REPORTAJE

Molenbeek, la guarida del yihadismo en Europa

En este barrio de bruselas los terroristas se camuflan entre los vecinos y el Estado Islámico intenta atraer a los jóvenes musulmanes sin futuro para que se enrolen en la yihad

Un viaje al interior de este territorio de la vieja Europa donde abundan las mezquitas, arrasa el desempleo y donde es tan fácil comprar un fusil de asalto como una dosis de hachís.

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Una boca de metro en el barrio de Molenbeek de Bruselas.

A sus 18 años, Anis andaba perdido. No tenía claro qué hacer con su futuro. Cuando por fin decidió que la fisioterapia era lo suyo, ya se había cerrado el plazo de inscripción en la universidad. Tendría que esperar hasta el año siguiente. Su madre, Geraldine Henneghien, le dijo que no pensara que se iba a tirar un año sin hacer nada; que, si no estudiaba, tenía que trabajar. Aquel fue el principio de una crisis personal que le iba a inducir a convertirse sin saberlo en el candidato perfecto para los reclutadores del Estado Islámico.

Estaba perdido. Anis, cuatrilingüe, asistía a numerosas entrevistas de trabajo, de las que salía siempre con la misma respuesta: “Ya te llamaremos”. No tardó en darse cuenta de que tener un nombre marroquí y ser de Molenbeek, un barrio de Bruselas con mala reputación, no le estaba ayudando. “Mi hijo estaba enfadado con la sociedad belga. Decía que a los musulmanes nos estigmatizan, nos discriminan”. Siempre me repetía: ‘Mamá, aquí no me consideran belga y en Marruecos me ven como extranjero’. No supe valorar la gravedad de su crisis de identidad”, relata Geraldine, una mujer rubia convertida al islam.

Pronto Anis dejó de buscar trabajo. Y sus padres empezaron a notar cambios. Le preocupaba la situación de Palestina. Luego fue Siria. “Soy musulmán y no puedo permitir que masacren a nuestro pueblo. A ningún país le importa lo que pasa allí”, clamaba. Anis, a quien de pequeño había que empujarle para ir a la mezquita los viernes, empezó a rezar cinco veces al día. Geraldine, su madre, averiguó más tarde que por los alrededores del templo rondaba un tipo que se acercaba a los jóvenes, les explicaba el horror que padecían los sirios y les animaba a hacer algo por sus hermanos. Un día Anis anunció que se iba de casa y que tenía planeado viajar a Siria. Geraldine comprendió que no había tiempo que perder, que aquello iba en serio. Se presentó con su marido en una comisaría para suplicar que prohibieran a su hijo salir del país. La policía les explicó que para eso debían considerarle miembro de un grupo terrorista. Los padres dieron su consentimiento.

“Mamá, abriré la puerta del paraíso para ti", dijo Anis desde la violenta Siria

A finales de enero del año pasado Geraldine recibió una llamada. Pensó que sería su hijo, que le iba a echar una bronca por entrometerse en su vida e impedirle viajar. Era su hijo, sí, pero llamaba desde Turquía, a punto de cruzar la frontera con Siria. Después se enteraron de que un juez belga dictaminó que, al ser mayor de edad, no podían impedir el viaje. El problema es que nadie se lo comunicó a Geraldine y ya era demasiado tarde. “Mamá, no llores. Voy a ayudar a la gente. Abriré la puerta del paraíso para ti”, le aseguró por teléfono. Una vez por semana la llamaba desde Siria. “Mamá, tienes que venir aquí. No puedes seguir trabajando con hombres y con kufar [infieles]”. En Siria se casó con una chica francesa “para repoblar el mundo islámico”. Pasó temporadas en algunos de los rincones más peligrosos del conflicto sirio: en Raqqa, Alepo y Deir el Zor.

El relato de esta familia es calcado al de cientos de familias de Bélgica, el país con el mayor número de europeos en proporción luchando en Siria y que los atentados de París han puesto en el punto de mira. Tres de los terroristas que bañaron de sangre la capital francesa procedían de Bélgica, en concreto de ese mismo barrio de Molenbeek. Las pesquisas iniciales indican que fue en este municipio donde se idearon parte de los ataques. Apuntan también a posibles errores policiales y políticos. Hasta qué punto han fallado los servicios de seguridad belgas y de coordinación con las autoridades francesas es algo que solo las investigaciones internas en marcha determinarán con exactitud. Sobre el terreno, Bélgica ha pisado el acelerador de las reformas legales y los recortadísimos servicios secretos están recuperando efectivos. Mientras, los habitantes de Molenbeek viven una sucesión de redadas policiales como el enésimo síntoma de la discriminación contra los musulmanes. La distancia que les separa del resto de los belgas se amplía y esos sentimientos de división solo benefician a los reclutadores del Estado Islámico. Los extremistas agitan y alimentan un discurso binario, de víctimas (musulmanes) y verdugos (Occidente), que cala muy hondo en jóvenes musulmanes como Anis y para los que la muerte de niños en Siria y la discriminación de los musulmanes en Europa son apenas distintas caras de una misma moneda.

La conexión de Molenbeek con el terrorismo internacional no es nueva. El asesinato de Ahmed Shah Masud, adversario de los talibanes, en Afganistán en 2001; la matanza de Madrid en 2004, el atentado contra el Museo Judío de Bruselas el año pasado o el ataque contra el Thalys de París este año son solo algunos de los atentados con conexiones con este barrio. El yihadista más joven conocido, Yunes Abaaoud, de 13 años, también salió de aquí el año pasado. Voló rumbo al paraíso en el mismo avión que Anis y ahora ha jurado volver a Europa para vengar la muerte de su hermano Abdelhamid, cerebro de los ataques de París. Molenbeek es un barrio incrustado en el corazón de la zona Schengen de la UE, con una fuerte presencia musulmana e ideal para camuflarse y ejercer de base de operaciones.

Soldados del Ejército belga patrullan las calles de Molenbeek.

Este barrio bruselense no es un gueto al estilo de las banlieues parisienses. Para empezar, porque se puede caminar por él sin peligro y entablar conversaciones con los vecinos sin temor, porque aquí casi todo sucede de puertas adentro. También porque está pegado al centro de Bruselas, separado apenas por un canal navegable de la calle de Antoine Dansaert, la más chic de la ciudad, donde los diseñadores locales exponen sus más refinadas creaciones. De la plaza de Molenbeek a la Grand Place, epicentro del chocolate y la cerveza de Bruselas, hay unos 15 o 20 minutos andando. La distancia mental que separa a los habitantes de Molenbeek, en su gran mayoría de origen marroquí, del resto de ciudadanos es, sin embargo, abismal. Entre los sentimientos que albergan los jóvenes musulmanes del barrio –también los triunfadores que trabajan– domina el de discriminación y racismo por parte de los que ellos llaman “los blancos” o “los belgo-belgas”, es decir, los que no son de origen magrebí.

Aquí viven unas 100.000 personas entre la parte alta y adinerada del barrio y el viejo Molenbeek, más deprimido y con mayor concentración de inmigrantes. Tienen hasta 100 nacionalidades y hay unos 4.000 indocumentados, pero sobre todo los musulmanes de origen magrebí han hecho de este barrio densamente poblado y apodado “el pequeño Manchester” su hogar. Fue en los años sesenta y setenta cuando llegaron los campesinos turcos y los marroquíes después de que sus Gobiernos firmaran acuerdos bilaterales con Bélgica para venir a trabajar a la industria instalada a lo largo del canal. Al arribar al viejo Molenbeek ocuparon el vacío que dejaron los obreros que habían tomado el ascensor social y se habían mudado a la parte alta del barrio, más allá de la vía de tren.

Hoy el paisaje humano de la parte vieja del barrio es predominantemente magrebí. En los cafetines los hombres conversan y juegan al parchís, y en las confiterías los dulces chorrean miel y pistachos. Dentro de los comercios, las huchas de lata acumulan donativos para Siria. En un chaflán, grupos de hombres fuman a las puertas de un café y en otra esquina se entregan al trapicheo. Una mujer se cruza con chador hasta los pies y guantes negros que impiden que nadie vea ni un centímetro de su piel, pero también pasa otra chica en minifalda. En la plaza del Ayuntamiento, a las puertas de una tienda de telas, sobre una maniquí de unos tres años cuelga una jalabiya hasta los pies y un velo oscuro le cubre la cabeza de plástico. Enfrente, en una de las típicas maison de maître belgas, con bonitas y estrechas fachadas, un nombre escrito en el telefonillo destaca sobre los demás: Abdeslam. Es la casa de la familia de dos de los terroristas de París, a escasos metros de la sede municipal.

En Molenbeek la religión está de moda. La población se ha vuelto más conservadora y las terceras generaciones de inmigrantes encuentran en ella un salvavidas identitario. Ya no quedan apenas cafés mixtos y las barbas largas son cada vez más visibles. Las jóvenes madres se reúnen para tomar té a la menta con pastas mientras ven programas religiosos en la tele y las academias de ciencias islámicas hacen su agosto. El desembarco en el barrio de supuestos sabios rigoristas y la distribución masiva y gratuita de textos saudíes han contribuido a que la interpretación literalista del Corán y la ortodoxia en la práctica religiosa hayan ido ganando terreno. En la plaza principal de Molenbeek está la gran comisaría de policía. La nube de periodistas que ocuparon el bulevar los días posteriores a los atentados de París se ha esfumado. Ahora quedan los puestos del mercado el jueves, las furgonetas de la policía y un blindado del Ejército. Dentro, el comisario y portavoz Johan Berckmans da a entender que andan a ciegas y dice que necesitan más policías de origen magrebí. De los 900 que se registran en Bruselas Oeste, calcula que apenas una veintena habla árabe. Cuatro policías forman parte de la célula de radicalización que vigila los movimientos extraños entre los vecinos y dan parte a la policía federal. Las observaciones del comisario Berckmans sobre el terreno coinciden en el calendario con el recrudecimiento de la guerra de Siria y el auge del Estado Islámico. “Las salidas a Siria empezaron a aumentar hace dos o tres años”.

Según un comisario, “las salidas a Siria comenzaron hace dos años”

Berckmans explica que el barrio tiene además un problema de drogas, sobre todo de hachís, pero cada vez más de cocaína y heroína. Es lo que aquí se conoce como la “economía secundaria”. Las armas también circulan con cierta libertad. “Periódicamente encontramos armas en domicilios. Hay un circuito ilegal y, sí, se pueden comprar pistolas y Kaláshnikov. A menudo son piezas desmontadas que vienen del Este”. Mientras habla, el ruido de las hélices de un helicóptero anuncia la enésima redada.

En 2010 salieron los primeros yihadistas a Somalia desde Molenbeek, “provocando no poca admiración en el vecindario, que los consideró héroes humanitarios, algo así como brigadistas internacionales”, explica Johan Leman, un veterano antropólogo que trabaja con jóvenes en el barrio. En 2012 comenzó la gran oleada rumbo a Siria, que alcanzó su pico más alto el año pasado. Ahora, una decena de jóvenes salen cada mes de Bélgica, es decir, al menos dos a la semana. La mitad de ellos son desconocidos por los servicios de seguridad, según los cálculos de Claude Moniquet, director del European Strategic Intelligence and Security Center, un think tank especializado en terrorismo. En Siria trabajan como Anis en puestos técnicos, de albañiles, médicos y profesores. Medio centenar son combatientes y otro medio policías o guardas de prisión, asegura Moniquet.

Una decena de fuentes describen con detalle cómo se recluta en Molenbeek: primero, los reclutadores salen al encuentro de los jóvenes a los cafés, a los gimnasios, a las puertas de las mezquitas o de los supermercados –uno que se ponía en el Aldi, por ejemplo, era de todos conocido–. Reparten folletos sobre el sufrimiento de civiles en Siria y establecen contacto con los jóvenes que se dejan. Hay reclutadores que vienen de otros países –europeos o del Golfo– y los hay también locales. Enseguida se corre la voz de que han llegado al barrio y se organizan encuentros. A partir de 2013, tras la detención de los integrantes de Sharia4 Belgium, la gran incubadora de la radicalización en Bélgica, el reclutamiento deja de ser a plena luz del día y se realiza en reuniones clandestinas en casas y garajes y en las redes sociales. A los chicos agotados por el deporte les ponen a jugar a videojuegos de guerra y les martillean el cerebro con vídeos de niños sirios con brazos amputados. Consumen horas y horas de plegarias de los telepredicadores más extremistas, que explican que trabajar para un no creyente es lo mismo que trabajar para el enemigo; que los civiles europeos son culpables por haber votado a gobernantes que deciden bombardear países musulmanes. Si conduces el tranvía, eres cómplice de los infieles; si pagas impuestos, también, les dicen. Es parte del lavado de cerebro, que consiste en inocular una visión del mundo binaria –halal (permitido) / haram (prohibido)– que los reclutadores funden con calculada maestría con los sentimientos victimistas que albergan los que se sienten marginados en Europa. En el esquema de nosotros contra ellos, de buenos y malos, las ideas bárbaras penetran con mayor facilidad. Con la cabeza ya amueblada, llega el momento en que “se dejan atrapar por el viento caliente”, como explica Mohamed Yusufi, un imán conservador de la corriente Tabligh, en su casa de Molenbeek.

La policía registra a un visitante a las puertas de la comisaría.

Esto es lo que los investigadores llaman “radicalización de garaje”, un proceso individualizado. Porque, como en otras ciudades de Europa, en Bruselas las mezquitas han dejado de ser centros de radicalización. Están demasiado controladas y regentadas por imames incapaces de conectar con jóvenes llenos de dudas y a los que los predicadores youtubers responden con eficiente vehemencia. Uno de cada dos imames no habla francés y dos tercios proceden de su país de origen, de donde traen un islam tradicional, poco adaptado a la realidad europea. Predican como si estuvieran en su pueblo de Marruecos, cuentan la vida del Profeta y lo que sucede más allá de los muros de la mezquita no existe para ellos. “Los radicales han venido y se han encontrado a la gente perdida. Debemos tener un argumentario serio. Esta es una guerra dialéctica”, piensa Jamal Habbachich, que preside el consejo que representa a 22 mezquitas de Molenbeek. Hasta ocho familias llamaron a su puerta el año pasado pidiendo ayuda para evitar que sus hijos viajaran a Siria.

Habbachich habla en su mezquita de Molenbeek mientras levanta constantemente la mirada hacia las pantallas de las cámaras del recinto. Han recibido una carta con amenazas de muerte tras los atentados de París y ahora extreman la seguridad. En su opinión, son los pequeños centros de culto los que plantean más problemas. Allí van cambiando los imames sin control. “Empiezan a llegar fetuas de Oriente Próximo y los imames europeos no saben cómo reaccionar”. Habbachich critica a las autoridades belgas porque cree que “durante años han dado carta blanca a grupos para predicar y reclutar en nombre de la libertad de expresión”.

125 yihadistas han regresado. “controlarlos es muy difícil”, dice un exjefe de espionaje

Al menos dos de los presuntos terroristas de París figuraban en una lista de 85 personas radicalizadas que los servicios secretos belgas habían entregado al Ayuntamiento de Molenbeek. La lista para todo Bélgica suma 800 nombres e incluye a los que están en Siria o Irak (250), los muertos (75) y los que han vuelto (125), detalla Kristof Clerix, experto belga en asuntos de espionaje y seguridad. Controlarlos a todos es una tarea casi imposible, como reconoce Alain Winants, jefe de los servicios secretos belgas hasta 2014 y durante los ocho últimos años, coincidiendo con el auge del yihadismo. Winants recibe a EL PAÍS en el Palacio de Justicia de Bruselas, donde ahora ejerce de abogado general. Explica que en Bélgica han tardado muchos años en legalizar prácticas como las escuchas telefónicas y hay además un problema de recursos. Que con la crisis financiera llegaron también los recortes para los servicios secretos. “Se dejó de reclutar agentes y a los que se jubilaban no se les reemplazaba. Llegó un momento en que era imposible cortar más. Vigilar a un individuo 24 horas al día requiere unas 15 o 20 personas por sospechoso”. Tras los ataques de París, los políticos han aprobado una partida de 400 millones para los servicios secretos. Winants tiene claro que los recursos ayudan, pero no garantizan la paz. “No hay ni un servicio secreto en el mundo capaz de asegurar que no vaya a haber ataques terroristas. El riesgo cero no existe”.

Los legisladores trabajan ahora en una batería de reformas que incluyen la expulsión de clérigos radicales o incluso brazaletes electrónicos para los sospechosos, además de penas de cárcel para los que vuelven de Siria, a pesar de que las prisiones son grandes focos de radicalización. Quieren también permitir los registros en casas durante la noche, ahora prohibido entre las nueve de la noche y las cinco de la madrugada. El propio ministro de Justicia, Koen Geens, ha dejado entrever que Salah Abdeslam, presunto terrorista del atentado de París, se les pudo escapar por esperar a que amaneciera antes de entrar a inspeccionar un piso en Molenbeek. La aprobación de algunas de estas medidas sin embargo no será fácil, ya que el debate sobre el equilibrio entre las libertades y la seguridad es especialmente intenso en Bélgica.

Uno de los grandes problemas con los que se enfrenta Bélgica es precisamente el seguimiento de los que, como Abdelhamid Abaaoud, cerebro de los atentados de París, vuelven de Siria. Ahora hay 120 retornados. Sarah Turine es concejala de Juventud y Cohesión Social de la comuna de Molenbeek, adonde han regresado decenas desde Siria. Ella cree que es fundamental “trabajar con los que vuelven porque el Daesh puede volver a contactarles”. Pero también dice que les falta información, que las autoridades no les avisan cuando alguien retorna. La concejala cuenta que el 23% de los jóvenes entre 18 y 25 años cobran el subsidio social y que la discriminación es evidente. “Desde el 11-S, la islamofobia no ha dejado de crecer. Antes les consideraban extranjeros, ahora musulmanes”. La brecha social es de tal calado que el propio Winants tiene claro que nuevas leyes y más policía no bastan. “Hay que atacar los problemas sociales, los económicos, los educativos”.

Gran parte de la vida de los vecinos no supera la frontera psicológica del canal, explica Hajar Boulaich, una joven de 25 años que nació en Molenbeek, donde todavía vive con sus padres. Ella estudió primaria en un colegio en el que “no había ni un solo blanco”. El nivel de las escuelas –école poubelle (escuela basura) las llaman– es precisamente otra de las grandes asignaturas pendientes. “Pertenezco a la tercera generación. ¿Cuándo me van a considerar una verdadera belga?”, se pregunta.

Anis viajó el año pasado desde Bélgica sin el consentimiento de sus padres. La imagen la colgó el joven (a la izquierda) en su cuenta de Twitter durante su estancia en Siria.

Un mediodía de principios de diciembre se levanta la persiana oxidada de un garaje en Molenbeek. Ismael Akhlal, vestido con una camiseta en la que se lee “muslim ranger”, y su amigo Mohamed Ouachen se presentan con un apretón de manos. La puerta del garaje da paso a una nave inmensa y abandonada donde planean construir un café-teatro. “Aquí estarán los camerinos, aquí el patio de butacas”. En las paredes cuelgan bocetos del teatro. Quieren que sea un lugar que la gente del barrio sienta como propio, quieren hacer “teatro del oprimido”. Ismael y Mohamed pertenecen a Ras el Hanout, un proyecto cultural con el sello del barrio. La conversación pronto deriva a su gran preocupación: “La discriminación y el racismo”. Comparan la situación de los musulmanes en Europa a la de los negros en América. “¿Cómo es posible que haya tantos puestos de trabajo en Bruselas y no contraten a gente de este barrio?”, se pregunta Ismael, que explica que han logrado recaudar 60.000 euros para pagar juicios a mujeres a las que no contratan por llevar velo.

Salim Haouach es el tercer miembro de Ras el Hanout. Cuenta que cuando él creció había muchos nombres flamencos en los telefonillos de su calle. Hoy son todos árabes. Es un triunfador, una de esas flores en un desierto que acumula un 40% de paro juvenil. Fue a un buen colegio fuera del barrio y ha sido directivo de una gran cadena de electrodomésticos. Ahora dirige una exposición en el centro de Bruselas sobre La Meca. “No habrá paz civil hasta que no haya justicia. Yo me rebelo contra la injusticia a través del arte y la acción social. Otros deciden rebelarse de manera violenta”, sentencia.

El socialista Philippe Moureaux ha sido el alcalde del barrio durante 23 años y hasta hace tres. La oposición le culpa de permitir que el barrio se radicalizara año tras año sin que él se inmutara. En su casa de la parte noble del barrio de Moureaux se encuentra abatido. Dice que “siempre ha habido una minoría radical” y achaca parte de lo ocurrido “a fallos terribles de los servicios de seguridad”. Que él intentó un modelo de integración a caballo entre el multicultural británico y el asimilacionista francés. “Mi conclusión es que con el odio hacia Occidente fruto de las guerras da un poco igual la política que apliques. El cambio tiene que ser a nivel internacional”. Y afirma que si de algo se arrepiente es de no haber sabido inyectar esperanza a los jóvenes.

Los hay que sí conservan la esperanza, pero dicen que la Administración no les tiene en cuenta y que sin la participación de los musulmanes no hay solución posible. Zaki Chairi es un exitoso youtuber que trabaja en Arabel, una radio magrebí. Allí, con gafas de pasta y chaqueta con chaleco, cuenta que después de los atentados de Charlie Hebdo 50 asociaciones musulmanas presentaron al Gobierno sus propuestas para combatir el radicalismo. “Nos escucharon, pero no nos volvieron a llamar”. Ahora han vuelto a ofrecerse bajo el lema #OnEstlà, algo así como “estamos aquí”. Hasta hoy.

A finales de febrero de este año, Geraldine recibió un mensaje en el móvil. Era un amigo de Anis. Le decía que su hijo había muerto por el impacto de una bala en el ­aeropuerto de Deir el Zor, al este del país. Allí quedó su cuerpo. Geraldine lo intentó, pero fue incapaz de hacer su duelo en torno a un mensaje de móvil. “No tengo su cuerpo, no tengo nada”, llora todavía. Así que, junto a otras madres, decidió viajar a la frontera turco-siria, rehacer el camino que llevó a su hijo hasta la muerte. En Kilis, justo antes de entrar a Siria, rezó en la Mezquita Azul junto a jóvenes de medio mundo que, embriagados de heroísmo, se preparaban para cruzar la frontera. Unos metros más allá, ya en tierra siria, vio ondear la bandera blanca y negra del Estado Islámico.

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