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Sin riesgo no hay nuevos fármacos

El accidente en un ensayo clínico en Francia la semana pasada con una víctima mortal es el primero grave desde 2006 después de unos 12.500 experimentos similares

Una trabajadora procesa una muestra en un laboratorio. Vídeo: Atlas

A finales del siglo XVIII, el médico inglés Edward Jenner observó que las ordeñadoras que se infectaban con la viruela de las vacas se volvían inmunes a la viruela humana que entonces asolaba Europa. En un ensayo clínico que hoy se consideraría criminal, tomó líquido de las pústulas de estas mujeres y se lo inyectó a un niño. Después, para comprobar si había quedado protegido frente al virus humano le inoculó el microorganismo mortal. El niño sobrevivió y la vacuna convirtió en tratable una enfermedad que mataba a más de 400.000 personas al año solo en Europa.

Desde entonces, triunfos de la medicina como el de Jenner han prolongado la vida y han reducido el número de dolencias temibles para el ser humano. Y también han cambiado lo que consideramos un riesgo asumible a cambio de un progreso científico. Ahora, los ensayos clínicos están sometidos a estrictas regulaciones que tratan de seguir descubriendo nuevos fármacos con los que combatir enfermedades reduciendo al máximo los riesgos. Sin embargo, como se comprobó la semana pasada en Francia, el riesgo no se puede eliminar del todo. Allí, un fármaco del laboratorio portugués Bial para tratar la ansiedad y los problemas motores relacionados con el párkinson y el dolor en personas con cáncer provocó la muerte de un voluntario y daños graves a otros cuatro.

El fármaco que causó el último accidente en un ensayo clínico en fase I se ha vuelto a poner a prueba en menores dosis

“Todos los medicamentos, si tienen algún efecto, tienen riesgos”, explica Cristina Avendaño, presidenta de la Sociedad Española de Farmacología Clínica. “Lo que hacemos con la investigación y los ensayos clínicos es asegurarnos que esos riesgos queden compensados por los beneficios”, añade. En ese camino, primero se ponen a prueba compuestos en cultivos celulares y en modelos animales. En el proceso se buscan moléculas con potencial para tratar enfermedades y se empiezan a conocer sus posibles efectos secundarios. A partir de ahí, con los fármacos más prometedores se inician ensayos en humanos.

El inicio de esos experimentos es la fase I. En esta etapa inicial, en la que estaba el medicamento de Bial, el objetivo es comprobar la seguridad del medicamento. Por ese motivo, salvo en medicamentos muy tóxicos, como los que se emplean contra el cáncer, los voluntarios en los que se prueban las nuevas moléculas son personas sanas, menos vulnerables a los posibles efectos secundarios. En la fase I, se busca comprobar la seguridad del medicamento y para hacerlo se incrementa progresivamente la dosis para ver cuál es la mayor cantidad del fármaco que se puede dar con los menores efectos no deseados. Después, en las fases II y III, se amplía el número de participantes y ya se estudia la eficacia del medicamento.

Aunque los efectos leves, como las náuseas, son frecuentes en los ensayos en fase I, los accidentes graves como el sucedido en Francia son muy raros. En estos ensayos, los pacientes están vigilados muy de cerca para reaccionar cuanto antes si se observa un efecto inesperado. La Agencia Europea del Medicamento (EMA) apunta que “desde 2007, se han llevado a cabo unos 12.500 ensayos clínicos de fase I sin que se haya informado de ningún incidente grave”. La EMA elige esa fecha porque justo el año anterior, en Reino Unido, se produjo otro accidente que recuerdan bien quienes trabajan en los ensayos clínicos. Un anticuerpo desarrollado por la compañía alemana TeGenero había mostrado posibilidades en la modulación de la actividad de muchos tipos de glóbulos blancos. Si las pruebas tenían éxito, serviría para tratar enfermedades autoinmunes o inflamatorias. Sin embargo, cuando seis de los voluntarios recibieron una de las ampliaciones en la dosis del fármaco, acabaron en cuidados intensivos. Aunque todos sobrevivieron, lo hicieron con secuelas como la pérdida de los dedos.

Aún se desconoce la identidad de la droga que provocó los efectos nocivos

Aquel caso, “llevó a revisar los requerimientos de seguridad, se identificaron algunos medicamentos con un mayor riesgo potencial y se establecieron garantías adicionales para estos medicamentos que actúan en el sistema inmune y pueden provocar una reacción en cadena imparable”, explica Avendaño. Otro factor que desempeñó una parte importante en el desastre es el incremento de la dosis a varios voluntarios a la vez en lugar de esperar a la reacción tras el aumento uno a uno.

“Ahora es necesario que los responsables del medicamento vuelvan a revisar de forma exhaustiva toda la información de los estudios preclínicos, para ver si hubo algo que se les pasó por alto en la investigación en animales, o estudiar si se han seguido todos los requerimientos regulatorios”, expica Emilio Vargas, responsable del Servicio de Farmacología Clínica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. “Pero también es posible que se haya hecho todo bien y que el incremento en la intensidad del efecto de la molécula que han desarrollado no sea proporcional, y al aumentar la dosis, aumente el efecto de forma exponencial”, añade. Los 90 primeros voluntarios que recibieron la dosis menor del medicamento se encuentran bien.

Investigación transparente

Los expertos insisten en la rareza de estos sucesos, pero también en que se deberá investigar con la mayor transparencia posible qué ha sucedido. Por ahora, no se ha hecho pública la identidad de la molécula que provocó el accidente, aunque se sabe que produce una acumulación en el cuerpo de endocanabinoides, unas sustancias que activan los mismos receptores neuronales que el cannabis. El propio jefe médico de la EMA, Hans Georg Eichler, ha criticado el secretismo de las farmacéuticas y la lenta reacción de su organización para mejorar la transparencia en esta industria.

En el ámbito médico y científico existe preocupación por el efecto que la repercusión mediática de este accidente pueda tener sobre una herramienta tan fundamental para la introducción de nuevas terapias. Aunque se considere descabellado asumir los riesgos de Jenner con la viruela hace más de dos siglos, renunciar a las pequeñas incertidumbres de los ensayos actuales, avisan, supondría sacrificar avances que se dan por supuestos pero solo son posibles gracias a los ensayos clínicos y a los voluntarios que, de manera altruista, participan en ellos.

De los accidentes, no obstante, como sucede en la industria aeronáutica, otro sector en el que la regulación de la seguridad es muy elevada, se tratará de obtener información que haga más seguras las pruebas de fármacos en humanos. Un ejemplo extremo es lo sucedido con el anticuerpo de TeGenero. La mejora de los tests del fármaco con células en tubos de ensayo permite prever la cantidad que puede desencadenar la reacción inmunitaria que provocó el desastre en 2006. Ahora, con una fracción de la dosis empleada entonces, el mismo fármaco está mostrando posibilidades en nuevos ensayos clínicos para convertirse en un tratamiento de la artritis reumatoide.

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