Acabar con la tuberculosis, un reto ambicioso pero no imposible

¿No debería ser una prioridad para las autoridades sanitarias internacionales y los gobiernos de todos los países terminar con la enfermedad infecciosa más mortal?

Abdhullah Mohammed, de 54 años y recién curado de tuberculosis, en su domicilio de Chennai (India).

¿Te imaginas que tu ciudad se quedase desierta en un año? ¿Te imaginas que todos los habitantes de una capital como Barcelona desaparecieran al año por culpa de una enfermedad perfectamente curable? Algo así pasa cada año en el mundo, donde mueren 1,5 millones de personas por la tuberculosis. Sorprendentemente, siendo la enfermedad infecciosa que más mata, es también una de las más rentables para invertir —por cada dólar invertido se estiman 85 en beneficios—. Si se ha conseguido eliminar la viruela de la faz de la Tierra y abrazamos iniciativas de eliminación para otras enfermedades infecciosas (como la polio, el sarampión o la malaria), ¿por qué no hacemos lo mismo con la tuberculosis?¿No debería ser una prioridad para las autoridades sanitarias internacionales y los gobiernos de todos los países?

Sabemos que la tuberculosis es una de las enfermedades humanas más terribles que se conocen y que lleva con nosotros desde tiempos inmemoriales. Su presencia ha acompañado a la humanidad y se ha reflejado en novelas, películas, óperas y hasta en el folclore popular y en los tangos. Es una enfermedad universal que afecta a todos los países, especialmente a aquellos más pobres. En los últimos años ha crecido el número de casos de tuberculosis resistente a los fármacos más utilizados, lo cual hace que los pacientes tengan que tomar tratamientos mucho más prolongados y tóxicos, amenazando los logros obtenidos hasta la fecha en el control de la enfermedad. Además, se cree que un tercio de los casos nunca llega a diagnosticarse. Sin embargo, y a pesar de estos desafíos, muchos países endémicos de tuberculosis han experimentado notables descensos en el número de casos y en mortalidad por tuberculosis, hasta el punto que ha dejado de ser un problema de salud pública. A nivel global, la mortalidad se ha reducido en un 47% desde 1990. En España, los casos de tuberculosis se han reducido casi a la mitad desde el año 2000.

Por otro lado, para eliminar la tuberculosis, tenemos que evitar que nuevas personas se infecten. Se cree que un tercio de la población mundial está infectada por el bacilo que causa la tuberculosis, aunque solo un 10% desarrollará la enfermedad a lo largo de su vida. Esto quiere decir que la eliminación, según la definición clásica de desaparición total de la enfermedad de una región, se antoja complicada, por lo menos en unos horizontes similares a los que se plantean para otras enfermedades. En el caso de la tuberculosis, se ha establecido —no sin cierto debate— que la barrera para considerar “eliminación” se establezca en menos de un caso por millón de habitantes al año en el mundo. Es decir, que conseguiríamos la eliminación de la enfermedad con 7.400 casos anuales si la población no continúa expandiéndose.

¿Con qué herramientas contamos?

Tenemos varias herramientas para hacer frente a la tuberculosis, todas ellas imperfectas. En primer lugar, tenemos una vacuna, la BCG, que a pesar de ser la más utilizada en el mundo no protege contra las formas pulmonares en adultos, las más frecuentes, por lo que se cree que apenas tiene impacto en la reducción de casos.

Disponemos de herramientas diagnósticas útiles, pero algunas (las moleculares) son demasiado caras para su implementación en los países más pobres y otras (los cultivos) tardan mucho en dar resultados. Muchas tuberculosis, aun así, no se confirman por laboratorio, con lo que diagnosticarla y decidir iniciar tratamiento es casi siempre un reto.

Existen tratamientos efectivos, aunque demasiado largos (seis meses generalmente, pero pueden ser dos años si es tuberculosis multirresistente) para que adherencia a los mismos no sea siempre un desafío.

Por otro lado hay estrategias de búsqueda activa y cribado de contactos que han hecho reducir la tuberculosis considerablemente en algunos países. La prevención farmacológica en aquellos pacientes infectados, si bien ha demostrado su capacidad preventiva, tiene retos importantes de adherencia y su eficacia ha sido cuestionada en contextos de alta transmisión.

Objetivos ambiciosos, pero no imposibles

La OMS se ha fijado como meta post 2015 el reducir las muertes por tuberculosis en un 95% y la incidencia de nuevos casos en un 90% entre 2015 y 2035, lo que correspondería a menos de 10 casos de enfermedad por 100.000 habitantes y año, la barrera de considerar a la tuberculosis un problema serio de salud pública. Para lograrlo tendremos que aumentar la tasa de descenso anual observada en los últimos años de un 1,5% a alrededor del 15%. Asimismo, para 33 países que han conseguido ya esta meta, se aspira a tener menos de un caso por 100.000 habitantes en 2035 y la eliminación de la enfermedad en el año 2050. ¿Ambicioso? Sí. ¿Imposible? No.

La financiación actual, ya sea para programas de control de la enfermedad o para investigación, no es suficiente si queremos lograr esas metas. Se estima que sería necesaria una inversión de 2.700 millones de dólares anuales para ello. Sin un compromiso político y financiero a escala global y sin nuevas herramientas que contribuyan a acelerar la reducción de casos y muertes, la eliminación de la tuberculosis será un mero sueño.

Alberto García-Basteiro es investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) en el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), Mozambique.