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¿Ha llegado la hora de experimentar con el clima del planeta?

Los científicos diseñan los primeros experimentos de geoingeniería para enfriar la Tierra ante la incapacidad de los políticos de acordar la reducción de emisiones de CO2

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Mucho ha cambiado el clima desde que el Apolo 17 tomara esta imagen. Entonces no se hablaba de cambio climático y menos de geoingeniería.

Cumbre tras cumbre, los políticos se han mostrado incapaces de acordar una reducción significativa de las emisiones que calientan el planeta. Esa incapacidad está llevando a un grupo creciente de científicos a pensar en un plan B: cambiar el clima de la Tierra. Ingenieros y climatólogos han escrito ya mucho sobre las tecnologías que podrían enfriarla. Ahora, algunos, quieren llevar sus experimentos de los modelos de ordenador a la vida real.

Detrás de la palabra geoingeniería hay un abanico de tecnologías que comparten un mismo punto de partida y de llegada. Si los humanos no consiguen reducir las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero, tendrán que cambiar el clima para enfriar el planeta. Desde pintar los tejados y fachadas de blanco para reflejar la radiación solar, como se ideó en un fallido plan en California, hasta colocar gigantescos espejos en el espacio creando zonas de sombra planetarias pasando por la captura del CO2, son muchas las ideas que se han propuesto.

Si las emisiones no se frenan y la temperatura media global supera el umbral de los 2º en lo que queda de siglo, hay que introducir nuevos elementos en la ecuación. Aunque el Sol no tenga la culpa de las emisiones humanas, la reducción de su radiación podría bajar las temperaturas. Tampoco los océanos o el subsuelo son culpables de nada, pero la fertilización de los primeros y el uso del segundo como sumidero podrían retirar el exceso de CO2 de aquella ecuación. Junto a la geoingeniería desde el espacio, la gestión de la radiación solar y la captura de CO2, son las tres grandes alternativas que hay si los políticos fallan.

"El fracaso de nuestros políticos en lograr medidas concretas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero está preocupando a los científicos y causando que muchos de ellos empiecen a pensar en medidas extremas", dice el climatólogo de la Institución Carnegie de Washington (EE UU), Ken Caldeira. Considerado uno de los mayores expertos en cambio climático del mundo, Caldeira ha sido siempre un gran defensor de la geoingeniería.

La gestión de la radiación solar, la captura del CO2 o espejos en el espacio, son las tecnologías candidatas

No es que Caldeira quiera trastear el clima ya, es que considera que hay que tener bien estudiadas las alternativas por si todo lo demás falla. "Estoy a favor de experimentos a pequeña escala que ayuden a construir conocimiento sobre los procesos básicos relacionados con la geoingeniería solar", explica. "Lo que no apoyo, al menos por ahora, son los experimentos que tenga por objetivo desarrollar las tecnologías de despliegue", aclara.

La gestión de la radiación solar es quizá la tecnología más radical pero también una de las más efectivas para enfriar el planeta. En un informe al Gobierno de EE UU elaborado por Caldeira y otra veintena de científicos en 2011 se planteaban todas las posibilidades, con sus riesgos, costes y ventajas. Se trata de jugar con el Sol. Hay soluciones de ingeniería, como pintar los tejados de blanco o conseguir que las carreteras reboten los rayos solares, lo que aumentaría el efecto albedo.

Pero la mayoría de los geoingenieros miran a las nubes. Mientras unos las quieren convertir en espejos que reflejen parte de la luz, otros estudian como hacerlas más permeables para que la radiación y el calor escapen al espacio.

Lo más cerca que se ha estado de realizar uno de estos experimentos fue en 2011. Entonces, ingenieros y climatólogos británicos idearon el proyecto SPICE (Inyección Estratosférica de Partículas para la Ingeniería Climática, por sus siglas en inglés). Pretendían inyectar aerosoles como el dióxido de azufre en las capas altas de la atmósfera para aumentar la refracción de las nubes. Aunque su experimento era tan a pequeña escala que solo iban a usar un pequeño dirigible como difusor, el proyecto fue paralizado, al menos su parte más experimental.

El fracaso de nuestros políticos está causando que muchos científicos empiecen a pensar en medidas extremas", dice el climatólogo Ken Caldeira

"SPICE aún está investigando la inyección estratosférica de aerosoles. Una parte del proyecto iba a estudiar la inyección desde un globo y una parte de este plan era construir el prototipo de dirigible. Por varias razones, los científicos decidieron que no seguirían adelante con esta pequeña parte del proyecto", explica Piers Forster, principal investigador del IAGP. Tras estas siglas se encuentra uno de los frutos del amago experimental de SPICE. La polémica que supuso el plan entre la opinión pública y la propia comunidad científica británica llevó a la creación de esta plataforma para estudiar la viabilidad de los distintos proyectos de geoingeniería pero también sus posibles efectos colaterales.

"Se puede aprender mucho, como de hecho hacemos, de las rigurosas simulaciones y los estudios de laboratorio sin necesidad de llevar los experimentos a la calle. Pero, en general, creo que se necesita desarrollar ambos de forma conjunta", sostiene Forster. Otro de los frutos de SPICE fue, precisamente, que demostró la necesidad de regular la geoingeniería. Aún a pequeña escala, estos experimentos pueden alterar los patrones de lluvias o vientos. Pero, como aclara el científico británico, "es difícil crear un marco legal si no sabes qué estás regulando y de qué te estás protegiendo. Por eso, necesitamos tener alguna idea de la tecnología. Pero, por otro lado, no sería ético iniciar la experimentación sin tener en cuenta unas buenas prácticas de supervisión y gobernanza y la ruta que estas establecerían hacia los experimentos a gran escala", añade.

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El globo del proyecto SPICE que pretendía inyectar aerosoles en las nubes para aumentar su refracción de los rayos solares nunca llegó a despegar.

En esa ruta desde las simulaciones a los experimentos a gran escala se encuentra SCoPEx. Ideado por científicos de la Universidad de Harvad, este proyecto pretende inyectar aerosoles en la estratosfera. En eso recuerda a SPICE, pero SCoPEx también quiere estudiar cómo afectaría esa inyección a la capa de ozono, no sea que el remedio agrave la enfermedad. La propuesta, detallada en un especial de la revista Philosophical Transactions A de la Royal Society británica sobre geoingeniería, pretende inyectar varios centenares de gramos de ácido sulfúrico para ver si funciona la gestión de la radiación solar sin dañar la capa de ozono.

"La idea de realizar experimentos para alterar los procesos atmosféricos es comprensiblemente controvertida, pero nuestro experimento SCoPEx es solo una propuesta", aclara uno de sus impulsores, David Keith. Su objetivo es ponerlo en marcha en 2017 pero, como dice, "solo seguiremos adelante si la financiación es sustancialmente pública, con un proceso formal de aprobación y un estudio de riesgos independiente", añade en una nota.

Espejos en el espacio

Otros han ido mucho más lejos, hasta 1,5 millones de kilómetros de la Tierra. En el punto de Lagrange L1, donde la fuerza de gravedad del Sol y la Tierra se anulan, se podrían colocar gigantescos espejos para reducir la incidencia de los rayos solares. "Desde nuestro planeta, solo veríamos una pequeña mancha en el disco solar", cuenta el investigador de la Universidad Politécnica de Catalunya, Joan Pau Sánchez. Pero el espejo o espejos crearían una ligera sombra rebajando las temperaturas.

La idea no es nueva, pero Sánchez ha profundizado en ella para ver si, físicamente es posible. El pasado verano, durante una conferencia sobre geoingeniería celebrada en Berlín, el investigador catalán mostró sus últimos cálculos. Se trataría de colocar en L1 dos gigantescos parasoles, uno para sombrear cada hemisferio, con un área de 1,4 veces España. "Puede parecer la idea más descabellada pero, desde el punto de vista de la física, es factible", explica. Además, tendría la ventaja de que no habría que trastear el clima del planeta como con la gestión de la radiación solar.

Uno de los mayores problemas de los parasoles y de los otros proyectos de geoingeniería aplicados a escala planetaria es el coste. "El nivel de financiación de un proyecto para contrarrestar el cambio climático sería algo nunca visto en la historia de la humanidad", comenta Sánchez. "Un proyecto como este costaría alrededor del 1,5 % del PIB mundial", añade. Para hacerse una idea, eso serían 30 veces los dólares invertidos en el programa Apolo, que puso al hombre en la Luna. Sin embargo, las cuentas podrían cuadrar si se tiene en cuenta que los costes asociados con el cambio climático podrían ascender al 5 % del PIB de todas las naciones del planeta.

Eficacia, gobernanza, coste son los obstáculos con los que se enfrenta la geoingeniería. Pero también miedo y desconocimiento de los que no son científicos. Ese desconocimiento es lo que ha movido a la filósofa vasca de la Universidad de Lancaster (Reino Unido), Maialen Galarraga, a impulsar el proyecto GeoE. "Queremos hacer un documental sobre geoingeniería que sea reflexivo, que lleve a la gente a tomar este tema como algo suyo, que lo democratice", explica. Galarraga colabora con el IAGP británico para que las propuestas sobre cómo cambiar el clima no solo se basen en los cálculos de los climatólogos o los ingenieros. Porque, si la geoingeniería no se abre a los demás, no saldrá de los laboratorios.

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