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Es él

El desconocido me mira, pero no me ve. No repara en que vamos vestidos igual

Estación de Metro de Pacífico, en Madrid.
Estación de Metro de Pacífico, en Madrid.

Recibo una llamada de un desconocido que me acusa de imitarle en el modo de vestir, de peinarme, de moverme, de andar. También de tomar el metro a las mismas horas que él y de bajarme en las mismas estaciones. Se despide pidiéndome que le deje en paz y cuelga. Al día siguiente salgo a la calle y tomo el metro para acudir al trabajo. Entro en el vagón, me siento, y echo disimuladamente un vistazo al resto de los viajeros. A unos metros de mí, junto a la puerta central, descubro a un tipo con zapatillas deportivas, vaqueros, camisa blanca y un jersey azul, de los de pico, cubierto por una cazadora negra. La misma indumentaria que llevo yo. Su pelo, peinado hacia atrás, como el mío, es sin embargo más abundante.

Comienzo a mirarle con hostilidad, a ver si vuelve la cabeza y se fija en mí. Pero el tipo va a lo suyo, ajeno completamente a todo, y parece normal. En esto, suena mi móvil, lo cojo y cuando estoy hablando con mi mujer, observo que a él también le ha telefoneado alguien. O que lo finge al menos. Colgamos asimismo a la vez, lo que me produce inquietud. Decidido a desenmascararlo, abandono mi asiento y me coloco de pie, a su lado, de modo que no tenga otro remedio que verme. Y lo cierto es que me mira, pero no me ve. No repara en que vamos vestidos igual ni en mi actitud provocadora. Dos paradas más allá, se prepara para abandonar el tren y resuelvo seguirle, aunque no he llegado a mi destino.

El tipo sale a la calle y se mete en una iglesia, donde enciende una vela a un santo. Yo hago lo mismo, para disimular. Luego entra en un bar que tiene dos salidas y logra darme esquinazo. De vuelta a casa, recibo una llamada. Es él. Insiste en que deje de imitarle y seguirle o que me atenga a las consecuencias.

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