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El sueño de Maquiavelo

Yo sigo creyendo en la utilidad de distinguir entre la izquierda y la derecha, como en la de distinguir entre norte y sur

Soy de izquierdas. Siempre lo fui y es probable que siempre lo sea, porque, por mucho que uno quiera, a los 53 años ya no se cambia. Más vale aceptar que no estoy de moda: hoy, si uno es joven, lo que mola es decir que izquierda y derecha no existen y, si uno es mayor, exhibir una de esas rutilantes biografías de saltimbanquis de nuestros ancianos y entrañables sesentayochistas, que han pasado del maoísmo o el anarquismo o el estalinismo de su impetuosa juventud al nacionalismo o la derechona de su vejez venerable. Lo cierto es que yo sigo creyendo en la utilidad de distinguir entre la izquierda y la derecha, como en la de distinguir entre norte y sur, y que, si algún día voto a la derecha, me saldrán ronchas por todas partes, incluido el culo. Dicho esto, añadiré que entiendo que un votante de izquierda confíe su voto, digamos, a IU o al PSOE; lo que no acabo de entender es que, a menos que lo haga con el legítimo propósito de brillar en sociedad, se lo confíe a Podemos.

Vaya por delante que mi desconfianza atañe a la cúpula de Podemos más que a Podemos. Vaya por delante que bastantes de las propuestas actuales de Podemos me parecen sensatas y razonables. Pero vaya también por delante mi recelo ante el moralismo de Podemos: primero porque la virtud no se predica ni se exhibe, sino que se ejerce (a ser posible a escondidas: la virtud es secreta o no es), y segundo porque el énfasis en la moral delata casi siempre al inmoral. De hecho, si no fuera porque en democracia forma y fondo son casi lo mismo, yo diría que mi desconfianza es más de forma que de fondo. Sea como sea, me cuesta trabajo entender cómo puede confiarse en la cúpula de un partido que, en cuanto vislumbra el poder e intuye que sólo podrá alcanzarlo cambiando por completo de ideas, pasa en un pispás del bolivarismo vehementemente anticapitalista de la Venezuela real a la socialdemocracia sólidamente capitalista de una Dinamarca un poco inventada, y de echar la culpa de todo a la Transición a reclamar la vuelta del llamado espíritu de la Transición.

Recelo del moralismo de Podemos porque la virtud no se predica ni se exhibe, sino que se ejerce, a ser posible a escondidas

En septiembre de 2015, durante la campaña electoral catalana, Iglesias apelaba en Barcelona a las raíces de los inmigrantes del resto de España, como si Podemos quisiera ser un PP o un Ciudadanos de izquierdas, pero tres meses más tarde, después de que un pacto con soberanistas periféricos le permitiera obtener unos excelentes resultados en las elecciones generales y olisquear de nuevo el perfume inconfundible de La Moncloa, proclamaba a todas horas la plurinacionalidad del Estado y exigía un referéndum en Cataluña como condición sine qua non para apoyar un Gobierno en Madrid. Y lo hacía, además, con trampa, sin especificar de qué clase de referéndum hablaba –¿consultivo?, ¿vinculante?, ¿a la quebequesa?–, lo que equivale a no decir nada tratando de quedar bien con muchos y liando otra vez a todos al vindicar un derecho inexistente: el llamado derecho a decidir (se puede estar a favor de un referéndum, pero no de una aberración lingüística: el verbo decidir es transitivo). Esto no es de saltimbanquis: es de trileros. Algunos aprendices de Maquiavelo sostienen que lo que hace ahora Podemos es lo que hizo hace 40 años el PSOE, cuando para llegar al poder abandonó algunos de sus principios ideológicos. Es una flagrante falsificación de la historia: el PSOE tardó 5 años –no 5 meses– en pasar del marxismo teórico a la socialdemocracia práctica, y lo hizo en medio de grandes convulsiones externas, entre ellas el cambio de una dictadura por una democracia, e internas, entre ellas la dimisión de su secretario general.

En el fondo, por una vez, no se trata de derecha o izquierda. No hace mucho hablaba en esta columna de la diferencia que hacen los anglosajones entre politics y policy: la politics vendría a ser el arte de llegar al poder y permanecer en él; la policy, el arte de usarlo. No hay duda de que la cúpula de Podemos es especialista en la politics –al fin y al cabo está formada por profesionales del ramo–, pero no sabemos nada de su policy. Hay quien teme que, si la cúpula de Podemos llega al poder, se quite su máscara socialdemócrata y aparezca su rostro bolivariano; lo que yo temo de verdad es que detrás de la primera máscara aparezca otra, y luego otra y otra y otra. Y que al final no haya nada P elpaissemanal@elpais.es