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El falso ascetismo de Steve Jobs

El libro 'Menos es suficiente' analiza el espacio mínimo que se necesita para vivir y alerta sobre el peligro de la tecnología

Steve Jobs, en su casa de Woodside, California, en 1984. La imagen forma parte del provocador documental Steve Jobs: The Man in the Machine (2015), en el que su director, Alex Gibney, ahonda en las contradicciones del fundador de Apple. magnolia pictures

Hay una escasez de la que no se habla y sin embargo define nuestra era: la escasez de atención. La propicia el estado de distracción permanente que impulsan los cada vez más sofisticados medios de comunicación. “Distracción productiva”, lo llama el arquitecto italiano Pier Vittorio Aureli (1973) en su ensayo Menos es suficiente (Gustavo Gili), que acaba de traducirse al castellano. El libro analiza el espacio mínimo que se necesita para vivir, pero también alerta sobre el peligro al que nos aboca la tecnología enganchándonos a trabajos sin horario. Este profesor de Yale y de la Architectural Association de Londres denuncia además el daño causado por el falso ascetismo de Steve Jobs.

La crítica se basa en que la forma de vida que implica todo lo que Jobs ayudó a concebir y producir no tiene nada que ver con la que él llevó. Aureli razona a partir de una imagen legendaria del cofundador de Apple en su casa. Estamos en 1982. Tiene 27 años y abundante pelo. Hace cinco que es millonario. Mira al objetivo sin gafas, sentado en el suelo. La casa está vacía. “Estaba soltero: todo lo que necesitaba era lo que aparece en la foto”, explicó el fundador de la marca que, tras su muerte, logró los mayores beneficios de la historia (48.800 millones de euros en 2015). A su biógrafo Walter Isaacson le confirmó sus prioridades: “Mi vida es sencilla. Tengo una familia y tengo Apple y Pixar. No hago mucho más”.

Es significativo que dos mundos como Apple y Pixar se describan como poco. Steve Jobs, la película dirigida por Danny Boyle con guion de Aaron Sorkin, abunda en esas contradicciones de un Jobs interpretado por Michael Fassbender. Al final, el ascetismo de la escuela alemana de Ulm se convirtió en un estilo –una vestimenta cercana a los electrodomésticos Braun de Dieter Rams– aplicado a Apple de la mano del diseñador Jonathan Ive.

A Aureli se le podría discutir que la casa de Jobs en Los Gatos (California) era un lugar más sobrio que austero. Basta con volver a mirar la foto –una instantánea que ha sido objeto de imitación constante en la Red–. La vivienda estaba efectivamente vacía, pero los magníficos ventanales, la madera del suelo o la moldura junto a la chimenea delatan el espacio burgués de 1.350 metros que en realidad era. Así, no sabemos si Jobs fue un hombre sencillo, pero podemos afirmar que, por lo menos, quiso parecerlo.

Diana Walker, la fotógrafa que lo inmortalizó esa tarde en su casa, fue la retratista de la Casa Blanca para la revista Time durante dos décadas. Por sus objetivos pasaron las vidas cotidianas de varios presidentes: de Reagan a Clinton. También la de Steve Jobs. Hagan una búsqueda en Internet. En todos sus retratos públicos Jobs aparece con poco. En casi todas las fotografías personales está sentado en el suelo. Descalzo, con la famosa taza de té. Generalmente viste vaqueros, con frecuencia su legendario jersey de cuello de cisne negro y solo en las fotos de juventud aparece junto a ordenadores.

La tecnología a la que Jobs dedicó su ascética vida es la que ha interrumpido drásticamente en nuestra existencia cualquier posibilidad de control sobre uno mismo. La era digital afronta ese dramático descenso en nuestra capacidad de concentración. No es que la distracción sea mala, lo que Aureli ve peligroso es que hayamos convertido esa distracción en otra forma de producción “dedicando cada fracción de nuestra vida a trabajar”. Así, aunque recurre al poeta Friedrich Hölderlin para recordar que “donde hay peligro crece también lo que nos salva”, concluye que “la esquizofrenia de emparejar los recortes al Estado de bienestar con el estímulo al consumo individual define nuestro universo”. La innovación vacía de valores humanos es una de sus consecuencias.

elpaissemanal@elpais.es