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La cara B de las empresas

El grupo Laureate o Triodos Bank, entre otras, han asumido el reto de encontrar una razón de ser que vaya más allá de la exclusiva persecución del beneficio

Ben & Jerry’s ha sido un ejemplo de responsabilidad social corporativa.
Ben & Jerry’s ha sido un ejemplo de responsabilidad social corporativa. Corbis

En el año 1978, y tras seguir un curso de fabricación de helados artesanales por correspondencia, los dos amigos de toda la vida y exhippies Ben Cohen y Jerry Greenfield abrieron su primera heladería en una antigua gasolinera del centro de la ciudad de Burlington, en Vermont. Se trataba del nacimiento de la icónica compañía Ben & Jerry’s.

Durante más de veinte años, Ben & Jerry’s fue un ejemplo de responsabilidad social corporativa, implicándose en diversas causas sociales, interesándose por el impacto que su actividad tenía en el medio ambiente e impregnando de humanidad y valores las relaciones que establecía con sus empleados, proveedores y clientes. Su manera de hacer fue su mejor herramienta de marketing, y eso le permitió crecer de forma exponencial hasta que en 1999 sus fundadores recibieron una oferta por parte de la multinacional Unilever que –literalmente– no pudieron rechazar.

La lógica es la siguiente: una empresa, hoy día, es una sociedad fundada con el explícito propósito de brindar el máximo beneficio económico a sus accionistas. Si aparece un comprador que ofrece una suma que la propia compañía no está en condiciones de igualar, no vender implica defraudar a los accionistas y exponerse a las sanciones legales que ello pueda conllevar. Algo como eso fue lo que le ocurrió a Ben & Jerry’s.

Su caso, explica Pablo Sánchez, es el más representativo de aquellos que hicieron saltar las alarmas: algo se nos había ido de las manos. Como el monstruo del doctor Frankenstein, el sistema que habíamos creado podía obligarnos a actuar en contra de nuestros propios intereses. Alertados por esta perversión legal, un grupo de empresarios estadounidense fundó en 2006 B Lab, organización que se dedica a otorgar el certificado de B Corp a aquellas empresas que se muestren decididas a cambiar las reglas de juego. En 2014 esta iniciativa llegó a Europa y se creó B Lab Europe. Desde hace un año, Pablo Sánchez es su representante en España.

No se trata de una simple declaración de intenciones, explica Sánchez. Más allá de fijar ciertos estándares sociales y medioambientales, convertirse en una B Corp implica transformar los fundamentos mismos de la empresa, de modo que se pasa de defender exclusivamente los intereses de los accionistas a defender los de todos los grupos de interés, como pueden ser los empleados, el medio ambiente o la comunidad en general. Así, cualquier decisión que perjudique a cualquiera de ellos puede tener consecuencias legales para quien la toma.

Hoy en España sólo hay 11 empresas que hayan conseguido el sello B Corp; entre otras, la agencia de comunicación 1000friends, el grupo de universidades Laureate o Triodos Bank. Todas han asumido el reto de encontrar una razón de ser que vaya más allá de la exclusiva persecución del beneficio para poner el foco en el modo en que afectan a su comunidad.

¿Cuántos directores de empresas estarían dispuestos a operar bajo un estatuto que los juzgue más allá de la rentabilidad económica que consigan? O dicho de otro modo: ¿es el beneficio económico el único factor que debemos tener en cuenta a la hora de medir el éxito de una empresa? Seguramente las B Corp no den una respuesta definitiva a estas preguntas, pero se trata sin duda de un buen lugar desde el que sentarse a pensarlo.

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