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Boicotear a Trump

Protestas el 9 de noviembre en EE UU. Ampliar foto
Protestas el 9 de noviembre en EE UU. AFP

Aunque parezca un chiste de muy mal gusto, Donald Trump ha ganado las elecciones en los EE UU y está a punto de sentar sus machistas, xenófobas y narcisistas posaderas en el despacho oval. ¡Demócratas del mundo, uníos! Si no lo hacéis/hacemos, a partir de ahora el mundo será un lugar mucho más lúgubre, triste e injusto. Lo escribió en Twitter la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, en cuanto se enteró de la luctuosa noticia: “Se dibuja un nuevo mundo en el que más que nunca habrá que juntar fuerzas en la defensa literal de la vida, la democracia y los derechos humanos”.

Y precisamente en Barcelona, mientras los americanos y las americanas ejercían su derecho al voto con tan pésimos resultados, la filósofa Amelia Valcárcel impartía en el Palau Macaya, joya del modernismo, una conferencia sobre uno de los movimientos políticos que más alergia le dan al fantoche de Trump: el feminismo. La filósofa, feminista convencida y una de las voces más claras del aquí y del ahora, además de vaticinar que la victoria de Hillary Clinton no estaba para nada asegurada y acertar —como acertó también el cineasta crítico Michael Moore—, destiló su sabia ironía apuntando los nuevos retos del feminismo en un mundo todavía demasiado vacilante en materia de paridad.

Valcárcel insistió en que el feminismo es un proprium de Occidente, al igual que lo es la democracia, y que ambos cuentan en la actualidad con amenazas nuevas que exigen aguzar el ingenio y articular instrumentos de lucha hasta la fecha ignotos. Que un tipo tan descaradamente antidemocrático haya ganado unas elecciones “democráticas”, no deja de resultar paradójico; aunque quizás también quepa recordar que otro tanto sucedió con Hitler, a quien preferiría no tener que comparar nunca con Trump, a pesar de que está claro que el susodicho apunta maneras. Convertido en una amenaza real para un sistema hoy altamente desprestigiado, el democrático, Trump es también una amenaza para las mujeres, a quienes considera “objetos estéticamente agradables” y a quienes insulta a su antojo.

Dejando de lado que un tipo que en su libro Nunca tires la toalla admite estar “en la lista de récords Guiness por ostentar el mayor descalabro económico de la historia” no parece el más adecuado para gestionar un país —como han parecido intuir las Bolsas y algunos analistas que anuncian el derrumbe de los mercados—, y de que Hillary Clinton no era tampoco la panacea de nada, queda en el aire el misterio insondable de cómo han podido votarlo casi 60 millones de personas. ¿Quién vota a un émulo de Berlusconi, primo hermano de Jesús Gil y aspirante a Putin que desprecia entre otros a las mujeres, los gays y los inmigrantes? Y sobre todo, ¿cómo han podido votarlo mujeres, gays e inmigrantes?

Algunos artículos han dicho que ha ganado el miedo: el miedo de la gente a seguir siendo un cero a la izquierda en un sistema que se ha revelado lleno de fisuras e incapaz de dar respuestas. Iñaki Gabilondo ha hablado, con cita orteguiana, de “la rebelión de las masas” y de que las democracias tienen que mirarse de una vez en el espejo. Otros han citado a Gramsci: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda a aparecer y en este claroscuro aparecen monstruos”. E incluso hay quien ha mencionado la traición de las mujeres blancas a la candidata demócrata.

Mientras Marine Le Pen, envuelta en la bandera tricolor, se frota las manos augurándose una victoria inminente que muchos quisiéramos que no llegara nunca.

Que Valcárcel hablara la noche de las elecciones norteamericanas a un auditorio barcelonés fue una venturosa coincidencia que debiéramos aprovechar. Había sido convocada para poner el broche de oro al ciclo de debates El feminismo y los derechos de igualdad y equidad de género: realidad actual y retos de futuro, organizado por la Obra Social La Caixa y la Fundación de Amigos y Amigas de Maria Aurèlia Capmany, ilustre feminista fallecida hace un cuarto de siglo y de cuyo ensayo más emblemático, La dona a Catalunya —considerado aquí análogo a El segundo sexo—, se cumplen 40 años. ¿Por qué no colegir pues de esa coincidencia que si algo o alguien amenaza la democracia, amenaza en consecuencia el feminismo?

Protestas el pasado 9 de noviembre alrededor del City Hall, en Los Ángeles (California). ampliar foto
Protestas el pasado 9 de noviembre alrededor del City Hall, en Los Ángeles (California). REUTERS

¡Feministas del mundo, uníos! Por tercera, cuarta, enésima o centésima vez desde la ilustrada Ilustración, unámonos en nombre de la igualdad de derechos y del derecho a las diferencias. Mientras esperamos que las izquierdas se aclaren, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera, y empiecen a demostrar altura de miras y una verdadera conciencia de a qué clase de enemigo se enfrentan, que el feminismo empiece a boicotear a Trump cada vez que lance uno de sus exabruptos no estaría de más. Por eso, desde aquí animo a usar en las redes sociales el hashtag #BoicotTrump. Algún día Occidente nos lo agradecerá.

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