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50 ANIVERSARIO
Análisis

Aprender a contar África

El periodismo trabaja para ampliar la mirada, más allá de conflictos y pobreza, ante un territorio lleno de futuro

El protagonista de la imagen que ganó el Premio World Press Photo 1994 fue marcado por no apoyar el genocidio de los tutsis en Ruanda.James Nachtwey (Contacto)

¿Sabía que ocho de las diez economías del mundo que más crecerán en 2026 están en África? ¿O que la mayoría de los africanos vive en democracias? ¿Ha oído hablar de que en Kenia la gente paga con moneda digital desde 2007? Probablemente no y la culpa es nuestra, de los medios. Este texto es un mea culpa pero, a la vez, constata cuánto hemos avanzado.

Desde su nacimiento, EL PAÍS tuvo una clara vocación global y se ocupó con rigor de los asuntos africanos. Las coberturas fueron siempre serias y rigurosas. El problema no era tanto lo que se cubría, sino más bien lo que se dejaba de cubrir. Como el resto de periódicos españoles, y también extranjeros, este diario fue un reflejo de su época. Y entonces, se contaba el continente africano con una mirada muy estrecha, en la que una parte tapaba al todo.

Esa parte eran los conflictos, las devastadoras crisis humanitarias, muy de vez en cuando los deportes y en ocasiones especiales una pequeña dosis de exotismo en forma de animales salvajes o tradiciones tribales. Después, llegó la inmigración. Pero invariablemente los africanos aparecían como víctimas o como verdugos. O muy desamparados o terriblemente malvados. Como si en un continente de 1.400 millones de personas y 54 países no hubiera lo que solemos llamar gente corriente.

Buceando por las primeras páginas del periódico entre 1989 y 2001 se comprueba que África rara vez llegaba a la portada, el gran escaparte del diario. Cuando lo hacía, solía venir acompañada de un baño de sangre. En una primera de aquellos años, aparece una fosa común en Namibia con un cadáver desnudo arrumbado. En otra, un hombre envuelto en llamas en Sudáfrica. Más muertos en primer plano en Ruanda. Un hombre liquidado a bocajarro en una calle de Liberia. Un niño desnutrido en Somalia y una señora con los pechos al aire. Rostros cadavéricos, hambre, cólera, sida. Y entre tanta maldición bíblica, la liberación de Nelson Mandela.

Es cierto que aquellos fueron años convulsos en el continente. El genocidio ruandés conmocionó al mundo. Hubo guerras civiles en Liberia, Somalia, Angola o Congo. Los desplazados por los conflictos protagonizaron agudas crisis humanitarias y el sida golpeó con fuerza. Pero a la vez, fue un periodo de transiciones democráticas. Namibia obtuvo la independencia en 1990 y ese mismo año Mandela quedó en libertad. Los jóvenes se politizaron y las ciudades se transformaron, urbanizándose a marchas forzadas y dando pie a la proliferación de las interminables barriadas. Ganaron terreno las iglesias y algunos movimientos islámicos, mientras la población lidiaba con la resaca de la crisis de deuda de los ochenta y de los dolorosos ajustes del FMI. En 2001 abrió sus puertas la Unión Africana.

Recuerdo mi primera gran cobertura para la sección de Internacional. Era una becaria con muchas ganas y poco oficio, y una tarde de diciembre de 2002 el redactor jefe me pidió que me fuera al día siguiente a Etiopía. Había una hambruna en la región de Afar, a unos 250 kilómetros de Adis Abeba. Dije que sí a todo, como correspondía a mi condición en la pirámide laboral. En el norte encontré madres hambrientas, incapaces de amamantar a sus bebés. En la capital hablé con hombres blancos de organizaciones internacionales que me proporcionaron cifras para dimensionar la tragedia. Lo conté lo mejor que pude, con más dramatismo del que probablemente pondría ahora. “En Etiopía primero mueren las vacas, luego las cabras y después, los hombres. Ya han muerto todas las vacas”, leía el subtítulo. En aquel artículo los africanos también aparecían como sujetos pasivos que no hacen cosas, sino a los que les pasan cosas.

Aquella era la mayor crisis en Etiopía desde la hambruna de mediados de los años ochenta, en la que murieron un millón de personas. Sus terribles imágenes entraron en los hogares occidentales a través de la televisión. Y de la música. ¿Recuerdan los conciertos de Live Aid? Bono, Bob Geldof, The Who… Aquella megacampaña bienintencionada —1.500 millones de espectadores— marcaría durante décadas la conexión del norte global con África, y a la vez dibujó en el imaginario colectivo un continente sombrío y doliente. De nuevo, la parte por el todo.

Años después se ha revisado con dureza la mirada poscolonial con la que a menudo nos acercamos a este continente. “Si lo único que supiera de África procediera de la imaginería popular, yo también pensaría que se trata de un lugar de paisajes y animales bellos, y de pueblos imposibles de entender que luchan en guerras sin sentido, mueren a causa de la pobreza y el sida, y son incapaces de hablar por sí mismos”, ha escrito la aclamada escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie.

Esa revisión es especialmente intensa en el Reino Unido, desde donde escribo estas líneas y donde una tarde me senté a charlar con Dipo Faloyin, autor de África no es un país, y otros estereotipos que debemos erradicar (Capitan Swing, 2024), en el que habla de “la generación de Memorias de África”. Para Faloyin, Live Aid fue un catalizador de esa imagen estereotipada, porque “encontró una forma de recaudar mucho dinero muy rápidamente promoviendo ciertas imágenes […] que describen a 1.400 millones de personas que apenas sobreviven”.

Por mucho que el guion se empeñe en repetirse, la realidad, infinitamente más compleja, se impone. Si el mundo se transforma a paso acelerado, África muta a especial velocidad. En parte, porque es un continente increíblemente joven: uno de cada cuatro habitantes del mundo será africano en 2050, según la ONU. Esa juventud y dinamismo se sienten en las capitales africanas, vibrantes, en las que da la impresión de que casi todo es posible. Son la expresión de una urbanización veloz y de fenómenos menos contados: África se electrifica y se digitaliza a paso de gigante.

Mientras, en el plano geopolítico, el continente ensaya nuevos roles. En el actual desorden global, más transaccional y menos anclado en valores, África teje nuevas alianzas y trata de enterrar los lazos coloniales. Desde 2025, los recortes drásticos de fondos de cooperación y ayuda humanitaria han sido el clavo en el ataúd que ha inaugurado una nueva era. Carlos Lopes, catedrático de la Universidad de Ciudad del Cabo, explica que la ayuda exterior ha pasado de cerca del 3% al 1,5% del PIB del continente, dando la vuelta a la ecuación. “Los líderes africanos han pasado página. Ya no hablan de ayuda”, asegura Lopes, presidente del comité de la organización Africa No Filter, que analiza miles de artículos periodísticos para ver cómo se representa el continente. “África por primera vez mira hacia dentro y busca financiarse con recursos propios. Florecen sus divisas, los fondos de pensiones… esto es nuevo, y cambia la narrativa de las tres Áfricas: conflictos, enfermedades y pobreza”. Por eso, ahora más que nunca, no se trata de que no contemos las hambrunas, sino de que no contemos solo las hambrunas. Hace tiempo que la foto fija del África ensangrentada dejó de reflejar la realidad.

Los lectores de EL PAÍS merecen entender el continente africano en toda su complejidad. Es justo decir que en el diario hemos dado pasos de gigante. Hemos trabajado por salirnos del guion y contar África en su diversidad. También desde Planeta Futuro, la sección que se ocupa del sur global desde 2014, y que actualmente dirijo, donde contamos el continente a través de infinitas miradas.

Pensaba en todo ello casi 25 años después de aquella incursión inocente en Etiopía mientras esperaba en un club privado londinense a Mr. Eazi, estrella del afrobeats nigeriano. El tipo es todo presencia y cool africano. Mr. Eazi pelea para que las productoras africanas participen más del reparto del botín de la industria cultural, ahora que los sonidos africanos están por todas partes y el afrobeats o el amapiano hace tiempo que dejaron de ser músicas del mundo para ser música a secas. Escuchando a Mr. Eazi pensé que claro que muchos africanos siguen pasando penalidades, pero que también los Mr. Eazis existen. Antes en la prensa no los veíamos; ahora, sí.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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