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COLUMNA

Contra el dolor

El dolor tiene una frontera y esa es la de la muerte, no hay más. Ninguna esperanza es mayor muro que ese concreto, implacable, que tiene su calendario y su protagonista

Jose Antonio Arrabal, enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, en su casa el 2 de abril.
Jose Antonio Arrabal, enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, en su casa el 2 de abril.

EL PAÍS publica unas imágenes en las que un hombre explica sus exigencias humanas ante lo que ya sólo puede tener fin. El dolor tiene una frontera y esa es la de la muerte, no hay más. Ninguna esperanza es mayor muro que ese concreto, implacable, que tiene su calendario y su protagonista. Individual, radicalmente humano.

Ser hermano o pariente o amigo del dolor no es sino una de las maneras humanas, intransitivas, de la solidaridad. Pero el dolor es individual, así se expresa; hay paliativos, personas que te asisten, con la ciencia y con la palabra, y te alivian, te abren el camino de una esperanza que se trunca cada vez que amanece otra vez la evidencia del dolor.

La ciencia sabe, ha aprendido a lo largo de los siglos, y ahora sabe, sabe del dolor, lo alivia, pero no lo interrumpe. En España, en otros países. No se puede interrumpir lo inexorable, ni con la esperanza; contra el dolor último no hay esperanza alguna. El dolor sigue, su camino es más dolor, ausencia de otro horizonte que el de la desesperanza.

La esperanza dicta, una a una, las palabras que ya sabemos, y que sabemos decir: espera. Hay un momento en que ese verbo, esperar, se conjuga con urgencia, no se puede esperar. No se puede más. Entonces crece ese grito del que EL PAÍS hoy se hace eco.

Hacer crónica del dolor, contarlo, sólo se puede hacer de veras en primera persona. Una persona que grita, en el ensueño dolorido de los últimos días, no está pidiendo tan solo que la alivien. Que pase el dolor, que no vuelva. No es excepcional el dolor, es lo que espera con su azuzada espada invencible.

Esas imágenes que explica EL PAÍS representan la perplejidad que sienten aquellos que quisieran que lo que la ciencia sabe hacer, y debería hacer, ante la incomprensión ruin de la ley, sea hecha, con la claridad de las leyes.

Contra esa ilegalidad impuesta a la libertad de poner fin al dolor se manifiesta Arrabal; su decisión y su soledad implican a la sociedad entera en un grito que no es individual y que se comprende cada vez que se recuerdan los últimos días de aquellos a quienes hemos visto sufrir, pedir alivio, creer que ya la tierra no será jamás un paraíso.

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