"Tengo derecho a que mi vida no sea impecable"

Matt Dillon cumple 50 años estrenándose en televisión con Shyamalan. Otro paso en una carrera llena de riesgos que nadie le exigió

FOTO: MICHAEL SCHWARTZ / ESTILISMO: ÁNGELA ESTEBAN LIBRERO

A Matt Dillon (New Rochelle, Nueva York, 1964) parece que se la ha subido la normalidad a la cabeza. No quiere que se note que, inevitablemente, ser una estrella desde adolescente le ha marcado profundamente y se esfuerza por ajustarse al prototipo de hombre común, lo que convierte una entrevista con el actor en un entretenido partido de él mismo contra sí mismo para demostrarte y demostrarse que tiene los pies en la tierra, que puede ser igual que usted.

Cuando se le pregunta por la fama cita a Jack Kerouac y la define como “los periódicos de ayer arrastrados por el viento en la calle Bleecker”, pero no puede evitar llegar, como buena celebridad, una hora tarde a la entrevista, que tiene lugar en una cafetería del Upper West Side de Nueva York. En ese tiempo de espera, uno se pregunta: ¿cuál es el Matt Dillon que cruzará esa puerta? ¿Un rebelde peterpanesco heredado de La ley de la calle, las cinta de Coppola que marcó su juventud? ¿Un hombre en crisis al estilo de Beautiful girls? ¿Un poli malo como en su último éxito, la oscarizada Crash? Su alergia a la prensa y su carácter reservado hacen que el Matt Dillon íntimo siga siendo un enigma.

Finalmente, aparece, levanta las cejas y, qué cosas, la primera imagen que viene a la cabeza es la del descerebrado de la escatológica Algo pasa con Mary, donde conoció a la que ha sido su pareja más famosa, Cameron Díaz. Cuando se le pregunta por ella se hace el longuis. Parece que realmente le azora hacer esperar, aunque un actor nominado al Oscar debería ser capaz de hacer creer eso y mucho más. Suelta un par de palabras en español, refunfuña un poco sobre las cámaras digitales que “a veces lo hacen todo más difícil” (acaba de llegar de la sesión de fotos para ICON) y se pone a comer con las manos. Como lo haría cualquiera, podría decirse... solo que ha pedido algo fuera de menú que le han preparado especialmente para él porque ha puesto mirada de “oye, que soy Matt Dillon”. La misma que no le funciona cuando, al enseñar orgulloso en su iPad imágenes de su nuevo proyecto como director (un documental sobre el músico de scat cubano Francisco Fellove), la pareja que está sentada al lado protesta y le pide bajar el volumen. Estrella de Cine, 1 – Persona Normal, 1.

“No es conveniente salir en las portadas. Yo no debería ser modelo para nadie. Tengo derecho a que mi vida no sea impecable”

¿Cuándo se diluyó el flechazo entre el estrellato y Matt Dillon? Para él fue casi su primer amor y, como con todos los primeros amores, donde hubo fuego quedan brasas. Matt, todavía joven, impuso la relación a distancia cuando cambió California por las clases de interpretación de Lee Strasberg en Nueva York. “No es que no me guste Los Ángeles”, dice al principio, aunque mientras avanza la entrevista se calienta y termina despotricando: “Miro a Hollywood y me parece muy triste. Es realmente patético lo que veo, delirante. Hay más oportunidades que nunca ahí fuera para contactar con la realidad y la mayor parte de lo que se hace es basura”, dice, enfatizando además esta última palabra al decirla en español. Se percibe el resquemor. ¡Aquí hay tomate!

¿Seguro que fue Matt Dillon el que dio calabazas a Hollywood? Quizá fuera la Meca del cine la que partió peras con él cuando vio que no elegía siempre bien sus proyectos cada vez que le volvía a dar una nueva oportunidad. Oportunidad 1: cuando se recicló de chico forra-carpetas a icono del cine independiente gracias a Gus Van Sant y al complejo drogadicto que interpretó en Drugstore cowboy, en 1989, Dillon eligió como siguiente proyecto la imposible Bésame antes de morir, en la que hacía un doble papel y que fracasó estrepitosamente. Oportunidad 2: cuando logró por fin optar a los grandes premios con Crash, de Paul Haggis, en 2006, su siguiente película fue el remake de Herbie, el coche con vida propia de Disney, junto a Lindsay Lohan.

Quizá lo hayan castigado por ser un actor que, cuando da entrevistas, no responde con el discurso aprendido. Que da prioridad a anécdotas de aquel Herbie a reflexiones sobre títulos clave de su carrera, despachando Beautiful girls, una de las cintas claves de su carrera, diciendo “no es mi favorita entre las películas que he hecho”, o zanjando el debate sobre los peces de colores que hipnotizaban dentro del blanco y negro de La ley de la calle con un “soy daltónico”. Incluso cuando relata su labor filantrópica (es miembro de la junta de la ONG Refugees International) reconoce: “Los actores necesitamos estas cosas para quitarnos mierda de la cabeza”.

Y así, la dinámica entre estos dos amantes ya crepusculares (Matt Dillon acaba de cumplir los 50) ha ido viviendo recaídas cada equis años y, según los cálculos, Wayward Pines, la serie que ahora ha rodado bajo la dirección de M. Night Shyamalan, el responsable de El sexto sentido, puede ser el campo de cultivo perfecto para el reencuentro.

El actor viste abrigo de Dolce & Gabbana y jersey de G-Star / FOTO: MICHAEL SCHWARTZ / ESTILISMO: ÁNGELA ESTEBAN LIBRERO

¿Por qué esa relación tan complicada con el estrellato?

Siempre he querido ser un tipo de persona que es accesible a los demás y que puede acceder a los demás. Si algún día eso deja de suceder pensaré que me estoy perdiendo algo. Quizá por eso nunca he vivido en Los Ángeles. El anonimato es un lujo que muchos dan por supuesto, y no es así. Sin embargo, la fama es un fenómeno extraño para el que nadie te prepara. No significa nada para mí. No es importante.

Pero, teniendo en cuenta que empezó en el cine con 14 años, que a los 18 años estaba celebrando su cumpleaños en el Studio 54 y que, con 19, Andy Warhol le estaba haciendo una entrevista, ¿qué es para usted la realidad o la normalidad?

Sí, recuerdo ese cumpleaños. Andy Warhol era muy, muy interesante. Lo veía y me decía “¡Hola Matt!”, y luego a lo mejor me lo encontraba y era yo el que le saludaba y él se escondía. Yo entonces era un chico joven en Nueva York, estudiando en la academia de Lee Strasberg. En aquella fiesta estaban todos mis amigos del instituto y los de la escuela de interpretación. No era el Studio 54 en su apogeo, ya no estaba Steve Rubell [el propietario en los años de gloria], pero seguía siendo algo grande. Había paparazzi, entre los cuales estaba Andy Warhol con su cámara tomando fotos, como uno más, alimentando la máquina de la fama. No sé, cuando eres joven te parece todo de lo más natural. Pero sí, reconozco que durante un tiempo pensé que tenía dificultades para distinguir entre realidad y fantasía, tenía el debate en mi cabeza sobre si estaba loco o no, bueno, más bien sobre si, como otros chicos, al crecer estaba perdiendo un poco el norte. Podría hablar mucho de eso, pero me limitaré a decir que me di cuenta de que mi relación con la realidad era buena y que tenía los pies en la tierra cuando tuve que interpretar a un esquizofrénico [en Ángeles sin cielo, de 1993, y otra de sus cintas menos recordadas] e investigué este personaje. Entonces me di cuenta de que no estoy muy loco.

¿Hubiese preferido que, como decía Warhol precisamente, la fama durara solo 15 minutos?

Yo no me hice actor por la fama y nunca me sentí cómodo con ser un galán o un ídolo juvenil. No era en lo que estaba trabajando, y no había mucho fundamento para actuar como si fuera así. Yo estaba más interesado en la gente. Que yo pudiera realizar un trabajo y asombrarles. Eso era lo que emocionaba de ser actor: ayudar a mi entorno a crecer, aportarles algo. La etiqueta de sex symbol para mí era una superficie, no era algo con lo que me pudiera identificar. Por supuesto, estaba bien tener la adulación de todas esas chicas jóvenes; no lo rechazaba del todo. Pero decidí tomar un camino que me llevara a hacer lo mejor que pudiera con lo que tengo. Las oportunidades para ello no siempre son buenas, y eso ha tomado más tiempo. Creo que mi karma es ese: poco a poco, como cuando dirigí City of Ghosts [su ambiciosa cinta de 2002 ambientada en Camboya, que recaudó un millón de dólares en todo el mundo], que me costó años levantarla, pero ahora es una de las películas de las que más satisfecho estoy.

“En el baño del jodido Lee Strasberg leí: ‘Al Pacino cagó aquí’. Los grandes actores eran héroes. Hoy ya no son la gente importante”

Pero, por un momento, parecía que su generación, ese brat pack, ese atajo de mocosos de los años ochenta, estaba llamado a cambiar las reglas de Hollywood, imponer más personalidad. ¿Le decepciona ver que no ha sido así?

No me siento para nada decepcionado por cómo hemos evolucionado como generación, porque no me he sentido muy conectado con los demás necesariamente. Y no creo que fuéramos conscientes de crear algo en concreto, porque estábamos más concentrados en trabajar con Francis Ford Coppola [tanto en Rebeldes como en La ley de la calle], que entonces era como un dios. Cada uno ha llevado luego su carrera y, en cualquier caso, yo sentía que estaba en otro viaje, quizá porque estaba en Nueva York y ellos en Los Ángeles.

Ahora que no es el ídolo juvenil de entonces, ¿cuál es su relación con la prensa?

Intento no tener mucha relación con los medios y, la verdad, hacía mucho que no hacía una entrevista de este tipo. Está bien salir en los periódicos, pero no es conveniente estar en las portadas. Hago estas entrevistas por el mundo en el que vivimos, por el mercado en el que se mueve mi trabajo. Tengo que hablar de lo que hago, promocionarlo, pero no me interesa hablar de mi vida privada. Sé que es algo que interesa a la gente. Lo noto cuando voy al supermercado y veo que la gente está mirando ese tipo de noticias: qué famosa se ha quedado embarazada, quién se casa con quién. Es algo que ha pasado siempre, pero ese mundo del cotilleo es lo opuesto a lo que yo quiero transmitir. Y no creo que mi vida tenga que ser un modelo para nadie. Tengo derecho a que mi vida no sea impecable.

Matt Dillon, con un abrigo de Ermenegildo Zegna / FOTO: MICHAEL SCHWARTZ / ESTILISMO: ÁNGELA ESTEBAN LIBRERO

Tampoco tiene ni Twitter, ni Instagram como toda estrella que se precie ahora.

Estoy seguro de que hay alguna cuenta con mi nombre, pero yo no utilizo eso. Es una de las cosas que quizá me gustaría tener, pero que por ser famoso creo que no debo. Tengo mi e-mail, que es relativamente fácil de conseguir, y la gente a veces me manda cosas. No es nada malo, supongo. Muchos famosos lo tienen, pero por lo que veo causa más problemas que otra cosa. Pones algo allí, alguna tontería, e inevitablemente es un narcisismo mal canalizado. Yo también quiero decir cosas, pero quizá debes decirlo solo a algunas personas, no a todo el mundo.

¿Ser actor implica inevitablemente algo de narcisismo?

Es difícil no estar con tu ego todo el día cuando eres actor. Supongo que para todo el mundo resulta difícil, pero en la naturaleza de nuestro trabajo parece que va intrínseco. Intento no ser demasiado narcisista, y creo que lo consigo. Pero, aunque no me gusta hablar de la técnica del trabajo, porque es algo un poco pretencioso, uno de los beneficios de ser actor y mirarte tanto a ti mismo es que aprendes a estar cómodo mostrando tus emociones. Estás en contacto con ellas. Y me gusta que esas emociones con las que trabajamos son a la vez auténticas y artificiales. Me interesa el concepto de credibilidad, la apariencia de la verdad. Es interesante porque podría parecer deshonesto, algo que parece cierto pero no lo es. No es así y, de hecho, es algo muy poderoso. Por ejemplo, ves Gunga Din [George Stevens, 1939] o Rocky [John G. Avildsen, 1976], ves la lucha de los personajes, te identificas, y se generan sentimientos verdaderos.

¿Qué se siente, por ejemplo, al cumplir 50 años?

¡Ey! ¡No lo digas que te van a oír [ríe]! No me saques el tema de la edad, anda. ¿No me ves? Puedo interpretar jóvenes y puedo interpretar gente mayor. Cuando hice Drugstore cowboy tenía 25 o 26, estaban preocupados porque fuera demasiado joven para el papel, porque en el libro el personaje tenía 50 años, tenía canas. Sin embargo, cuando me conoció el autor del libro [James Fogle], dio su bendición al ver que, de hecho, me parecía al personaje en el que se había basado para escribirlo cuando era joven.

“Hollywood es triste. Ahí fuera hay más oportunidades que nunca para conectar con la realidad y casi todo lo que hace es basura”

Pero si fue un joven maduro, ¿no le tienta ahora ser un señor inmaduro?

La gente dice que con el tiempo mejoras, que eres más sabio, pero eso solo sucede si cambias y haces el esfuerzo de crecer, si sabes quitarte de encima las cosas que ya no necesitas. Siempre he sido una persona muy responsable y siento que ahora mismo estoy asumiendo riesgos. Cuando miro mi carrera de joven, reconozco que, aunque tuve que ir aprendiendo sobre la marcha e inevitablemente estaba muy verde para algunas cosas, me siento satisfecho, me gusta casi todo lo que veo. Y ahora estoy en un momento de mi vida en el que afronto dos trabajos que estructuralmente son nuevos para mí. Con el documental sobre Fellove, que escapó de Cuba antes de la revolución, he estado entrevistando a gente que se hace mayor y que mantiene los ánimos y la fe en lo que está haciendo. Me apasiona. La historia central va cambiando según entran informaciones nuevas y el documental puede convertirse en algo totalmente diferente. Considero que he viajado y he visto mundo, pero soy culpable como todos de tener prejuicos por pura ignorancia. Trabajar en este documental me ayuda a mejorar en eso. Fellove fue un adelantado a su tiempo que salió de Cuba, era otra discriminación, no la misma que en Estados Unidos, pero todavía existía. Eran negros en Cuba condenados a un menor protagonismo como artistas, a aparecer en la televisión en un segundo plano. Y Fellove salió de Cuba, como Dámaso Pérez Prado o Benny More, pasando por México DF, en busca de oportunidades. Tocaban rumba, mambo… pero bajo la influencia de Benny Goodman, Duke Ellington, Ella Fitzgerald o Charlie Parker. Es una gran historia que he dejado en pausa porque se cruzó ante mí la televisión y por primera vez estoy haciendo un personaje que no se divide en tres actos.

Esta nueva serie, Wayward Pines, se promociona como un nuevo Twin Peaks. Un poco arriesgado, ¿no?

Sí, lo sé, y no creo que sea muy justa esa comparación, porque David Lynch es David Lynch. ¡Con eso no se juega! Aunque entiendo los paralelismos. Es una serie ambiciosa, inquietante y extraña. Me gusta de ella que es una ciencia ficción muy humana, que parte de la base de que nada pasa por error. Yo interpreto a un líder que a su pesar que llega a un pueblo donde las personas tienen prohibido mirar al pasado, algo que hacemos habitualmente con nosotros mismos. No queremos afrontar nuestros errores.

Blazer y camisa de Prada. Maquillaje y peluquería: Scott McMahan / Asistentes de fotografía: Dean Podmore y Nathan Martin / Técnico digital: Jeff Bacani / Asistente de estilismo: Rose Callejas / Producción: Mercedes Mimran. Agradecimientos a Pier 59 Studios NY y Polaris PR / FOTO: MICHAEL SCHWARTZ / ESTILISMO: ÁNGELA ESTEBAN LIBRERO

Convendrá conmigo que Shyamalan haces a veces cosas maravillosas y otras que no lo son tanto.

Puede ser, pero es un director de actores fantástico. En todas sus películas, sean mejores o peores, hay un gran trabajo interpretativo de todo el reparto. En esta serie he trabajado con uno de los mejores elencos de mi carrera: Tobey Jones, Melissa Leo… Y además, aunque en la televisión suelen ser los guionistas los que tienen el mayor peso creativo, en esta serie la decisión creativa estaba en manos del director, y a mí me gustan los directores que toman las decisiones. Es como en el cine independiente: Gus Van Sant apostó en Drugstore cowboy por retratar la droga en un momento en el que Nancy Reagan estaba en plena campaña antidroga, con muchos actores importantes diciendo que heriría sensibilidades. Pero él se empeñó en eso. En las superproducciones de Hollywood uno tiene la sensación de que hay todo un comité que opina y no hay una visión concreta.

¿Ha sido la televisión un refugio para usted como para tantos otros?

Parece que la televisión ahora en Estados Unidos es un buen lugar. Puedes estar haciendo durante cuatro años una película, hacerla bien, y luego se estrena y en una semana nadie la ha ido a ver. Ahora el mejor público no va al cine tanto, ve más televisión. Como nuevo medio para mí es muy emocionante, aunque también difícil.

¿Usted también ha dejado de ir al cine o cree que el cine ha ido a peor?

¿Qué no ha ido a peor? ¿No ha ido la música a peor? ¿Hay algo ahora comparable a Louis Armstrong o Beethoven? ¿Hay una película mejor que El tercer hombre? Lo único que creo que ha mejorado ha sido el género documental, y no lo digo porque yo esté haciendo ahora uno, sino porque creo que se están haciendo grandes documentales ahora mismo y es prácticamente lo único que veo en el cine. Vi hace poco uno sobre la fotógrafa Vivian Maier que me pareció buenísimo [Finding Vivian Maier, John Maloof, Charlie Siskel, 2013], no tenía ninguna intención artística pero resultó hacer puro arte, y me pareció buenísimo. Y hablando de realidades y ficciones, me encantó Grizzly man [el atípico documental de 2005 sobre Timothy Treadwell, el hombre que pensó que era aceptado por los osos grises de Alaska y murió en la fauces de uno de ellos], es una de las películas que más me han impresionado en los últimos años, y creo que Werner Herzog es ahora mismo el mejor cineasta que hay.

¿Y qué ha pasado para que todo haya ido a peor?

Cuando era joven, quizá no estábamos haciéndolo todo bien, pero nos importaba el trabajo que hacíamos. Recuerdo cuando iba al jodido Lee Strasberg, iba al baño a fumar un cigarrillo y en la pared alguien había escrito “Al Pacino cagó aquí”. Nos preguntábamos, ¿tú crees que lo escribió él? Evidentemente, habría sido otro, pero el tema es que nuestros héroes eran grandes actores. La generación de Montgomery Clift, Brando, James Dean y luego una segunda generación con De Niro, Al Pacino, Gene Hackman o Dustin Hoffman. Realmente los admirábamos y nos fijábamos en ellos, era importante para nosotros. Ahora hay grandes actores, claro, pero algo ha cambiado. Ellos ya no son la gente importante. La verdad ha dejado de ser importante.

Un hatajo de mocosos

Javier Ocaña

Ser un mocoso no es malo, solo una estación obligatoria que hay que padecer en algún momento de la vida, cuya mayor desgracia es que acarrea un absoluto desconocimiento de su propia condición. Va con el concepto, pegado a su chepa. De modo que lo peor que puede pasar no es que seas un mocoso, que por ahí hemos pasado todos, aunque algunos se instalen en su andén para el resto de sus días, sino que seas un mocoso y que invites a un periodista a que dé cuenta de tu estado interior y exterior. Y a los periodistas, ya se sabe, nos gusta hurgar, preguntar, observar y hasta titular: “Hollywood’s Brat Pack” (El hatajo de mocosos de Hollywood). Lo escribió el cronista estadounidense David Blum el 10 de junio de 1985 en New York Magazine. Sirvió como encabezamiento para un reportaje y también ilustró la portada. El resto es historia. Emilio Estévez, protagonista inicial de aquel trabajo, y sus amigos y compañeros de generación Rob Lowe y Judd Nelson pasaron a formar parte de un club al que también fueron invitados, por afinidad, edad y actitud, unos en el núcleo duro, otros como acompañantes forzosos, Demi Moore, Ally Sheedy, Anthony Michael Hall, Molly Ringwald, Matt Dillon, Ralph Macchio, Tom Cruise, Andrew McCarthy, C. Thomas Howell, Robert Downey Jr. y alguno más. Todos de entre 20 y 25 años.

Como los buenos periodistas con cintura, Blum, que en principio elaboraba un perfil únicamente de Estévez, regateó su idea y la de la revista mediado su trabajo cuando, una noche, para completar la visión, el actor lo citó en el Hard Rock Café y aparecieron por allí Nelson y Lowe. Y, claro, también el alcohol, las risas, las chicas, el triunfo, la fama, el dinero, el sexo y la condición mocosa. La pandilla venía de protagonizar películas como 16 velas, El club de los cinco, Rebeldes, La ley de la calle y Risky business, y estaba a punto de estrenar St. Elmo, punto de encuentro, verdadero santo y seña del grupo. Y Blum, como el profesor de El club de los cinco con “el cerebro, el atleta, la irresponsable, la princesa y el criminal”, los etiquetó. Ellos solo querían chuparle la sangre a la noche. Aquí y ahora. Y tanto se la chuparon que se atragantaron.

Nelson, Estévez y McCarthy tuvieron problemas con el alcohol; Dillon y Downey Jr., con el alcohol y las drogas; Lowe, con el sexo; Sheen, con el alcohol, las drogas y el sexo; Demi Moore, ebria de melancolía tras un matrimonio con hijos con Bruce Willis, acabó casada de nuevo durante seis años con otro mocoso, y Tom Cruise, en un insólito alarde por mejorar a todos, ingresó en la Cienciología. Dillon, “el más firme aspirante a nuevo Marlon Brando”, que decía de él Blum, debe ir por su cuarta muerte y resurrección. Y Lowe, que por aquella época salía con la hija mediana de La casa de la pradera, aún se duda si llegó a resucitar del todo o solo han sido conatos. Y sí, Cage ganó un Oscar; Sheen se convirtió en el actor mejor pagado de la televisión; Estévez dirigió una buena película (Bobby); Downey Jr. y Cruise, cada uno en su estilo, se convirtieron en grandes; Thomas Howell, Michael Hall y Macchio... Maldición, ¿qué ha sido de estos tíos?

Ocurre con todas las pandillas. Y si no, piense usted en la suya. O en la del origen de la denominación Brat pack: aquel Rat pack de Sinatra, Martin, Lawford y Davis Jr., que sirvió al periodista para el juego de palabras. Si hubieran tenido la oportunidad de juntarse ambos hatajos, unos con sus trajes a medida, otros en camiseta y zapatillas, quizá Sinatra y cía. les hubieran seguido el rollo durante cinco minutos para acabar humillándoles. O les hubieran mandado las Ray-Ban de pasta negra a tomar por saco de un manotazo. O quizá no. Los del Brat Pack creyeron que el articulo les destruyó y que podían haber llegado más lejos en papeles dramáticos si la revista no los hubiera etiquetado. Falso. Casi todos han demostrado más tarde estar más bien limitados en la actuación más allá de su carisma y magnetismo. De hecho, el artículo cuenta que ninguno pasó por escuelas de interpretación.

Aunque para mocoso, y tardío, el periodista Blum, que muchos años después se arrepintió de haber escrito aquella historia. Pero, alma de cántaro, si lo peor que le puede pasar a una película es que aparezca una redención forzada, meliflua e inútil. Tú hiciste tu trabajo, ser periodista, y ellos el suyo, ser jóvenes. La verdadera venganza del grupo está en la visión que se tiene ahora de buena parte de aquellas películas. Los mocosos se hicieron adultos. Y los otros mocosos que babeábamos con aquellas historias puede que también. Y aunque ya no tengamos cuerpo para bailar en calcetines agarrados a un candelabro, ni valor para tararear en público el Don’t you (forget about me) de Simple Minds, aún nos queda, más que la nostalgia, la convicción de que aquellas películas capturaron el espíritu de una generación.

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