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De la que amó a un toro marino

“La primera vez que el amor de mi vida me habló de otra mujer, me dio un vuelco el corazón”, escribe la narradora y poeta costarricense Magda Zavala en este cuento incluido en la antología ‘Vindictas. Cuentistas Latinoamericanas’

La escritora costarricense Magda Zavala.
La escritora costarricense Magda Zavala.Emmanuel Calvo Canossa / EL PAÍS

Se daba aires de proscrito, barba larga y lento fumado entre los dientes, con el atractivo de quien parece amenazante y vigoroso. Así lo conocí, así casi lo estoy olvidando. Por lo demás, se enredaba en los amores viejos, y en los del porvenir, y le gustaba hablar a solas, mientras dejaba caer el agua tibia sobre sus lomos robustos. Allí filosofaba sobre el mundo y sus desastres, hacía cálculos para la próxima cosecha o se pronunciaba en contra de las ocurrencias de los diputados y de las partidas específicas que le compran el alma al diablo, cuando no le daba por cantar, con el más esforzado de los empeños, que no alcanzaban a dar con los ritmos de Celia Cruz y su “Traigo yerba Santa pa’la garganta…”.

Yo, el resto del día, desde la lejanía que impone la ciudad amurallada, daba vueltas en círculos a su alrededor, ofreciéndole cuanto podía: que está servido el desayuno, ¿te traigo el periódico?, esa camisa no te va, ¿adivina qué hay de almuerzo hoy? ¿Quieres un café…? Y él allá, conversando consigo mismo, lleno de murmullos, se daba la razón sobre decisiones tomadas o se lamentaba de algún fiasco; muchas veces criticaba a los políticos que se olvidan de la agricultura, como si no fuéramos todos medio maiceros y la sociedad industrial estuviera en la cola de un venado ya muerto, y otras al bipartidismo insoportable que nos tiene totalmente prensados.

Alguna vez perdida, cuando menos lo esperaba, retumba su voz de trueno caribeño desde la ducha:

—Negra, vení acá…, sentáte ahí que tengo que decirte…

En realidad, requería mi escucha silenciosa. Lo supe cuando al principio traté de opinar.

—Bueno, es que a mí me parece…

Él me interrumpió de inmediato:

—No, oíme, quiero que me oigás a ver si tengo razón.

Y empezaba una lluvia de reflexiones, acabadas y contundentes que no ameritaban opinión, sobre Nietzsche y sus epígonos, el surrealismo y sus desencuentros, la Osa Mayor, los huecos negros, Freud y la teoría de la relatividad, la cuestión latinoamericana y el por qué el comunismo soviético desoyó la voz de Lenin y, sobre todo, lo que hay de cierto cuando se dice que Costa Rica es un país sin tanta desigualdad social y sin ejército.

Como no siempre me llamaba a la hora de su baño y yo quería saber con quién me había casado o quién era ese día mi marido, dejaba las celosías del baño entreabiertas y me sentaba a escucharlo desde un banco ocasional en el jardín interior, que se fue haciendo un sitio de permanente encuentro con mi suerte. Así fui penetrando su mundo, con algunas pistas que logré hilar para no perderme en el laberinto. Él no parecía darse cuenta de mi esfuerzo y seguía llamándome de cuando en cuando a gritos, de seguro calculando todavía las dimensiones de su casa materna.

Al cabo de un año supe de mi hombre por pinceladas —unas precisas y vivas; otras diluidas, en marejadas informes—, aspectos que me permitieron comprender el porqué de sus jadeos branquiales cuando lo hería el absurdo de la muerte asesina o de la injusticia social. El mundo del cual, cargado de estupidez humana y sus ingratas convenciones, le era absolutamente insoportable.

—Da pena saberse de la especie —me decía de veras triste.

Por la noche, seguía previniéndome que no oyera si roncaba y me daba cinco minutos con los ojos abiertos, asomado entre las sábanas, para que le resumiera lo ocurrido en su ausencia. Al cabo decía:

—Bueno, ya hemos hablado mucho, callémonos.

Y apagaba la luz.

Al día siguiente, tardaba en levantarse cuando no le tocaba la venta de la madrugada. Se tiraba de la cama con un salto arrastrando las cobijas, llegaba hasta el baño, apretaba medio tubo de pasta sobre el cepillo, se torturaba las encías, escupía tres enjuagadas con ruido y salía arrastrando sus pantuflas heredadas, en busca del periódico.

—Hola Negra.

—Hola, amor.

—Amor, amor… ay… ¡a mordiscos, mamita!

Me sentía estúpida por llamarlo de la forma consabida, a pesar de que conocía de sobra su odio por toda referencia afectiva, en particular cuando se usaban los cauces trillados. Yo estaba confundida y cansada de buscar formas nuevas de mostrarle mi cariño, sin que fuera a parecerle cursi. Por las mañanas, apenas despierta, no lograba dar la talla y respondía con lo primero que me venía a la boca. Así que me fui resignando a dar uso cuidadoso a las pocas palabras que había ya probado con éxito, para no tomar riesgos innecesarios.

—¿Ya está el desayuno?

Le pedía por favor a Rosa —era salvadoreña y había llegado al país huyendo de la guerra— que lo atendiera. Ella, menudita, gorda y fuerte, sabía enfrentarse con desapego de servidora que ha debido desafiar a la muerte, puñal al cinto; mi marido le resultaba solamente un grandulón más, de tantos y tantos conocidos.

Tomaba su café hundido en las noticias de la insurrección en el Norte, o la baja de los malditos precios de las verduras, o de los veinte desaparecidos en la Argentina, o los goles famosos del fin de semana. De rato en rato levantaba los ojos de las páginas para preguntar cosas como: ¿qué vas a hacer hoy? Pero no esperaba mi respuesta.

Al principio, cuando aún tenía yo mis valijas semideshechas en el cuarto pequeño del segundo piso, le hacía bromas sobre los hombres que leen el periódico en la mesa para no ver a su mujer recién salida de la cama y le revolvía las páginas mientras le tiraba besos. Él se molestaba seriamente. Por un tiempo dejó el periódico, pero asistía totalmente mudo a la mesa, salvo para refunfuñar por la mantequilla refrigerada. Yo estaba con cierto miedo desde esas primeras horas, queriendo, sin embargo, extender la mano para tocarlo, bronceado y caliente.

Cuando resulté embarazada, me daba pena engordar porque sabía que él amaba mi aire de niña desvalida y frágil; además, temía incomodarlo con mis vómitos matutinos y la necedad de los antojos. Por aquella época, mis pocas observaciones sobre la vida cotidiana empezaron a parecerle totalmente risibles. Entonces yo lloraba en silencio, dejando correr las lágrimas algunas veces frente a él. Al cabo de varias ocasiones de lo mismo, con una sonrisita, me recordó aquello de las lágrimas de la mujer y de los cocodrilos, y me concedió una ternura momentánea estrujándome contra sus costillas, antes de salir rápido a hacer pupú. Empecé entonces a aceptar que no habíamos nacido el uno para el otro.

Por las noches, al regreso del trabajo, a veces lo encontraba tendido en un sillón, con canciones de Vicente Fernández.

—Sabes, Gordita, es difícil pensar que uno estará el resto de la vida al lado de una sola mujer. Los hombres podemos amar a muchas durante nuestras vidas, no es lógico condenarnos con una sola; por supuesto, esto no quiere decir que uno no ame a su mujer.

—No… —decía yo a media voz.

—Uno puede estar muy enamorado de su compañera, pero hay demasiadas mujeres hermosas por ahí, vos me entendés.

Jamás le diría que, por si no se había dado cuenta, también había hombres guapos y simpáticos, y que tal vez se encontrara, entre tantos, alguno capaz de apreciar a las mujeres, y que nosotras también teníamos un amplio espectro para los afectos, aunque muchas, por cobardía, no nos diéramos permiso ni siquiera de pensar en la posibilidad.

—Sí, así es. La pasión es extraña, uno no la busca, ella lo asalta cuando menos se piensa, esté o no casado. Yo tengo que contarte que en mi último viaje a Panamá conocí a una mujer. No podré olvidarla nunca.

La primera vez que el amor de mi vida me habló de otra mujer, me dio un vuelco el corazón, creí que era el preludio de su despedida, pero no, se trataba simplemente de otra dimensión de la confidencia, para la que yo era indudablemente buena interlocutora.

—Vos me entendés, Gordita.

Y sí, lo entendía, más de lo que se imaginaba. Empecé a sentirme excitada por los relatos íntimos de mi marido. Los esperaba noche a noche con placer extraño. Era como si me estuviera permitido participar en una pequeña orgía donde él recibía mi amor y el de otra, una desconocida a la que yo destinaba admiración porque mi marido le concedía gusto y encuentro. Esos eran los únicos momentos en que me parecía que él permitía que me aproximara verdaderamente a su intimidad.

La vida seguía adelante, mientras mi panza crecía como una enorme sandía que me provocaba calambres en la espalda. Él se ausentaba por las ventas de madrugada y luego se ligó con el Partido que lo ocupaba para tareas de masas muy a menudo. Cuando pasaba la cosecha, lo veía cerrar cuidadosamente las ventanas de la biblioteca y pasar el picaporte a la puerta, como lo había indicado el padre, para hacer las cuentas. Alguna vez toqué, llamándolo, y quise entrar. Me gustaba observarlo quieto y concentrado sobre los cuadernos que luego aparecían deshojados en el basurero. Me dejó entrar algo molesto porque alguien habría podido atisbar desde afuera y me pidió que por ninguna razón abriera. Era sin duda un ritual. Hacía filas de billetes rojos, verdes, grises, celestes, naranjas, mientras yo observaba con paciencia la operación. Finalmente, abría y cerraba la caja fuerte y, luego de revolotear con sus manos de pez en el interior, cerraba con llave. Una vez terminada la operación, hacía el balance:

—Esta vez saldremos tablas, por dicha. Hace rato nos está yendo mal. Ya es hora de que las cosas cambien.

Luego se metía las faldas insolentes que se resistían a mantenerse dentro de los pantalones. Entonces me invitaba a salir. Mientras examinaba sus espaldas anchas, la estrechez de la cadera y el paso tosco, pensaba en lo difícil que me era armonizar su erudición sofisticada con las cuentas del banco, siempre en caída, y sus expectativas sociales.

A veces lo seguía hasta el baño que él alcanzaba en unas cuantas zancadas. Él se miraba en el espejo, luego de sacudirse la nariz con estruendo, arrugando el entrecejo, examinándose los dientes, viéndose a los ojos, se preguntaba o me preguntaba:

—¿Me veo bien? —posando para sí o para mí, sin cámaras pero claramente ceñido a una actuación que no le daba tregua. Luego salía con un portazo de la casa y hacía gemir el carro con un arranque de dureza impremeditada.

—Ahorita vuelvo —gritaba mientras hacía las maniobras de salida.

Volvía efectivamente para un almuerzo rápido en el que se lamentaba porque se había sudado el bistec y las verduras estaban sin suficiente sal. Bufaba entonces, con furia a flor de piel, por cuestiones pequeñas y mínimas, sobre todo si no le quedaba tiempo para la siesta o el ruedo del pantalón se había deshecho porque, según él había reparado, mis puntadas eran más bien bruscas.

Por las noches algunas veces, para mi suerte, volvía de buen humor.

—¿Vos me querés, Negra?

—Sabés que sí —le respondía a media voz—. En cambio dudo mucho de que vos me querrás.

—¡No seás necia! Te repito que te quiero, por supuesto. Viví, eso es todo.

—No estamos siendo felices…

—Y, ¿qué es la felicidad? ¿Cómo identificarla sin equivocaciones?

—No sé, estar tranquilos, tener certezas mutuas, confiar, exponerse con las propias debilidades ante el otro, hacer planes conjuntos para la vida, saber que no te pasarán la cuenta…

—Pedís demasiado. No sé cuánto puedo darte de todo eso.

Me sorprendía su metamorfosis de niño desvalido en sermoneador furioso. Entonces me hacía chiquitita y desaparecía por ahí, a hacer algo que no le fuera a estorbar.

En la cama, yo alcanzaba las dos terceras partes de su cuerpo envuelto en las cobijas hasta por sobre la cabeza; solo dejaba afuera sus dos pies fuertes, con grandes arcos en las plantas. Yo entonces lo besaba despacito en el cuello, le recorría la espalda hasta sorber los vellos rubios de sus ancas. A veces él me concedía un darse vuelta perezoso y yo saboreaba su exaltación de macho. Luego de un amor que tenía siempre alguna proximidad a la violencia por asalto o al abrazo desesperado, se movía todavía inquieto por unos minutos, y me daba la espalda hasta quedarse dormido. Así lo amé, ahora casi lo he olvidado, pero le parí un hijo con ojos color carao, como la abuela, su madre, y un enorme lunar de mancha café en la ingle. Y fui su mujer, por extraño que parezca, durante cinco años. Y él me amó, estoy segura, desde donde estaba. Yo no fui feliz siempre, pero tuve ratos placenteros, y me llevó de la mano algún día por la calle y tuvimos amigos que luego desaparecieron. Me hacía gritar en la intimidad, de miedo o incomprensión, o de placer, para qué negarlo, y entonces de nada valieron las múltiples páginas de la Beauvoir y cuanto sabía de la liberación femenina.

Por un tiempo quiso hacer otra siesta pequeña, obligatoria para los miembros de la casa, a las cinco de la tarde. Me llamaba, insistente, hasta que, dejando lo que tenía entre las manos, iba a tenderme a su lado. Se ovillaba sobre mis pechos, mientras se retorcía de angustia respirando a grandes bocanadas:

—No vayás a dejarme nunca, ¿me oís?

Y lanzaba un sollozo ronco. Yo me debatía entre sentimientos confusos y asombrados. Quería hacerle feliz, más que nada en este mundo, y lo tenía allí, angustiado empedernido, a pesar de mis esfuerzos. La casa empezó a caerme encima y me entraron ganas de volver al lado de mis padres. Quería tomar un tiempo para reflexionar. Se lo dije un día de tantos y le pareció un asunto que merecía una pequeña discusión en la biblioteca que tanto nos había costado instalar, por la enorme cantidad de volúmenes y la disparidad de materias y autores. Me invitó a seguirlo y se tiró con ruido sobre el sillón reclinable que le había regalado su madre en el cumpleaños.

—¡Entonces vos insistís en que estás cansada de esta vida y no le encontrás sentido!

—Así es. Quiero otra cosa para mí y para mi hijo.

—Nuestro hijo. ¿Y vos querés sacarme de la jugada?

—No es que quiera… parece imposible seguir juntos a pesar de todo lo que me gustaría seguir con vos.

—De veras no te entiendo, mujer. Conformáte y ya está.

—No puedo.

—¿Qué te lo impide?

—El miedo.

Vi que sus ojos se ponían húmedos.

—Me temés a mí, y tal vez no solo a mí, sino a algo que represento; revisá ese miedo.

Y se puso de pie, incómodo. Viéndolo frente a mí, en pose de estatua benemérita, me traía el recuerdo de otro, inmensamente más grande que él, que también me asustaba en un tiempo distante. No podía entonces seguir en esa situación, así que recogía una a una mis palabras, antes pensadas cien veces, y las guardaba para otra oportunidad.

Cinco años después pude desandar el laberinto, el oscuro interior de mi toro, sus oquedades inundadas de oleajes sinuosos. Supe que toda esa humedad eran lágrimas que caían hacia adentro, y lo vi encorvado y bramante. Entonces corrí y corrí siguiendo la pista luminosa hacia la salida, aunque habría querido que sus brazos de atleta fueran entonces y por siempre mi refugio. Afuera, pude reconocerme de pie, íntegra, dispuesta a nacer entre las aguas.

VINDICTAS. CUENTISTAS LATINOAMERICANAS

Autoras seleccionadas: María Luisa Puga (México), Mimí Díaz Lozano (Honduras), Mirta Yáñez (Cuba), Gilda Holst (Ecuador), Marvel Moreno (Colombia), Armonía Somers (Uruguay), Mercedes Gordillo (Nicaragua), María Luisa Elío (España), Hilma Contreras (Repúbica Dominicana), Susy Delgado (Paraguay), Silda Cordoliani (Venezuela), Rosario Ferré (Puerto Rico), Pilar Dughi (Perú), Magda Zavala (Costa Rica), Ivonne Recinos (Guatemala), Marta Brunet (Chile), Bertalicia Peralta (Panamá), María Luisa de Luján Campos (Argentina), Mercedes Durand (El Salvador), María Virginia Estenssoro (Bolivia).

Editorial: Páginas de Espuma-UNAM, 2020.

Formato: tapa blanda (280 páginas, 21 euros) y e-book (5,69).

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