeñosa. Es una de las muchas estrategias dinámicas a las que recurre para ocultarle a Connell lo que siente por él. Aunque lo que siente no es fácil de expresar. La gente ama toda clase de cosas: a sus amigos, a sus padres. Los malentendidos son inevitables.

¿Aún estás llorando, verdad?, le pregunta él.

Se está pasando el efecto. Es solo eso.

Este relato apareció publicado en el número 18 de ‘The White Review’ en 2016. Traducción de Inga Pellisa.


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