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Columna
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Cine de terror

El inexplicable placer que experimentamos frente al terror. Reconozcámoslo: nos gusta el masoquismo. Aun cuando las cosas marchan bien, adoramos mortificarnos

gustavo petro
Gustavo Petro en Nariño, en septiembre de 2021.Camilo Erasso (Getty Images)

Hablemos de cine. De cine de terror. Las películas de este género son efectivas en tanto mantengan al espectador clavado a la silla, gracias a una montaña rusa de sobresaltos. Se logra de muchas maneras: una madre que engendra al hijo de Satán, una criatura extraterrestre que devora a los tripulantes de una nave espacial, una niña poseída por un espíritu maligno, un enorme escualo que se alimenta con bañistas, una sociedad que dedica una noche a asesinar a quien pise las calles o un presidente especialista en hacer que la gente se odie.

Muchas cintas de terror requieren de litros de sangre artificial porque, por alguna extraña razón, la sangre, que es la responsable de expandir el virus de la vida por el cuerpo (y, algún día, por el cosmos), nos produce pavor. Otras, como El bebé de Rosemary (mejor el título elegido en España: La semilla del diablo), mantienen aséptica la pantalla durante dos horas. En este caso concreto, más aterrador que la película, es su director, Roman Polanski, acusado de un abuso que lo obliga a evitar pisar suelo estadounidense y que, como en otra de sus obras, causa Repulsión. A veces, los directores son más espantosos que sus puestas en escena.

Fundamental el guion, sobre todo si se trata de un argumento que no necesariamente dependa de las vísceras y las entrañas desparramadas por todas partes. Cada palabra es, entonces, clave para causar el efecto deseado entre los asistentes al teatro. Frases tipo “no he hablado de una constituyente para cambiar la Constitución de 1991″, “yo pertenezco a la izquierda del siglo XXI”, “reciban dinero de compradores de votos, pero voten por Petro y por el Pacto”, “aquí hemos visto a una prensa que odia a su vicepresidenta por su color de piel” o “el pueblo defenderá la democracia si hay golpe blando”, funcionan muy bien. Lo dejan a uno helado.

Uno de los protagonistas del más contundente terror de los últimos tiempos es Negan Smith, salido del cómic original The walking dead (en Colombia, The walking dick) y encarnado en la pantalla por el actor Jeffrey Dean Morgan. Los expertos describen a Negan como dueño de una personalidad retorcida y excéntrica, cuya capacidad de amar puede tornarse en algo terrible.

Este tipo de personajes suelen ser magnéticos, creando una atracción de la que no escapan ni quienes los conocen y mucho les temen. Nada raro es que, en una película protagonizada por alguien de tales condiciones, cualquiera termine escribiéndole, con mezcla de admiración y decepción, cosas como “un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota. La democracia no es sólo un ideal, sino que implica prácticas de respeto y solidaridad, especialmente cuando se trata del uso del poder al servicio de la transformación social”.

El terror, en últimas, es una cuestión de perspectiva. Si eres un congresista venal, no te asustará tomar decisiones que, probablemente, sí sean espeluznantes para quien tenga que reclamar medicamentos de los que dependen su vida o la de su familia.

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Si has pasado décadas mofándote de la arquitectura jurídica del Estado, a diferencia de quienes defienden la institucionalidad, jamás te intranquilizarán oraciones como “sin contenido, no hay forma, pero las formas existen, evolucionan y actúan sobre el contenido”.

Si te ha estorbado siempre la fuerza pública, entiendes a quienes se encuentran en situación de ilegalidad y, por ende, desestimas la intranquilidad en que viven millones de personas que ven avances diarios del poder de la delincuencia en sus regiones.

Si consideras que la única verdad es la tuya, seguro que no mides el pánico que genera en muchos sectores ver cómo se arremete contra quienes se atreven a informar u opinar algo que se aparte de tu “evangelio”.

Lo cierto es que mucha gente, y con razón, aborrece las películas de terror, pues no encuentra placer alguno en verlas. La solución es simple: elegir otro género audiovisual para escapar a la preocupación. Por ejemplo, un buen documental, aunque por estos días el de moda no es otra cosa que una soporífera pieza de terror político publicitario.

Mejor no eludir el cine de terror y aprender a apreciarlo. Comience usted por un clásico ligero. Recomiendo La profecía: el conflicto final, donde Damien, interpretado por el actor Sam Neill, prepara todo para convertirse en presidente.

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