_
_
_
_
África No es un paísÁfrica No es un país
Coordinado por Lola Huete Machado

El Festival de Cine Africano volvió a Tarifa y zarpó a Tánger

Analía Iglesias

Irse o matarse. O seguir y hacer cine. La primera disyuntiva es la de algunos de los protagonistas de películas crudas y sublimes de jóvenes africanos sobre jóvenes africanos. La segunda posibilidad, la de hacer cine, y resistir, es la ruta que tomaron algunos de esos jóvenes que hoy muestran sus trabajos en la 13* edición del Festival de Cine Africano, que se celebra conjuntamente -por primera vez- en Tarifa (España) y Tánger (Marruecos), hasta el 4 de junio.

En homenaje a sus amigos desesperanzados, en celebración de sus pueblos castigados, con dolor, en un ejercicio catártico, algunos de estos jóvenes cineastas están pariendo obras que van dejando huella artística y social, desde el sur del Sahara, donde el Atlántico se une con el Índico, hasta el Estrecho, donde el Atlántico penetra hacia el Mediterráneo. De Sudáfrica a Marruecos, pasando por Burkina Faso, Madagascar, Isla Mauricio, Lesotho, Guinea Ecuatorial, Camerún, Mali, Etiopía, Nigeria y Sudán, llegando a Túnez, Argelia y Egipto.

Los chicos perdidos de los suburbios ricos de Johannesburgo, los de la generación post-Apartheid en la Sudáfrica de hoy, según 'Necktie Youth'.

Poco hay de previsible en estas películas que han hecho despegar una edición del FCAT que ciertamente ensancha el horizonte, por esto de estar en dos continentes, al mismo tiempo, amplificando estas voces necesarias. Hablamos, especialmente, de algunos títulos de los primeros días: de la excelente Necktie Youth del sudafricano Sibs Shongwe-La Mer (que habia abierto nada menos que la sección Panorama de la Berlinale, el año pasado, pasó por Tribeca y Venecia); del movilizador documental argelino Fi rassi rond-point (algo así como tener una rotonda en la cabeza), de Hassen Ferhani, y de Starve your dog ("Hambrea a tu perro"), del marroquí Hichan Lasri (que también estuvo este año en la Berlinale).

En las tres se menciona la idea de que la realidad es tan dura que a la gente le dan ganas de tomar bruscamente un atajo. Trágico. Los tres directores andan en los veintipocos y treinta y algo, con ganas de arte, sensibles a lo que sus sociedades chillan, aun en gritos sordos. Ninguno es complaciente ni estilística ni moralmente con lo que las almas biempensantes esperan del paisaje social africano. No hay complacencia con los suyos, ni estética para turistas. Por eso se permiten hablar hasta del suicidio.

Tráiler de la sudafricana 'Necktie Youth'.

Johannesburgo, sus suburbios ricos, los chicos de la primera generación post-Apartheid ya no se relacionan por el parecido en el color de piel, ni se segregan. El corte es otro, como en el resto del mundo capitalista: perdidos y encontrados por el dinero (en este caso, el de sus padres), se emborrachan y se atiborran juntos de pastillas y diversiones caras, neggers y blancos. Sus padres, negros y blancos, sonámbulos por las mansiones, en algunos de cuyos salones cuelga el retrato del héroe nacional. Y cámaras de seguridad, y personal de servicio. Se parece al resto de África, estos países exultantes de nuevos ricos, y la desigualdad enorme, sin embargo.

Hay un espíritu Coetzee en el filme; esto es, la desgracia compartida, el dolor de todos. Estos chicos tratan de encontrar respuestas al suicidio de una amiga, en los pocos instantes en que se permiten la lucidez de la reflexión. Sus preocupaciones no tienen nada que ver con el color de sus pieles y sí con la incapacidad de vivir en paz, en un camino elegido, con un sentido en cada paso, o un bienestar propio y amable con la comunidad.

"Yo nací en 1991, muy cerca del fin del Apartheid, que fue en 1994. Es decir, mi generación nació libre. Yo no tengo nada que decir contra Nelson Mandela (claro que hay un cierto consenso sobre algunas inconsistencias), y es que estábamos a punto de entrar en una guerra civil", explica a nuestro Blog África... el director de Necktie Youth ("jóvenes colgados"), que ahora -y a tono con el deseo de su personaje en el filme- vive en Los Ángeles. Esa tensión social está lejos de haber sido superada, o ha cambiado de contornos, pero continúa. Es tiempo de redefinición social y del sistema político, nos dice el director, y el cine tiene que reflejar esa perplejidad de los jóvenes y la sociedad contemporánea. Y en el caso de Shongwe-La Mer fue quizá el suicidio de su novia, a los 15 años, lo que lo convirtió en este artista que a los 22 terminaba su primera película, dura y sanadora. Asiente.

Del dolor nace la inspiración, y quién sabe si no, el sentido de la vida.

'Fi rassi rond point', del argelino Hassen Ferhani, o la clase obrera norafricana no va al paraíso.

Del docu-ficción Starve your dog, hablamos aquí, hace unos meses. También de la gente desesperada de este Marruecos fulgurante, en crecimiento, pleno de clases medias con solvencias nuevas, aspiraciones, y heridas sociales y políticas bastante recientes, todavía abiertas. Por su parte, el argelino Hassen Ferhani nos conmueve a palazos en un matadero de Argel. Fi rassi rond-point es una película intensa, imprescindible para comprender la desazón de la clase obrera en los países norafricanos. La contracara de los suburbios ricos, otra desesperación del sinsalida.

También están las senegalesas de la medina de Casablanca, buscándose la vida, siempre de paso pero en el mismo lugar, según la marroquí Raja Saddiki, en Aji-Bi, les femmes de l’Horloge ("las mujeres debajo de la torre del reloj"). Sin abandonar Marruecos, en La orquesta de ciegos está la vida de otros tiempos a la que le rinde homenaje y comprensión el cineasta Mohamed Mouftakir (hablábamos del filme en esta crónica). E imperdible (de nuevo lo recomendamos), la meditación del cineasta experimental Ben Rivers, The sky trembles and the earth is afraid and the two eyes are not brothers, trasuntando el macizo del Atlas, espiritual y enigmático (la cinta abona la sección llamada 'Para raros, nosotros').

Desde Burkina Faso, ese país de África Occidental sin salida al mar, replegado sobre sí mismo y sus hábitos ancestrales, ha desembarcado, asimismo, Farafin Ko: une cour entre deux monde ("un patio entre dos mundos"), de Choé Aicha Boro y Vincent Schmitt, un documental sobre lo mucho que habría que discutir acerca de mandatos patriarcales en sociedades hoy tironeadas entre sus culturas y la occidentalización. Su directora apuesta por un alegato contra la poligamia, que resta energía, dinero, buen humor y salud mental a las mujeres atrapadas en esas familias extendidas, sin opinión posible, haciendo supercherías a escondidas.

'Farafin Ko: une cour entre deux mondes', la vida de las mujeres en Burkina Fasso, según Chloé Aicha Boro y Vincent Schmitt.

En el FCAT 2016, hasta el próximo fin de semana, pueden verse las producciones de 26 países, 17 de ellos africanos, entre los que destacan Marruecos, con once películas; Argelia y Egipto, con cinco; o Sudáfrica, con cuatro, al igual que Túnez. Se distribuyen en las dos secciones competitivas ('Hipermetropía' y 'En Breve') y en otras cinco no competitivas: 'AfroScope', 'Si Tánger me fuera contada', 'África en Ritmo', 'Estrechando' y la mencionada 'Para raros, nosotros'.

Fuera de programa, muy destacable resulta la experiencia de La Radio de las Dos Orillas, un taller de radio que arrancó en Tánger, en el que alumnos secundarios de ambos países se ponen a prueba en las lides periodísticas, haciendo entrevistas y comentando el Festival.

"Encontré genial esta idea de hacer la 13º edición del FCAT -que ha vuelto a Tarifa- a ambas orillas", nos comenta Malika Chaghal, directora de la Cinemateca de Tánger, ese espacio referencial que acoge la actividad del festival del lado africano. Valioso "poder trabajar sobre las dos ciudades y sobre los dos continentes, y mostrar cine africano en esta ciudad africana. Pasamos las películas de la sección oficial con una pequeña diferencia de horario, así es que los realizadores van de aquí para allá con el ferry, presentándolas. Por lo demás, estamos expectantes por el Premio del Público que se concederá en las dos sedes", concluye Chaghal.

Porque desde cada esquina del bulevar Mohammed V de Tánger se ve España, y porque desde España debería ser imposible dejar de pensar en Marruecos, y en África.

Comentarios

Un post de los mejores de cine que he leido

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Analía Iglesias
Colaboradora habitual en Planeta Futuro y El Viajero. Periodista y escritora argentina con dos décadas en España. Antes vivió en Alemania y en Marruecos, país que le inspiró el libro ‘Machi mushkil. Aproximaciones al destino magrebí’. Ha publicado dos ensayos en coautoría. Su primera novela es ‘Si los narcisos florecen, es revolución’.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_