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Las madres salen del armario

Las cosas empezarán a cambiar en serio cuando cada una geste, para, críe y eduque como quiera

Sara Carbonero y su hijo Martín, en 2015.

Hoy no es el día, sino el año de las madres. Hoy, además de las flores, los collares de macarrones, los perfumes de todo octanaje y los restaurantes a reventar de hijos festejando a las autoras de sus días, hay un inédito ruido de fondo alrededor de esta fiesta que unos celebran por gusto y otros porque lo dicen los grandes almacenes. El que ha provocado la salida, qué digo salida, la estampida del apolillado armario de los tópicos sobre la maternidad perfecta de un puñado de mujeres que se ha atrevido a gritar en libros y entrevistas por tele, prensa y wifi una obviedad que llevaba milenios sepultada bajo toneladas de almíbar, abnegación y entrega absoluta a las crías. La maternidad podrá no tener precio para algunas, pero desde luego, no es gratis para nadie. Y algunas no la quieren ni regalada.

Lejos del no tan remoto "dar mucho, pedir poco" de la medalla de la madre que aún llevan colgada al cuello algunas abuelas, las hijas y nietas de aquellas progenitoras reivindican que, además de madres, son personas. Con deseos, frustraciones, quejas —sí, quejas y anhelos. Y que, a pesar de que para muchos pasan a ser la mamá de o, en el mejor de los casos, una MILF mother you like to fuck en cuanto paren, además de nodrizas y matronas, son mujeres. Algunas, incluso, no desean ser madres en absoluto. Nada nuevo bajo el agujero de ozono. Pero, a lo que se ve, sí revolucionario, a tenor de la que les ha caído encima a algunas por gritarlo, y no precisamente desde el heteropatriarcado, sino desde las propias congéneres.

Dejemos aparte la eterna lucha por la conciliación, la corresponsabilidad, los techos de cristal, los de cemento y los de hormigón armado y hablemos de nuestras propias contradicciones. A la periodista Samanta Villar, por ejemplo, le llovieron críticas de mujeres por osar decir en su libro que ser madre no era lo mejor que le había pasado su vida y que, al parir a sus mellizos, su vida tal y como la conocía, había terminado. Al tiempo, la periodista Sara Carbonero, madre de dos niños, se sumaba a una iniciativa promovida por una empresa láctea para cambar la definición de la palabra "madre" en la RAE, incluyendo conceptos como la entrega absoluta, el amor incondicional y la renuncia a una misma, y también le cayeron chuzos de punta. Esa es la novedad. Que se hable. Que se debata. Que se discuta. Que la maternidad entre en la agenda.

El ruido de fondo no altera lo fundamental desde que el globo es globo. Ser madre es caro, duro, disuasorio en algunos casos. Pero compensa. O no. Y el mundo sigue girando. Hoy es nuestro día, nuestro año, comadres. Pondremos las flores en agua, nos pondremos los collares de macarrones aunque nos horroricen, nos rociaremos una micra del perfume dulzón que nos han regalado los críos en los pulsos y nos echaremos 2.500 calorías al cuerpo en la comilona de marras. Buenas somos nosotras. Todito te lo consiento menos faltarle a mi madre. Convengamos, no obstante, en que las cosas empezarán a cambiar en serio cuando cada una geste, para, críe y eduque como quiera a su prole. Cuando no se la juzgue ni se la condene más allá de la sana discrepancia. Cuando en los medios, en este sin ir más lejos, no se publiquen solo listas de regalos para mamás con cremas antiarrugas nada que objetar, soy público objetivísimo, cuando para el día del padre se publicaron bazares de tecnología. La verdadera normalidad habrá llegado cuando sea a la inversa y nadie se percate de nada. Y ese reto nos incumbe a todos.

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