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“¿Alguien quiere que su hija tenga menos derechos que su hijo?”

La maestra Lola Rodríguez López explica su lucha por la igualdad en la escuela pública y en el ámbito rural

Lola Rodríguez (izquierda) ante un mural feminista en Huelma en 1990.
Lola Rodríguez (izquierda) ante un mural feminista en Huelma en 1990.

Vine al mundo en un pueblo de campiña jiennense situado junto al río Guadalquivir, Villanueva de la Reina, hija de Felipe y de Ana, una familia humilde donde aprendí a valorar el esfuerzo para salir adelante con la única riqueza de tus manos. Por casualidades de la vida, mi maestra, Doña Manolita, me presentó a unas pruebas para optar a una beca, y mira por donde me la dieron, ¡me tocó la lotería! Me dieron una beca para estudiar y mi padre y mi madre pensaron que merecía la pena intentarlo. Nunca se lo agradeceré bastante.

Ahora es normal que una niña vaya al colegio, pero en aquel momento, en plena dictadura durante los años 60, era algo extraordinario, porque eran pocas las personas que salían del pueblo para estudiar: la mayoría salían de la escuela para ponerse a trabajar y ayudar en casa. Además, era más complicado por ser una mujer, para quien los cánones de la época todavía marcaban que estabas predestinada a ser “una mujer de tu casa”. Con aprender lo básico en la escuela y lo que llamaban “las labores propias de tu sexo” tenías bastante. Para mí, estudiar, supuso un pasaporte al futuro que me esforcé en aprovechar.

No obstante mi madre, por si lo de los estudios fallaba, me ponía los veranos a aprender a coser con una modista. Y yo, en mi inocencia, pensaba: ¿cómo es que además de que no cobras se lo tienes que agradecer? Eran otros tiempos. Así que cuando tuve edad dedicaba los veranos a trabajar, ya en una fábrica de conservas en Cataluña, ya en el campo en Francia, ya dando clases particulares… Donde por lo menos se cobraba para ayudar un poquito en casa. Nunca he querido renunciar a mi origen, muy al contrario, recordarlo me pone los pies en el suelo, de alguna manera marcó mi forma de ser, aprendí que había que luchar por una sociedad más justa, donde todo el mundo tenga las mismas oportunidades al margen de su origen social.

Si hay alguna palabra que define mi relación con la enseñanza pública es compromiso. No me gusta pasar de largo por los problemas, prefiero equivocarme actuando que arrepentirme por no haberlo intentado. Como dice un poema de Maria Mercè Marçal con el que me identifico:

“Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,
de clase baja y nación oprimida.
Y el turbio azur de ser tres veces rebelde”.

Lola Rodríguez, con pantalones morados, durante una reunión de la Asamblea de Mujeres de Huelma, creada en 1987.
Lola Rodríguez, con pantalones morados, durante una reunión de la Asamblea de Mujeres de Huelma, creada en 1987.

Me siento muy comprometida con la escuela pública, que ha sido para mí mucho más que un medio de vida, un pilar fundamental para una sociedad que necesita mujeres y hombres preparados, educados para la solidaridad y la tolerancia y sin ningún tipo de discriminación, ni por razón de ideología, ni de religión, ni de clase social, ni por supuesto de sexo. Niños y niñas educados en igualdad, en la mejor escuela pública, como protagonistas del futuro más próximo. Vamos, que nadie necesite que le toque la lotería (como a mí) para tener una formación adecuada a sus capacidades personales.

Pero si hay algo de lo que me siento especialmente satisfecha es de mi compromiso feminista. No hay que asustarse, aunque esta palabra sigue teniendo bastante mala prensa, creo que hay que conocer su verdadero significado. ¿Acaso alguien quiere que su hija tenga menos derechos, menos oportunidades que su hijo? Pues de eso se trata, de trabajar por mejorar la situación social de las mujeres, superar la herencia patriarcal recibida a través de los tiempos y gestionar conjuntamente lo necesario para el desarrollo humano tanto a nivel público como privado.

Desde que Aristóteles dijo que las mujeres eran inferiores y no debían participar en el gobierno de la ciudad hasta hoy han pasado casi 25 siglos. Él pensaba que habíamos nacido para obedecer, como los esclavos y los animales, y reclamaba para nosotras el silencio. Pero las cosas han cambiado mucho.

Un ejemplo es lo que ocurrió en mi pueblo: hace 30 años, un grupo de mujeres decidimos organizarnos en la Asamblea de Mujeres de Huelma-Solera, y desde distintas posiciones ideológicas, distintas profesiones, desde nuestras diferencias, supimos encontrar algo que nos unía, queríamos recoger la antorcha de otras mujeres que a lo largo de la historia han luchado para que nuestros derechos se reconozcan como derechos humanos y caminar como mujeres de este pueblo junto a otras de la comarca, de la provincia, de Andalucía, de España y del mundo. Queríamos salir del anonimato, hacernos visibles, con la esperanza de que otro mundo fuera posible y algo teníamos que decir, aunque solo fuera porque somos la mitad de la población.

Por entonces, cuando te veían salir por la tarde de tu casa con el bolso y los tacones, no era raro que te preguntara alguna vecina:

-¿Quién se ha muerto?

-Nadie, voy a una reunión.

No se entendía eso de ir a una asamblea de mujeres. Se pensaba que algo raro estaríamos tramando. Y, seguramente, en contra de los hombres. Pero nada más lejos de la realidad: no es la lucha de las mujeres contra los hombres, sino una parte de la lucha de los seres humanos por la justicia, por la convivencia.

En los últimos años hemos conseguido cambios sociales muy importantes. ¡El tercer milenio nace prometedor! Además, digo yo, ya está bien que todo lo bueno sea ¡cojonudo! Y todo lo negativo ¡un coñazo! Aunque los cambios son lentos, hasta el diccionario se ve obligado a nombrar en femenino. Antes alcaldesa era “la mujer del alcalde” porque había pocos ejemplos donde fijarse, sin embargo hoy tenemos alcaldesas, concejalas, ministras, empresarias, médicas, juezas, mineras, conductoras… Esperemos que en el futuro haya también una presidenta del Gobierno.

Desde luego nadie pone en duda la valía intelectual de Aristóteles y su aportación a la ciencia, pero como dice la socióloga María Ángeles Durán, “quiero pensar que si Aristóteles levantara la cabeza reaccionaría con grandeza y se alegraría al reconocer que estaba equivocado (con respecto a las mujeres)”.

"Soy mujer. Y un entrañable
Calor me abriga cuando el
Mundo me golpea. Es el calor
De las otras mujeres, de aquellas
Que no conocí pero forjaron un
Suelo común, de aquellas que
Amé aunque no me amaron,
De aquellas que hicieron de
La vida este rincón sensible,
Luchador, de piel suave y
Tierno corazón guerrero".

Alejandra Pizarnik.

Lola Rodríguez López es maestra, fundó la Asamblea de Mujeres de Huelma-Solera y recibió el premio Mujeres excepcionales de la Junta de Andalucía durante el Día mundial de las mujeres rurales, el 15 de octubre del año 2010.

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