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EL PAÍS salta de las páginas a la calle

El periódico celebra en Matadero Madrid la primera jornada de un festival por sus 50 años en el que muestra a los lectores cómo y por quién se reinventa cada día

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El primer día del Festival de El País
Asistentes al Festival de EL PAÍS, este viernes en Matadero Madrid. Foto: Claudio Álvarez | Vídeo: EPV

Y 50 años después, El PAÍS saltó de las páginas a la calle. Los redactores, los directivos, los corresponsales, los fotógrafos, los dibujantes, los columnistas; las historias, los errores, los aciertos, las casualidades, los desafíos; todos y todo lo que hace posible que el mundo entero quepa cada día en un puñado de páginas o en un pantallazo de móvil se ha reunido hoy en un solo espacio para explicar a los verdaderos protagonistas de esto-los lectores- cómo se hace y cómo se he hecho su periódico durante medio siglo. Los periodistas, algo esquizofrénicos, son amigos de hablar de todo, incluso sin tener mucha idea, excepto de una cosa: de sí mismos. Pero, por una vez, los periodistas de El PAÍS se han comprometido a ponerse delante de la cámara o del público, de subirse a un escenario y contar a los demás la parte más humana y muchas veces más desconocida de su trabajo. Es el mundo al revés. Ocurrió -y ocurrirá hasta el domingo- en las viejas naves del Matadero de Madrid, en el barrio de Legazpi. Vengan a verlo.

Poco antes de que comenzara el primer acto, el director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens, repasaba el primer discurso releyéndolo en voz alta, paseando el solo arriba y abajo por un pasillo. Uno pensaría que el director de un periódico está acostumbrado a dar discursos y que no se pone nervioso por hablar en público. Pero esa es una de las cosas que este tipo de actos enseñan. En el discurso, Martínez Ahrens recordó las palabras del fundador José Ortega Spottorno pronunciadas hace cinco decenios, que sirvieron de guía y que aún hoy son rabiosamente actuales: “El País es un diario independiente, liberal y socialmente solidario”. El pasado y el futuro. Está bien saber de dónde viene uno para saber a dónde va.

Después empezó el acto inaugural del festival en un auditorio repleto: la reunión, pública por primera en la historia, del comité editorial del periódico. Los miembros de este comité, compuesto por editorialistas, expertos, especialistas en varias materias y periodistas experimentados, son los encargados de dictaminar cada semana qué piensa el periódico sobre casi todo. Sobre temas fáciles y sobre temas peliagudos. “Porque no es lo mismo decidir sobre la eutanasia juvenil que sobre la reforma de la flota pesquera”, como precisó Martínez Ahrens. Sentados a una larguísima mesa que recordaba un poco a la Santa Cena, los 18 miembros del comité, nueve por cada lado-, comenzaron a discutir. Dialogaron en principio de Geopolítica y terminaron preguntándose sobre el futuro y los peligros de la Inteligencia Artificial: un viaje alucinante por los dilemas que acucian al planeta y al país y una necesidad: la de posicionarse caminando sobre la cuerda floja de la actualidad.

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Los mejores momentos del primer día del Festival EL PAÍS
Asistentes al Festival de EL PAÍS, este viernes en Matadero Madrid. Foto: Claudio Álvarez | Vídeo: EPV

Mientras el periódico se pensaba a sí mismo – el lema del acto era El País que piensa- Cristóbal Manuel, fotógrafo del periódico jubilado hace unos años, explicaba en la esplanada central del matadero a unos amigos los detalles de su foto más famosa: la que hizo en 2010 durante el terremoto de Haití a un joven haitiano que caminaba desnudo por una calle llena de escombros de Puerto Príncipe. El joven está de espaldas. No se sabe quién es. Pero la foto, premio Ortega Y Gasset de Periodismo, se convirtió en el símbolo absoluto de la tristeza y el desamparo de un país triturado por la desgracia. Cómo una fotografía pasa a significar mucho más de lo que aparentemente muestra es un misterio y no hay nadie que lo explique. Tampoco Cristóbal Manuel. La imagen es una de las 50 fotografías de prensa que componen la exposición Momentos y que se puede ver en el Festival comisionada por la fotógrafa y exeditora gráfica de EL PAÍS Marisa Flórez. Había viejos fotógrafos recordando viejas fotografías; y viejos y buenos editores jubilados como Carlos Castro asistiendo al Festival al lado de los alumnos de la Escuela de Periodismo de El País, que preparan un reportaje sobre los eventos del Festival: de nuevo el pasado y el futuro.

Joseba Elola, actual responsable del suplemento Ideas y durante muchos años reportero de la sección de Domingo, habló del sentido de la oportunidad y de cómo, en el último momento de una entrevista a Julien Assange, le propuso un poco a la desesperada y por iniciativa propia, que incluyera a EL PAÍS en el grupo de periódicos internacionales que tenían acceso a las trascendentales filtraciones de WikiLeaks. Assange accedió. El periódico recibió meses después 250.000 cables diplomáticos confidenciales. A veces, la diferencia entre el éxito y el fracaso es una pregunta lanzada por si acaso. Elola fue uno de los once participantes en el acto Historias de una redacción. Se contaron solo once, pero se podían haber contado, digamos, 250.000. Luis Gómez, actual redactor jefe de Madrid, por ejemplo, relató que hace muchos años una noche estaba solo en la redacción para cubrir el cierre, vino un subdirector y, al no encontrar nadie más, le envió por las buenas al Tour de Francia. Gómez se convirtió con el tiempo en un reconocido cronista deportivo -entre otras muchas cosas- y jamás olvidó dos cosas de esa noche: que la casualidad juega en esta partida y que a los subdirectores los carga el diablo.

Por la tarde, en una sala las columnistas Ana Iris Simón y Najat Al Hachmi, ambas provenientes de familias muy humildes, hablaban de cómo se sentían al haber ascendido socialmente y considerarse miembros de la clase media. “Aunque yo siempre tengo un Plan B”, advertía, precavida, El Hachmi. Y en otra sala cercana, casi simultáneamente, el exdirector Joaquín Estefanía aseguraba que uno de los desafíos del periódico del futuro será la de definir lo que se considera ahora y en los próximos años, precisamente, la clase media. Y uno comprobaba que los actos que se celebraban en el Matadero se parecían extrañamente a las distintas páginas de un periódico o a los diferentes artículos de la web, donde se habla de lo mismo desde perspectivas diferentes. Lo dicho: EL PAÍS saltó ayer del papel a la calle por una vez.

Luis de Vega, corresponsal de guerra y reportero experimentado en todo el mundo, habló de algo que generalmente se olvida: los testigos. De Vega relató cómo en los primeros días de la guerra de Ucrania se cruzaba con personas que le contaban lo que les acababa de pasar porque sentían una necesidad algo obsesiva por hacerlo y que él se limitaba a recoger los testimonios lo más fielmente que podía y trasmitírselo así a los lectores. Hubo testigos que se acercaron a De Vega en Ucrania, pero también hubo testigos en el reciente accidente ferroviario de Adamuz o en la Dana de Valencia, o en otros innumerables casos, y en todas las ocasiones regalaron a los periodistas con los que se encontraron lo más valioso que poseían: la historia que sufrieron y que les marcó, para bien o para mal.

Y mientras De Vega, uno de los participantes en el acto Historias de una guerra, terminaba de contar asegurando que a veces necesitó que algún compañero le abrazara porque no soportaba vivir de cerca tanto horror y tanta desgracia, en otra sala, la periodista Carla Mascia empezaba una charla que no tenía nada que ver con eso o tal vez sí. Mascia se encarga, desde hace una década, de recibir las cartas al director. Y habló de alguna de esas cartas, como la que escribió Carolina Alguacil en 2005 y que se titulaba “Soy mileurista”. Carolina era por entonces una publicista de 27 años que describió su vida de joven precaria sin estabilidad laboral y sin un futuro cierto. Y acertó con el término – que ha pasado a la RAE- y con el retrato que hizo, en pocas palabras, de toda una generación condenada a no ver nunca claro lo que se avecina. A veces los lectores son más periodistas que los propios periodistas.

Otra carta que destacó Mascia fue la que envió en 2019 el actor Viggo Mortensen para denunciar la utilización, por parte de Vox, de la imagen de su personaje Aragorn, uno de los héroes de El Señor de los Anillos para una campaña electoral. A la sección de Cartas al Director puede escribir mucha gente notable. Pero si te escribe Aragorn, ya puedes darte por satisfecho y sentir que haces un buen trabajo. Hubo muchas más historias, felices y tristes, bonitas y no tan bonitas, que no caben aquí, y habrá muchas el sábado y el domingo. Lo dicho: vengan a verlo.

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